Se agacha. Revisa. Escucha. Huele. Sus movimientos son seguros, casi íntimos con la máquina. Y mientras se inclina sobre el metal frío, mi mente se desvía. No veo a un mecánico. Veo una línea de espalda perfecta, tensa, que se estrecha hasta la cintura y se abre de nuevo en unos hombros anchos que piden ser marcados. Imagino cómo sería esa tensión bajo mis manos. Si se retorcería o si soportaría el peso. La camisa se le pega al sudor, dibujando contornos que me hacen apretar la mandíbula. Quiero arrancársela. Quiero oler su piel, no el aceite y el metal. Quiero saber si esa calma forzada se quiebra cuando lo tienes contra una pared, con el aliento cortado y el cuerpo ardiendo. No es solo deseo, es un hambre. Una necesidad de poseer, de romper esa armadura de indiferencia y ver qué ha

