𝙥𝙞𝙚𝙯𝙖𝙨 𝙙𝙚 𝙥𝙡𝙪𝙯𝙯𝙚

1168 Words
Luna me guiña un ojo y se aparta. Me quedo un segundo quieto, respirando hondo, con el pulso acelerado por razones que no quiero analizar. La visita de Aurelian Văduva ha sido como una chispa en un polvorín. Las preguntas de Marco, la sombra de su mirada, la familiaridad de su nombre... todo se ha colado bajo mi piel, dejando una inquietud helada. Comemos apoyados en el banco. La normalidad vuelve, a empujones. Entre broma y broma, el pensamiento regresa solo: el coche perfecto, el nombre extraño, la sonrisa que no era de cliente. Una trampa finamente tejida. La certeza de que esa visita no fue casual, sino una señal. Una advertencia. —Por cierto —dice Marco, con la boca llena de comida y una curiosidad que ahora me resulta peligrosa—. Ese nombre… ¿lo habían oído antes? Văduva. El aire se vuelve denso. Las conversaciones aledañas se apagan. Las miradas de los demás mecánicos se dirigen hacia mí, esperando una respuesta que no puedo dar. Un silencio expectante se instala, incómodo, cargado de la sombra de Aurelian. Niego con la cabeza. La falsedad se vuelve una armadura pesada. —Yo tampoco —añade Tony, masticando con determinación. Su cinismo es un escudo que ya no me protege. —Raro. —Marco frunce el ceño, como si estuviera desgranando un acertijo. Su mirada se detiene en mí un instante más de lo necesario—. Que un tipo así aparezca de la nada. Y que su coche esté impecable. Demasiado impecable. La indirecta flota en el aire. Todos han notado la anomalía. La tensión entre Aurelian y yo. —Aquí nada es raro —responde Tony, sabio en su cinismo—. Solo que cobra bien. O paga bien. Depende. Pero yo sé que no es así. Mi instinto grita que hay algo más. Algo oscuro y personal. Luna me observa, como si notara que estoy lejos. Sus ojos, siempre tan perspicaces, se clavan en los míos, buscando la verdad detrás de la fachada de Emiliano. Se acerca y baja la voz, un susurro solo para mí, cargado de preocupación genuina. —¿Todo bien? Asiento, forzando una serenidad que no siento. Mi voz es un hilo. —Sí. Solo cansado. No miento del todo. El cansancio de fingir es abrumador. El cansancio de ser alguien que no soy, mientras el verdadero yo grita bajo la superficie. Termino de comer. Vuelvo al trabajo. El día sigue. Las tareas mecánicas, el ruido del taller, la grasa en mis manos. Intento aferrarme a la rutina, a la simplicidad de arreglar motores. Pero la sensación no se va. Se ha incrustado en mi piel, helada, un presagio de tormenta. Porque mientras el taller ruge y las risas llenan el aire, una certeza se queda clavada: ese hombre no vino por un coche. Vino por mí. O por la sombra de quien solía ser. Y tarde o temprano, volverá. La trampa se cierra. Salgo del taller cuando el cielo ya empieza a apagarse. No es noche cerrada, pero la luz se vuelve densa, opresiva, como si alguien la hubiera ensuciado con los dedos. Siento una suciedad que no se quita con agua y jabón. Me pongo la sudadera a pesar del sudor, un intento inútil de protegerme de la paranoia que me rodea. Bajo la gorra un poco más de lo normal, como si pudiera ocultarme del mundo que me vigila. Camino. Al principio, es solo la paranoia alimentándose de las sombras de la ciudad. Un coche que pasa despacio, demasiado despacio. Un reflejo en un escaparate que se mueve cuando yo me detengo. Pasos que no son míos… o eso creo. Cada sonido, cada sombra, se amplifica. Sigo andando. No acelero. No miro atrás. Aprendí hace tiempo que mirar atrás solo confirma los miedos que prefieres ignorar. Pero el miedo ya me ha alcanzado, se ha adherido a mi espalda como una segunda piel. Doblo la esquina. El coche vuelve a pasar. El mismo. n***o. No es el de esta mañana —me digo, intentando acallar la voz de la razón—. No seas paranoico. Aquí hay coches negros a montones. Cruza la calle y se pierde. Respiro. Un respiro forzado, corto, el aire cargado de una tensión que no es solo el frío de la noche. En la siguiente cuadra, dos tipos apoyados en una pared fuman sin prisa. Me miran pasar. Sus miradas no son de curiosidad, son de evaluación. No dicen nada. No sonríen. Sus ojos me pesan como si tuvieran plomo. Vigilancia. Son peones, pero me hacen sentir acorralado, expuesto. El barrio huele a basura húmeda y gasolina vieja. A miedo administrado. A la cloaca de la ciudad que intenta ahogarme. Acelero el paso, pero sin correr. La prudencia me lo impide. Un perro ladra a la nada, un eco de mi propia angustia. Un grito ahogado. Una sirena corta el aire a lo lejos. Alguien grita un nombre desde un balcón, una súplica o una orden. Todo normal. Todo mal. El mundo se desmorona en fragmentos discordantes. Llego al edificio y subo las escaleras de dos en dos, con el eco de mis propios pasos resonando en el hueco de la escalera. El corazón me late firme, no desbocado. Eso me preocupa más. La calma tensa, la calma de quien sabe que algo va a explotar. La calma antes de la tormenta. Abro la puerta. —¿Luna? —digo, mi voz resonando vacía en la oscuridad del apartamento. Silencio. La oscuridad del apartamento me recibe como un sudario, envolviéndome en una quietud premonitoria. Cierro y echo el cerrojo. Dejo las llaves en la mesa con un chasquido metálico. Un sonido demasiado fuerte en la quietud, un anuncio de que estoy solo. Entonces la escucho. Llora. No fuerte. No histérica. Llora en silencio, como quien se quedó sin lágrimas y solo le queda el temblor. Un temblor que me sacude hasta los huesos, un eco de la fragilidad que intentamos proteger. La encuentro en la cocina, sentada en el suelo de baldosas frías, con el teléfono aún en la mano. La cara roja. Los ojos hinchados. Destrozada. Como si el mundo se hubiera precipitado sobre ella. —¿Qué pasó? —pregunto, ya arrodillado a su lado. Mi voz es un susurro ronco, mi cuerpo tenso por el instinto de protegerla. Me mira y se le quiebra la voz. Cada sílaba es un lamento. —Llamaron del hospital. El aire se espesa. Cada palabra suya es un golpe, una sentencia. El sonido del tráfico se apaga. El mundo exterior deja de existir. —Todo se detiene. La frase queda suspendida en el aire, cargada de un terror que reconozco al instante. Un terror que me congela la sangre. La fragilidad se ha roto. —¿El tío? —pregunto, la voz apenas un hilo, la esperanza desvaneciéndose—. ¿Qué pasó con el tío? Sus sollozos se intensifican. Aprieto la mandíbula, el metal de mi propia identidad amenazando con romperse.
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