Cuando el cuerpo por fin se rinde, la cabeza decide trabajar horas extra, alimentรกndose de la desesperaciรณn. Es una traiciรณn constante, una tortura autoimpuesta. El cansancio se me mete en los huesos, un peso que me arrastra, pero la mente no afloja. Tres trabajos. Lo repito como si fuera un logro, una medalla al aguante, pero suena mรกs a sentencia, a condena perpetua. Por las maรฑanas, el taller. Manos negras, espalda doblada bajo el sol implacable o la luz fluorescente que nunca ilumina del todo. El ruido que no perdona, que te grita que sigas, que no te detengas, que el tiempo es oro y tรบ lo estรกs malgastando si no lo conviertes en sudor. Por las tardes, limpiar habitaciones ajenas, recoger rastros de vidas que no son mรญas, fragmentos de existencias ajenas: sรกbanas arrugadas donde se

