Dejo el teléfono y cierro la carpeta. Ya no es un archivo de información. Es una herramienta. Una llave maestra para abrir puertas que de otra manera permanecerían cerradas. —Prepárenlo —ordeno a mis hombres, sin mirarles, mi voz firme, cortante—. El coche. La ruta. Todo limpio. Sin cabo suelto. Que parezca una entrega rutinaria. —Sí, señor. Camino hacia la ventana, observando la ciudad que empieza a despertar. Gente corriendo, ajena a las maquinaciones que se tejen en las sombras. Gente creyendo que decide algo en sus vidas, mientras yo muevo los hilos que las controlan. —Quiero ojos encima de él desde que salga —añado, mi mirada fija en el horizonte, pero mi mente ya trazando el camino—. Cada esquina. Cada parada. Cada interacción. Quiero saber cada detalle de su recorrido. —Entendi

