𝐔𝐧 𝐟𝐚𝐧𝐭𝐚𝐬𝐦𝐚

1148 Words
Mi primera reacción es negarme. No con palabras. Con el cuerpo. Con la mandíbula tensa. Con los hombros rígidos como si fueran de hierro. Emiliano se resiste. —¡Claro que sí, claro! —dice el dueño antes de que yo pueda articular un sonido—. Emil, atiende al señor Văduva. ¡Ahora mismo! No pregunta. No explica. Solo obedece. Sumiso. Como una marioneta. Aurelian ya se está alejando, seguro de que lo sigo. Su control es absoluto. Y lo hago. No tengo elección. Mientras caminamos hacia su coche, la pregunta me golpea con fuerza: ¿por qué aquí? ¿Por qué yo? ¿Por qué un mecánico de barrio? ¿Por qué Emiliano? Y, sobre todo… ¿por qué siento que esto no tiene nada que ver con el motor? ¿Qué es lo que realmente quiere? El capó se abre con un gesto limpio. Demasiado limpio. Sin esfuerzo. El coche está en perfecto estado. No hay fallas evidentes. Nada suelto. Nada roto. Es una obra de arte. Un señuelo. —¿Qué problema tiene? —pregunto, seco. La voz me suena extraña. Esforzada. Demasiado grave. Emiliano me ahoga. Se apoya en el borde del coche, cruzando los brazos. El movimiento le tensa la camisa sobre los músculos. Un depredador acechando a su presa. —Quiero saber si funciona como debería —responde—. Nada más. Me observa. Me desafía. Lo miro. Luego al motor. Luego de nuevo a él. Mentiroso. Me agacho. Reviso conexiones. Escucho. Huelo. Todo está bien. Demasiado bien. Como si estuviera buscando algo que no existe. —No tiene nada —digo al final, levantándome. Las mentiras se me dan bien. —¿Seguro? —pregunta, y la pregunta no es sobre el motor. Es una prueba. —Seguro. Firme. (Como Naia). Silencio. Denso. El aire se vuelve irrespirable. —Entonces supongo que tendré que confiar en ti. Esa frase no debería sonar como amenaza. Pero lo hace. El veneno se desliza entre las palabras. Cierra el capó con un golpe sordo y se queda mirándome, como si hubiera obtenido exactamente lo que vino a buscar. No el diagnóstico. Algo más. Sabe la verdad. —Nos veremos de nuevo, Emil —dice, pronunciando mi nombre con una familiaridad que no le he dado. Como si me reclamara. Da media vuelta y se sube al coche. El motor ruge suave. Elegante. Amenazante. Se va. Yo me quedo ahí, con las manos sucias, el pulso firme… y la certeza incómoda de que nada de esto fue casualidad. Porque nadie como Aurelian Văduva entra a un taller de barrio por error. Y nadie se va… sin llevarse algo. Se ha llevado mi identidad. Me quedo unos segundos mirando el espacio vacío donde estuvo el coche. El elevador vuelve a chirriar, una llave cae al suelo, alguien suelta una carcajada. El taller recupera su ruido habitual, pero en mi cabeza algo no encaja. Una pieza que no pertenece. Como un recuerdo implantado. Vuelvo a lo mío. Aprieto una tuerca con más fuerza de la necesaria. El metal responde. Bien. Las cosas que responden me tranquilizan. Pero eso ya no es suficiente. —Oye, Emil —dice Marco desde el otro lado—, ¿qué traía ese carro de lujo? —Nada —respondo, sin levantar la vista. Solo un fantasma. —¿Nada nada? —insiste, acercándose—. Porque el jefe casi le pone alfombra roja. ¿Cuánto le ha pagado? —Motor limpio. Afinación reciente. Cero fallas. Perfecto. —Ajá —interviene Tony, pasando a mi lado—. ¿Y al tipo lo conoces o qué? Levanto los hombros, un gesto que lo dice todo. Una mentira. —Lo vi una vez. En un club. Un error. —¿En ese club? —pregunta alguien más, bajando la voz. El rumor se extiende como una sombra. —Llegué, dejé a Luna y Naia y me fui. Dejé a Naia expuesta. —¿Y por eso te lo pide a ti? Su curiosidad es un peligro. —Supongo. Mentira. Pero es todo lo que puedo darles. No digo más. No tengo más. Eso es lo que me molesta. Sentirme desarmado. Las miradas se cruzan. El rumor se dispersa como aceite en agua. Contaminando el ambiente. Nadie se atreve a empujar demasiado. El jefe no aparece. Cobarde. Mejor así. Cuanto menos sepan, mejor. Me inclino de nuevo sobre el motor. El olor a grasa me devuelve al presente. La rutina es mi refugio. A veces pienso que si pudiera, dormiría aquí. Escapar de la realidad. La puerta del taller se abre y el ambiente cambia de golpe. Como si alguien hubiera accionado un interruptor. —¡Traigo comida! —anuncia Luna, entrando con dos bolsas y una sonrisa que no pide permiso. Su llegada es una bomba de alegría. Los piropos salen solos. Automáticos. Peligrosos. —¡Ahora sí valió la pena venir a trabajar! —¡Dios bendiga las visitas! —¿Trajiste para compartir o solo para tu novio? La envidia es palpable. Me limpio las manos y camino hacia ella. Su sonrisa es un faro en la oscuridad. —Gracias —digo—. Te pasaste. —Siempre —responde, estirándome una bolsa—. Come antes de que se enfríe. Antes de que me descubran. —¿Ven? —dice Marco—. Eso no lo hace una amiga cualquiera. ¿Sospecha? —Viven juntos —añade otro—. Gustavo lo quiere como a un hijo. Su inocencia es una bendición. Si aquí hay algo más, nadie se enoja. Aún. Siento el calor subirme a la cara. Demasiado. Como si me hubieran descubierto mintiendo. —No somos novios —empiezo, fastidiado. Irritado. Exponiendo mi vulnerabilidad. Luna me interrumpe, tomándome del brazo. Su tacto me calma. Me centra. —Depende del día —dice, muy seria. Depende de si Emiliano está presente. Las risas explotan. El alivio es una marea. —¡Lo sabía! —Ese “depende” dice mucho. Demasiado. —Emil, cuídala, no todas son así. Una advertencia. —Exacto —añade Luna, mirándome de lado—. No todas te traen comida, te lavan la ropa y te despiertan a besos..... O a sentones. Su cercanía me perturba. Me atraganto con el primer bocado. La comida se vuelve un nudo en mi garganta. —¡Luna! —suelto, rojo hasta las orejas. Su juego me desestabiliza. Ella se ríe, satisfecha. Disfrutando de mi incomodidad. No lo niega. No aclara. Me deja arder solo para divertirse. —¿Qué? —dice—. Ellos preguntan, yo respondo. Sé todo, pero no digo nada. —Te voy a… —¿Qué? —me desafía, acercándose un poco—. ¿Me vas a regañar aquí? Mejor en la cama. Demasiado cerca. Las carcajadas suben de tono. Alguno silba. La tensión se disipa. —¡Ya, ya! —
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