No le avergüenza que la observe con descaro. Levanta la vista una vez, me encuentra escrutándola con intensidad y no baja los ojos. No sonríe para complacerme, ni se endurece para desafiarme. Simplemente registra mi presencia, analiza mis intenciones. Me pesa su mirada fría e inquisitiva, me mide como si yo fuera el objeto de estudio. Y eso provoca una reacción inmediata y sucia en mi entrepierna, una tensión palpable que me incomoda. Estoy acostumbrado a elegir, a tomar lo que quiero sin pedir permiso. A que el deseo sea un trámite rápido y simple, como orinar entre decisiones más importantes. Pero esto... esto no es hambre simple, no es mera lujuria. Es un impulso primitivo de posesión, de marcar territorio. De romper algo que se mantiene intacto, solo para comprobar que aún tengo el poder de hacerlo. Para manchar su pureza con mi propia mierda, para corromper su esencia.
Decido llamarla a mi mesa, cediendo a mi instinto. No necesito encerrar a alguien en una jaula para dominarlo por completo. Me basta con una mesa lateral en penumbra, con la luz baja y la música lo suficientemente alta para disfrazar las palabras que no deben oírse.
Cuando llega a mi mesa, no pregunta el motivo de mi llamado. No duda ni titubea. Camina con esa calma contenida que me irrita profundamente, como si fuera ella la que me estuviera permitiendo estar allí, como si me estuviera haciendo un favor.
-Siéntate -le digo con un tono autoritario, sin esperar su consentimiento.
No obedece al instante, desafiando mi autoridad. Me observa primero con detenimiento, sin importarle mi impaciencia. Sus ojos grises recorren mi rostro sin prisa, como si buscaran un punto débil, una vulnerabilidad que pueda explotar. Luego se sienta con lentitud, moviéndose con la gracia de un felino, dueña de cada uno de sus gestos. Eso me arranca una sonrisa breve, una bestia mostrando los dientes en anticipación de la caza.
-No suelo llamar a las camareras a mi mesa -digo con un tono condescendiente-. Y menos a las que vienen con condiciones impuestas por otros.
-Entonces no me hubiera llamado, patrón -responde con frialdad, sin mostrar ningún tipo de arrepentimiento.
Su voz no tiembla, no se quiebra por el miedo. No busca agradar, no intenta complacerme. Es firme, limpia, directa. No suplica, no ruega por su vida. Es una declaración de intenciones, una advertencia silenciosa.
Me reclino apenas en el asiento, dejando que la analice con su mirada. No me escondo, no me avergüenzo de mis intenciones. La observo de arriba abajo sin pudor alguno, deleitándome con su incomodidad. La forma en que el uniforme barato se tensa sobre su cuerpo cuando cruza las piernas, revelando la firmeza de sus músculos. El cuello largo y elegante, perfecto para estrangular si fuera necesario. Las manos fuertes y decididas, con marcas de trabajo real, no de adornos de salón.
-Te pagan una mierda aquí, Naia -digo, con un tono condescendiente y un brillo de avaricia en los ojos-. Yo puedo arreglar eso en un abrir y cerrar de ojos.
Pongo el fajo de billetes sobre la mesa, dejando que el sonido seco del golpe impregne el ambiente. No me molesto en contarlo, no es necesario. El sonido del dinero siempre funciona, es un idioma universal que hasta el más idiota entiende.
Pero ella ni siquiera baja la mirada hacia la tentadora oferta. Mantiene sus ojos grises fijos en mí, sin mostrar un atisbo de codicia.
-No me interesa, patrón -responde con frialdad, como si el dinero no tuviera ningún valor para ella.
Esa respuesta suele durar lo que tarda un billete en cambiar de mano, pero Naia parece inmune a mi poder.
-Solo una noche, Naia -añado, intentando seducirla con una propuesta aparentemente irresistible-. Nada más.
Inclino el cuerpo hacia adelante, reduciendo la distancia entre nosotros. El acento de mi barrio se me marca más cuando hablo despacio, cuando dejo que cada palabra se asiente como una gota de veneno en el oído de mi presa.
-Lo que tú ganas aquí en semanas de trabajo miserable... yo te lo doy hoy, en efectivo. Sin impuestos, sin preguntas incómodas, sin ataduras -susurro con un tono persuasivo.
