𝐦𝐞𝐫𝐜𝐚𝐧𝐜í𝐚 𝐚 𝐥𝐚 𝐯𝐞𝐧𝐭𝐚

1012 Words
Se aleja de mi mesa sin insistir, con la sumisión de una marioneta bien entrenada. O bien aterrorizada. Ambas opciones son igual de probables en este lugar. La otra no se acerca a mi mesa, no todavía. Me levanto de mi asiento y camino con determinación hacia la barra, sintiendo la mirada de todos clavada en mi espalda. No invado su espacio personal, no me acerco demasiado. Me apoyo con calma en la barra, dejando que mi sombra amenazante la cubra por completo. -¿Cómo te llamas? -pregunto con voz grave, sin mirarla directamente a los ojos. -Naia -responde de inmediato. Su voz es firme y segura, sin temblor alguno. Sin la dulzura fingida y estúpida que usan las otras chicas para complacer a los clientes. -Bonito lugar para morir despacito -digo con un tono sombrío, observando el ambiente sórdido que nos rodea. -Es un trabajo -responde simplemente, sin mostrar emoción alguna. Sonrío con sinceridad por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa genuina que refleja mi asombro. -Todo aquí lo es, Naia. La vida, la muerte, el coño. Todo tiene un precio, todo se puede comprar y vender. La miro ahora directamente a los ojos, desafiándola a apartar la mirada. Sus ojos grises no se apartan, no me desafían abiertamente. Pero me pesan, me escrutan con intensidad, como si estuvieran calculando cuánto tiempo tardarían en deshacerse de mi cuerpo si tuvieran la oportunidad de hacerlo. -Alondra te recomendó para este puesto -continuo, observando su reacción. Asiente con un movimiento de cabeza apenas perceptible. -Sí. -Eso te compra un poco de tiempo -digo con un tono condescendiente-. Pero el tiempo es un recurso limitado, y aquí, cuando se acaba, te rompen en pedazos sin remordimiento. No se inmuta, no muestra señal alguna de temor. Su aplomo es admirable, e inquietante al mismo tiempo. -Lo sé. Interesante. Demasiado interesante para mi gusto. -Aquí -añado, extendiendo una mano hacia el club-, el dinero abre muchas puertas, Naia. Y cierra otras con violencia, a golpes si hace falta. -También las cierra a aquellos que creen que todo se puede comprar con dinero -responde con un tono desafiante, clavando su mirada en la mía. Ahí está, la afilada hoja de la inteligencia que no se anuncia a los cuatro vientos, pero que corta profundo si uno se descuida. Apoyo un billete de cien dólares sobre la barra, luego otro, y otro más. No es un soborno directo, es una prueba de lealtad. -Solo quería saber hasta dónde llega tu lealtad, Naia -digo con una sonrisa enigmática-. Quería saber a quién sirves realmente. Me mira al fajo de billetes, con una mezcla de desprecio y curiosidad. Luego levanta la vista hacia mí, pero no se detiene en mis ojos. Su mirada se desliza con frialdad por mi garganta, analizando mi vulnerabilidad. -Hasta donde me pagan por servir bebidas, patrón. Nada más que eso -responde con firmeza, sin ceder a la presión. Me río con más ganas, un sonido gutural que resuena en el club, atrayendo la atención de varios clientes curiosos. -Eso es una novedad en esta cueva de víboras, Naia -comento con un tono divertido. -No debería serlo -responde con sequedad, sin importarle mi opinión. No la presiono más, consciente de que la caza se arruina si se acelera demasiado. Pero la idea de su rebeldía se ha instalado en mi cabeza con la claridad de una bala bien dirigida: estas dos chicas no entienden ni la mitad de la mierda en la que se han metido. Y yo quiero ser el que se las explique, paso a paso, palabra a palabra, golpe a golpe si es necesario. Regreso a mi mesa, observándolas de reojo con una atención depredadora. Pienso en lo fácil que suele ser comprar silencio, cuerpos y voluntades en este lugar. Pienso en lo estúpido que es creer que yo necesito rebajarme a insistir, cuando el poder está de mi lado. Esta noche solo me dedico a medir la situación, a calibrar a mis presas. La ciudad sigue hablando en susurros, revelando sus secretos a quien sepa escuchar. Y algo en esos ojos grises me dice que, por primera vez en mucho tiempo, no todo va a obedecer a mi voluntad como debería. La observo fijamente, sin apartar la mirada. Eso es lo primero que hago cuando algo no encaja, cuando una pieza del rompecabezas no se alinea: miro con insistencia hasta que la imagen comienza a sangrar, hasta que la verdad se revela. El club es una jaula de luces rojas parpadeantes y sombras alargadas, y ella camina dentro como si no terminara de aceptar que las rejas son reales. No es torpeza ni falta de habilidad social. Es resistencia, una declaración de guerra silenciosa contra el sistema. El uniforme no es distinto al que usan las otras camareras, pero en su cuerpo parece una condena, una humillación. La tela se ajusta a unas caderas que no exageran su forma, que simplemente son. La cintura marcada, el pecho contenido sin la estupidez de una provocación abierta. Nada en su apariencia está ahí para complacer a los hombres, y sin embargo, todo en ella jode, molesta, atrae la atención no deseada. Eso es lo peligroso de Naia. No juega al juego de la seducción, no coquetea ni se ofrece a los clientes. Y aun así, los putos hombres la miran con más intensidad que a las que saben exactamente cómo mover los labios y las manos para sacar un billete de sus bolsillos. Exótica, pienso con desprecio, y me da igual ser un cabrón insensible. No se trata del color de su piel, que no es la palidez enfermiza de la mayoría de las mujeres que trabajan aquí, ni de su cabello n***o, pesado e indisciplinado. Es algo mucho más profundo, algo que trasciende lo físico. Es una forma distinta de ocupar el espacio, de existir en este mundo. Como si su cuerpo no fuera una mercancía a la venta, sino un territorio propio que está dispuesta a defender con uñas y dientes. Y eso, en mi mundo, es una afrenta imperdonable.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD