Ahí sí. Una pequeña pausa. Casi imperceptible. Pero está. Un tic en su impasibilidad. Corvo ladea la cabeza, como si evaluara algo, como si sopesara mis palabras. Luego sonríe, una sonrisa fina, peligrosa. —Te salvé —dice, simple, sin rodeos. —No te pedí que lo hicieras. —No —admite—. Pero lo necesitabas. Aprieto la mandíbula. La desesperación me consume. —No me conoces. —Lo suficiente —responde—. Sé que necesitas dinero. Sé que estás desesperado. Eso me golpea más de lo que debería. La verdad desnuda, expuesta sin piedad. —Y sé —continúa, sus ojos fijos en los míos— que no ibas a hacer nada cuando ese idiota cruzó la línea. Ibas a tragar tu orgullo. —Lo iba a hacer —respondo, la mentira resuena en mis propios oídos. —Lo hiciste —corrige, su voz suave, casi un murmullo—. Después.