Pero Naia no reacciona como espero. No hay conflicto interno visible en su rostro, no hay cálculo estratégico. Solo esa leve curva en sus labios que no alcanzo a descifrar, una expresión enigmática que me desconcierta. Como si supiera un chiste que yo aún no entiendo, como si estuviera observando mi patética actuación desde una posición superior.
-A todos les interesa la puta plata, Naia -digo con un tono exasperado-. Lo único que cambia es cuánto tardan en arrodillarse y lamer la mano que se las ofrece.
-No todos la necesitan, patrón -contesta con calma, desafiando mi visión del mundo.
Me recuesto un poco más en el asiento, relajando mi postura. La miro sin pudor alguno, permitiéndome imaginar cómo sería romper su resistencia, escucharla gritar de dolor, comprobar si esa rigidez es real o solo una máscara que se rompe con los golpes. Me permito pensar en su cuerpo respondiendo a mis deseos, no porque quiera, sino porque el cuerpo siempre traiciona a la mente en los momentos de debilidad. Y en este momento, solo de pensarlo, ya me carajo la tenía dura, una mezcla de deseo y rabia consumiéndome por dentro.
-Si haces lo que yo quiero, Naia -murmuro, acercándome peligrosamente a su rostro-, si cumples ciertas fantasías que tengo en mente... empezando por chupármela hasta que te ahogues, te pago el triple de lo que te ofrecí. Me gustaría ver esos ojos de perra mirándome desde el suelo mientras te la comes, implorando por mi misericordia.
No necesito decir más. Naia sabe exactamente a qué me refiero. Todas lo saben. En este mundo, el poder y el dinero son el idioma universal que define las relaciones.
Su sonrisa aparece entonces, revelando sus intenciones. Y yo cometo el error de interpretarla como una señal de sumisión, como la confirmación de mi victoria. Se inclina hacia mí, acercándose lo suficiente para que mi cuerpo reaccione sin pedir permiso. Me acomodo instintivamente en el asiento, un gesto viejo y automático, preparándome para recibir su gratitud.
Mis dedos bajan al cinturón, moviéndose con la familiaridad de la rutina. Lo desabrochan con facilidad, liberando a mi m*****o ansioso por sentir la humedad de su boca. La certeza de mi dominio me invade, haciéndome sentir invencible.
Ella toma el dinero de la mesa, agarrando el fajo de billetes con una fuerza sorprendente. Por una fracción de segundo creo que gané la partida, que he doblegado su voluntad con mi poder.
Entonces se ríe con ganas, una carcajada sonora y desafiante. No es una risa suave y sumisa, ni una risa nerviosa y complaciente. Se ríe desde el fondo del pecho, con una alegría genuina y despreocupada. Es la risa de quien acaba de confirmar que el mundo es exactamente tan patético y predecible como imaginaba.
Me empuja el dinero contra el pecho con fuerza, estampándolo contra mi esternón. No lo lanza con desprecio, lo clava como una estocada, transmitiendo su odio con cada billete.
-Guárdate esa miseria -dice con desprecio-. He visto propinas más grandes que ese fajo de porquería.
Me quedo quieto, paralizado por la sorpresa y la furia. No puedo creer que alguien se atreva a rechazarme.
-No vendas lo que no tienes derecho ni siquiera a pensar, imbécil -añade con un tono helado, y su voz es ahora un hielo que me quema por dentro.
-¿Qué dijiste, perra? -pregunto con un tono bajo y amenazante, conteniendo la rabia. La palabra sale de mis fauces como un rugido bestial.
Sus ojos se endurecen, volviéndose fríos y cortantes como vidrio roto.
-Me da asco, patrón-continúa con desprecio-. Tú y tus billetes. Crees que porque todas las putas aquí se abren de piernas para ganarse la vida, yo voy a hacer lo mismo. Crees que puedes comprar mi dignidad con tu dinero.
Se inclina apenas hacia mí, lo justo para que escuche sin esfuerzo, su aliento caliente rozando mi cara.
-No eres especial, no eres diferente a los demás. Eres solo otro hombre con el p**o más chico que la cartera, con una necesidad desesperada de demostrar su poder.
Se endereza con orgullo, recuperando su postura dominante.
-Prefiero morir de hambre antes que meterme eso en la boca.