No experimento placer alguno en lo que está a punto de suceder. Disfrutar sería una extravagancia emocional, una dilapidación de energía inútil. Levanto la pistola equipada con un silenciador, sintiendo el peso frío del metal en mi mano. Apunto con precisión milimétrica, calibrando la distancia y la trayectoria. El sonido resultante es un "pfft" húmedo y sordo, apenas audible en el ambiente enrarecido del almacén. El agujero que se abre en su frente es pequeño, casi pulcro, como una marca de nacimiento invertida.
La parte posterior de su cabeza, en cambio, es una obra de arte abstracta, una explosión grotesca de rojo y gris que desafía toda lógica. Un estallido visceral de sesos y fragmentos de cráneo que salpica la pared de ladrillos como una pintura demente, un testimonio silencioso de la fragilidad de la vida.
El cuerpo permanece rígido durante un segundo eterno, con los ojos desorbitados y la sorpresa congelada en su boca entreabierta. Luego, se desploma sinuosamente contra el suelo cementado, dejando tras de sí un rastro de sangre y desesperación.
Tampoco lo evito, ni lo contemplo con morbo. Es una desinfección necesaria, un acto de higiene social. Limpio. Rápido. Sin espectáculo innecesario.
Cuando salgo del almacén, el lugar vuelve a estar vacío y silencioso, como si nunca hubiera albergado la tragedia que acaba de tener lugar. Como si el traidor, su traición y su castigo nunca hubieran existido.
La ciudad agradece el orden, el equilibrio restaurado. Más tarde, me dirijo al club nocturno, buscando una distracción efímera. Luces bajas y parpadeantes que intentan en vano ocultar los pecados que se cometen en la oscuridad. Música estridente que ahoga los gritos silenciosos de las víctimas. Alcohol barato que se vende como si fuera oro líquido, embriagando a los incautos y nublando su juicio. Hombres armados acechando en las sombras, fantasmas con sueldo que solo son visibles para aquellos que tienen algo que temer, para aquellos que han infringido las reglas.
El encargado del club está sudando a mares. Se le nota en la forma nerviosa en que se seca las manos en el pantalón, en cómo me mira solo de reojo, evitando el contacto visual directo, como si mi mirada pudiera quemarle la piel.
-Tenemos un pequeño problema -dice con voz temblorosa, tragando saliva con dificultad.
-Los problemas son mi negocio -respondo con un tono desinteresado-. Lo que no entiendo es por qué has traído este problema a mi puerta, molestando mi noche.
La chica está acurrucada en una esquina oscura, junto a una columna de hormigón que la hace parecer aún más frágil e indefensa. Es nueva en este ambiente sórdido, se nota a kilómetros de distancia. No por la ropa barata que lleva puesta, sino por la tensión que se acumula en sus hombros, por la chispa de rebeldía que aún brilla en sus ojos. Los novatos todavía creen que tienen derecho a decir "no", como si su voluntad importara un carajo una vez que la deuda los ha vendido como ganado.
-No quiere cooperar -explica el encargado con nerviosismo, gesticulando con las manos-. Dice que esto no es lo que ella pensó, que la hemos engañado.
La miro por primera vez de verdad, dedicándole toda mi atención. Está temblando de pies a cabeza, pero no es solo miedo lo que siento que emana de ella. Es orgullo herido, es la estúpida negación de alguien que todavía cree que el mundo se rige por principios justos. Es peor que el miedo. El orgullo se rompe con más violencia y hace más ruido, atrayendo la atención no deseada.
Camino hacia ella con una determinación implacable. Mis pasos resuenan con fuerza sobre el suelo, ahogando el ritmo de la música estridente. No la toco, no tengo necesidad de ensuciarme con su desesperación.
-Tu puto padre firmó el acuerdo -digo con voz suave pero cortante, como el filo de una navaja-. Apostó tu nombre como si fuera una baraja de cartas, como si tu vida no valiera nada. Perdió, y ahora tú eres la moneda de cambio. Simple.
-Yo... yo no le debo nada a nadie -susurra, con los ojos llenos de un desafío estúpido, una negación infantil.
Sonrío con frialdad, sin ningún atisbo de humor. Es el gesto maquinal que precede al momento en que arranco algo de raíz, sin piedad ni remordimientos.
-Las deudas no tienen familia, niña ingenua -respondo con un tono condescendiente-. Tienen dueños implacables. Y tu dueño, a partir de ahora, soy yo.
Su respiración se corta de golpe, como si le hubieran arrancado el aire de los pulmones. No mencioné a su hermana pequeña, no era necesario. La imagen de una niña inocente es el cuchillo más afilado que existe, la herramienta de manipulación más efectiva. Simplemente dejé que la idea de su hermana flotara entre nosotros, como un espectro amenazante, y vi cómo se le clavaba en lo más profundo de su alma.
-Trabajas -continuo con una voz monótona, hablando como si le explicara las reglas básicas a un niño pequeño-. Y tu hermanita sigue jugando con sus muñecas, ajena a la oscuridad que te rodea.
-Si no... -me encojo de hombros con indiferencia, dejando la frase suspendida en el aire como un cuerpo sin vida, como una promesa de tormento- buscaremos otra forma de cobrar la deuda. Una forma más... duradera y dolorosa. Una que no se canse tan rápido como tú, y que pueda prolongarse indefinidamente.
El silencio se vuelve denso y opresivo, pesado como una losa de cemento que amenaza con aplastarla. Todo el club parece haberse detenido por un instante, conteniendo la respiración en anticipación de su respuesta. Ella asiente con la cabeza una sola vez, un movimiento corto y rígido que carece de toda convicción. No lo hace porque quiera, sino porque acaba de comprender que ya no es una persona, con derechos y deseos. Es un objeto desprovisto de valor intrínseco, una posesión que puede ser usada y desechada a mi antojo.
Me doy la vuelta sin mirarla, sin importarme su sufrimiento. El encargado exhala un suspiro de alivio, un sonido de debilidad que me repugna.
-Gracias -dice con un tono servil, intentando congraciarse conmigo.
-Haz que gane dinero -respondo con frialdad, sin detenerme-. Y recuerda que la próxima vez que un problema innecesario interrumpa mi rutina, el problema serás tú, y te aseguro que no te gustará el resultado.
Salgo del club con el mismo paso decidido con el que entré, dejando atrás la miseria y la desesperación. Afuera, la noche sigue siendo la misma puta sucia y hambrienta, que solo obedece por miedo y por la promesa de una recompensa. Es mía, solo porque la sangre limpia las cuentas y el terror mantiene el orden.