Cuando el cuerpo por fin se rinde, la cabeza decide trabajar horas extra, alimentándose de la desesperación. Es una traición constante, una tortura autoimpuesta.
El cansancio se me mete en los huesos, un peso que me arrastra, pero la mente no afloja. Tres trabajos. Lo repito como si fuera un logro, una medalla al aguante, pero suena más a sentencia, a condena perpetua.
Por las mañanas, el taller. Manos negras, espalda doblada bajo el sol implacable o la luz fluorescente que nunca ilumina del todo. El ruido que no perdona, que te grita que sigas, que no te detengas, que el tiempo es oro y tú lo estás malgastando si no lo conviertes en sudor.
Por las tardes, limpiar habitaciones ajenas, recoger rastros de vidas que no son mías, fragmentos de existencias ajenas: sábanas arrugadas donde se esconden los suspiros de la noche, vasos medio vacíos que guardan los fantasmas de la soledad, olores extraños que se pegan a la piel y no se van ni con jabón, solo se disipan temporalmente, esperando el próximo encuentro.
Por las noches, servir copas en ese bar oscuro y ruidoso, sonreír lo justo, medir cada palabra, medir cada mirada, calcular la distancia prudencial. Fingir energía cuando lo único que quiero es apagarme, desaparecer, ser una sombra más entre las tantas que buscan olvido en el fondo de una botella.
Dos turnos al día. A veces los tres. La maquinaria infernal que me consume. Un solo día libre a la semana. Y ese día no es libre. Es el hospital. Un santuario de pasillos blancos y olores a antiséptico, donde la vida se mide en sueros y pronósticos.
A veces me pregunto cuánto cuesta exactamente seguir vivo aquí. No hablo de comida o renta. Hablo de enfermarse. De tener a alguien que te importa conectado a una cama blanca, el cuerpo debilitado, la esperanza menguando, mientras te enumeran precios con la misma voz indiferente con la que otros piden un café.
En este país, la enfermedad no es una tragedia. Es un negocio. Una oportunidad de negocio. Si no tienes dinero, te dan tiempo. Si no tienes tiempo, te dan facturas. Un círculo vicioso diseñado para aplastarte.
Hago números en la oscuridad de mi habitación, la luz de la calle apenas filtrándose por la persiana. Siempre los mismos. Si buscara un cuarto trabajo, tendría que sacrificar algo. Algo vital.
No hay más espacio en mi agenda. No hay más tiempo en mi cuerpo. Podría trabajar el día libre. Ir al hospital solo medio día. Ver al tío menos. Fingir que no me duele cuando pregunte por qué ya no voy tanto, por qué mis visitas son más breves, mi sonrisa más forzada. Eso me partiría en dos.
Pero seguir así también... seguir así me está matando en vida. Y la sombra de mi pasado se cierne sobre mí, recordándome que hay deudas que no se pagan con horas de trabajo. Deudas que se cobran de otra manera. Deudas que requieren una moneda mucho más oscura. Y yo, sin darme cuenta, acabo de apostar mi alma en esa partida.
En los siguientes días, me levanto cuando el cielo sigue siendo n***o, un lienzo de tinieblas que refleja la oscuridad que se ha apoderado de mi interior. Me ducho con agua helada porque el cuerpo ya no distingue entre castigo y rutina; el frío es un intento desesperado por sentir algo real, algo que me ancle a esta existencia.
Me pongo la ropa de siempre. La gorra, un escudo contra el mundo. Salgo. El taller me recibe con su ruido habitual. Ese estruendo que antes me calmaba, que me decía que estaba en mi sitio, que pertenecía a este mundo de grasa y metal.
Hoy apenas lo tolero. Es solo ruido, una cacofonía que martillea mis nervios. Me meto bajo un coche, buscando el refugio precario de su vientre metálico. Las manos trabajan solas, la memoria muscular guiando cada movimiento. La cabeza no. La cabeza está en otro lado, en la cocina de aquella anoche, con Luna hecha un ovillo en el suelo, sus lágrimas empapando la esperanza. Pienso en la cifra que el médico soltó con una frialdad calculada, como si fuera el pronóstico del tiempo, sin mirarnos a los ojos, sin considerar el impacto de esas palabras.
Pienso en el papel con números que no significan nada hasta que te das cuenta de que son un muro. Un muro infranqueable, sin grietas, que se levanta entre la vida de mi tío y el abismo.
—Emil. —La voz de Marco suena distante. No escucho.
—Emil. —Insiste—. Nada.
—¡Oye! —Siento un golpe seco en la suela de mi bota. Un tirón brusco que me arranca de la penumbra del coche como si me arrancaran de un mal sueño. Parpadeo, ciego por un segundo ante la luz cruda del taller—.
—¿Qué? —digo, mi voz áspera por la falta de uso y la tensión.
Marco me observa con el ceño fruncido, su preocupación genuina se mezcla con la irritación.
—Te hablo desde hace rato, cabrón. ¿Estás bien? Te ves… mal. Como si te hubiera pasado un camión por encima.
—Estoy bien —respondo, la mentira se desliza fácil, pero la palabra se queda corta. Siempre se queda corta.
Se acerca Tony, con su sonrisa de tonto que hoy me resulta irritante.
—Claro que está cansado. Con razón. Si yo tuviera a Luna en casa, tampoco dormiría —suelta, provocando risas ahogadas entre los demás.
—A esa edad —dice otro, con un tono burlón que me eriza la piel—, normal que quieran estar pegados como perros en celo.
El calor me sube al rostro antes de que pueda detenerlo, una humillación pública que me enfurece.
—Cállense —respondo, volviéndome bruscamente hacia ellos—. Trabajen.
—Mírenlo —insiste Marco, divertido por mi reacción—. Hasta se sonroja.
Vuelvo al motor, pero mi concentración se ha desmoronado. El metal ya no es un refugio, sino un recordatorio de mi debilidad.
Aprieto una pieza con más fuerza de la necesaria. El metal cruje bajo mi mano. Bien. Algo cede. La tensión acumulada encuentra una salida violenta.
El teléfono vibra en mi bolsillo. Luna. Estoy seguro. Lo saco con un movimiento brusco, la esperanza de escuchar su voz, su consuelo. Y me detengo. Número desconocido. La familiaridad del peligro me hiela la sangre.
Voy a colgar. De verdad que lo voy a hacer. No necesito más problemas, más complicaciones. Mi pulgar está a punto de tocar la pantalla roja. La seguridad. Pero una curiosidad morbosa, una atracción fatal hacia lo desconocido, me detiene. Contesto.
—¿Emil? —dice esa voz, grave, meliflua, con un deje de burla contenida—. Pensé que no responderías.