𝐢𝐦𝐩𝐫𝐞𝐝𝐞𝐜𝐢𝐛𝐥𝐞

1427 Words
Se va. No mira atrás ni una sola vez. Camina hacia la barra con la espalda recta, como si acabara de ganarme una guerra que yo ni siquiera sabía que estaba librando. Me quedo ahí sentado, paralizado por la humillación, con el cuerpo traicionándome de la peor manera posible. La sangre caliente y palpitante donde no debería, maldita sea, con la erección aún latente y la mandíbula tensa por el esfuerzo de no romper algo, lo que sea que estuviera a mi alcance. Lo meto de nuevo en su lugar con torpeza y abrocho el cinturón con brusquedad, molesto conmigo mismo. Con mi propio cuerpo, que reacciona como un perro faldero ante una perra que me escupe en la cara. —Perra… —murmuro entre dientes, con veneno en la voz. Una risa amarga y descontrolada me sale antes de que pueda ordenar mis pensamientos, una mierda de sonido que no puedo controlar, que se escapa de mi garganta a pesar de mis esfuerzos por reprimirla. —Te lo merecías, idiota. Alondra aparece como si se hubiera materializado de la nada, surgiendo de entre las sombras como una aparición fantasmal. Lencería de puta negra, revelando toda la piel que quiere mostrar sin pedir perdón, un cigarrillo colgando sensualmente de sus dedos pintados de rojo. Se apoya en la mesa con una seguridad desafiante que me jode hasta la médula. —¿Acaso no te diste cuenta de que no era una puta más, Corvo? —dice, con un tono burlón que enciende mi furia—. Y aun así fuiste directo al dinero, como un cerdo babeando por la trufa. Qué puto predecible eres. —¿Desde cuándo te metes en conversaciones ajenas, pendeja? —respondo con un gruñido, ya harto de su mierda. —Desde que son divertidas, Corvo -contesta con una sonrisa de cabrona, disfrutando de mi frustración-. Y esta lo fue. Aspira el humo del cigarrillo con deleite, saboreándolo como si fuera mi dolor. —Ni se te ocurra tocarla —añade, y su voz se vuelve de hielo, transmitiendo una amenaza implícita—. Ni comprarla. Ni intentar joderla de ninguna manera. Sonríe lenta y maliciosamente, disfrutando cada segundo de mi creciente incomodidad. —Esa no se deja, Corvo. Y si insistes en jugar con fuego… te juro por lo que más quieras que no va a terminar bien para nadie. Ni siquiera para ti. La observo con rabia contenida mientras se aleja, moviendo las caderas con una sensualidad desafiante, como si el mundo entero fuera suyo. Me quedo solo otra vez, atrapado en la jaula de luces rojas, humo y música de mierda, con una certeza peligrosa creciendo en mi pecho como una semilla oscura: no la quiero porque me rechazó, no es solo eso. La quiero porque algo en ella desafía mi control, porque su mirada me atraviesa como un puñal, porque su rebeldía enciende una llama oscura en mi interior. La quiero porque no me tuvo a la puta v***a de miedo, porque no se acobardó ante mi poder. Porque no entendió las reglas… o las entendió demasiado bien y decidió romperlas. Y eso, en esta ciudad corrupta y despiadada, es motivo suficiente para una puta ejecución, una sentencia de muerte disfrazada de oportunidad. El club se vacía de a poco, como un cuerpo que se desangra lentamente. Nunca de golpe. Primero se van los perdedores que se arruinaron en apuestas y copas, arrastrando su miseria con la esperanza de encontrar consuelo en otro lado. Luego, se marchan los idiotas que creen haber ganado algo, engañándose con la ilusión de haber escapado de la jaula. Quedamos nosotros, los de siempre, los que no necesitan excusas para quedarse hasta que las luces cambien de color y el aire denso huela a semen, sudor y desesperación. Sigo sentado en la misma mesa, aferrado a mi vaso como si fuera un salvavidas en medio de un mar embravecido. El vaso frente a mí está vacío por tercera vez consecutiva. Lo lleno otra vez con un gesto mecánico, sin prestar atención a lo que hago. El alcohol ya no me hace mierda, hace años que mi cuerpo lo procesa con la eficiencia de una máquina, como si fuera agua bendita. Es solo algo que hacer con las manos, una distracción para evitar que el resto de mí siga