El avión privado toca tierra sin ruido. Como todo lo que pertenece a mi familia: caro, discreto, intocable. Un mundo aparte, ajeno a la vulgaridad del resto. No bajo del coche. Ellas suben, cada una con su aura de poder y autoridad. Primero mi abuela. Bastón firme, mirada más firme aún, capaz de leer el alma de cualquiera. Después mi madre, impecable, como si el tiempo no se atreviera a tocarla, su elegancia una armadura impoluta. No sonríen. Nunca lo hacen primero. Esperan, observan, evalúan. —Llegaste —dice mi abuela, su voz un mando que roza la orden, como si fuera lo mínimo aceptable de mi parte. —Te dije que lo haría. Me observa de arriba abajo, su mirada desprovista de calidez, analizando cada detalle de mi apariencia. —Podrías haberlo hecho mejor —suelta, un reproche sutil per