quemando por dentro, consumido por la humillación y la rabia. Nunca me habían dejado solo por decisión de otra persona, nunca me habían rechazado sin dudarlo, sin calcular las consecuencias, sin ese puto miedo en los ojos que tanto me excita. Y, sobre todo, nunca alguien me había hablado de esa manera y se había ido de allí caminando con la frente en alto, como si no fuera conmigo, como si no me importara en lo absoluto. Aprieto el vaso con fuerza, conteniendo mi ira. El cristal cruje bajo mis dedos, amenazando con romperse en mil pedazos. Bajo la presión antes de quebrarlo, controlando mi impulso destructivo. No hoy, no aquí. Todavía no. Sus palabras siguen rebotando en mi cabeza con una precisión cruel, resonando como un eco implacable. No eran insultos vacíos y sin sentido, eran sentencias, veredictos inapelables. De esas que te marcan para siempre porque sabes que son ciertas, porque reconoces la verdad amarga que esconden. Bebo otro trago largo, intentando apagar el fuego que me consume. La música baja de volumen, volviéndose más tenue y melancólica. Las luces cambian de tono, adquiriendo un matiz más sombrío y revelador, y el club empieza a parecerse a sí mismo cuando deja de fingir que es un sitio de clase, cuando muestra su verdadera cara decadente y corrupta. Es entonces cuando lo siento: la presencia inconfundible antes incluso de escuchar su voz. Una energía poderosa que llena el espacio, que me eriza la piel. —Así que era verdad, joder —dice con un tono divertido y condescendiente. No me giro para mirarlo. No hace falta. Sé perfectamente quién es. Se sienta a mi lado con la confianza y la familiaridad de quien sabe que puede hacer lo que le dé su puta gana, sin importar las consecuencias. Un hombre mayor que yo, con la espalda recta y una postura imponente, vestido con un traje caro que grita dinero sin necesidad de gritar. El tipo de presencia que no necesita imponerse a la fuerza, porque todo el mundo ya sabe quién manda, quién tiene el poder real en esta ciudad. Ricci. El *capo*. El encargado del control de esta mierda de ciudad corrupta. La cara visible del negocio, el hombre de confianza. El que todos los cretinos ingenuos creen que manda de verdad, el que toma las decisiones importantes. —Dicen que intentaste comprar a una camarera, Corvo —continúa con un tono burlón, con una puta sonrisa divertida que se extiende por todo su rostro curtido—. Y que te mandó a la mierda, con todas las letras. A ti. ¿Puedes creerlo? No respondo a su provocación. El silencio es mi respuesta, mi arma predilecta. También mi advertencia, mi forma de marcar territorio. Ricci sabe que mi paciencia es limitada. Sirve dos tragos de whisky añejo sin siquiera preguntar mi opinión. Empuja uno hacia mí, con un gesto elegante y calculado. —Vamos, hombre —dice, con un tono condescendiente—. No te pongas tan sensible, Corvo. Me pareció de lo más jodido y gracioso. Una humillación épica. Tomo el vaso de whisky, aunque no tengo ganas de beber. Ni siquiera lo miro. El alcohol me da igual. —¿Es cierto, Corvo? —insiste, clavando sus ojos penetrantes en los míos—. ¿Te rechazó de verdad, como a un puto novato sin experiencia? Mi mandíbula se tensa por el esfuerzo de contenerme. El vidrio del vaso vuelve a crujir entre mis dedos, amenazando con estallar en mil pedazos. —Sigue hablando, cabrón —respondo con un gruñido, con la voz cargada de peligro—. Parece que ya lo sabes todo. ¿Para qué preguntas entonces? Sonríe, revelando unos dientes blancos y perfectos. Disfruta demasiado esta mierda, se regodea en mi humillación. —No todo, Corvo —admite con un tono enigmático—. Pero sí lo suficiente para hacerme una idea bastante clara de la situación. Esa chica, Naia… no eres el primero ni serás el último en intentar cogerla, en someterla a tu voluntad. Levanto la vista por fin, rompiendo el silencio. Clavo mis ojos en los de Ricci, desafiándolo a continuar. —Explícate, hijo de puta —exijo con un tono amenazante, conteniendo mi furia.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD