Enciendo otro cigarrillo, sintiendo el sabor amargo de la nicotina quemándome la garganta.
La ciudad sigue gritando en silencio, revelando sus secretos a quien sepa escuchar. Y yo sigo contando los cuerpos que caen, las vidas que se extinguen en la oscuridad. El club no duerme, nunca lo hace. Simplemente respira, una entidad voraz que consume y se alimenta de la desesperación. Y yo me dedico a acortarle el aire, a estrangularlo lentamente desde las sombras.
Exhala música estridente, alcohol barato y promesas vacías. Inhala dinero, sudor y decisiones impulsivas que nadie se atreverá a reclamar por la mañana. Me quedo afuera un momento más de lo necesario, apoyado contra el coche, fumando con parsimonia. No observo por mera costumbre, sino porque siempre hay algo que se sale del patrón establecido, una anomalía que puede desatar el caos.
Y entonces llegan.
Dos chicas y un puto perro faldero que desentona por completo en este ambiente sórdido. Eso es lo primero que me golpea, la incongruencia evidente. El tipo las escolta hasta la puerta del club como si fueran princesas, las trata con una cortesía exagerada. Dice algo que no me molesto en escuchar y luego se marcha, desapareciendo en la noche.
No negocia, no espera una recompensa, no se queda para asegurarse de que estén a salvo. Un idiota ingenuo, o un amante desesperado con un poder de compra muy inferior al mío. Interesante, en cualquier caso.
Las chicas avanzan juntas, adentrándose en el club. Una de ellas ríe con ganas, habla como un pajarito charlatán y gesticula con extravagancia, como si estuviera intentando vender algo. La reconozco al instante, antes incluso de que mi cerebro lo procese por completo: es la misma que me chocó torpemente cerca del taller mecánico. La misma energía exuberante y superficial, casi fuera de lugar en esta ciudad de acero y cemento. Sonrisa abierta y radiante, demasiado viva y despreocupada para este matadero.
La otra, en cambio... no sonríe ni una sola vez. Camina con una rigidez forzada, como si tuviera un palo metido en el culo. Contenida, reprimida, como si su cuerpo fuera una jaula de la que no pudiera permitirse escapar. El cabello oscuro le cae sobre el rostro como una manta opaca, sin ninguna intención de agradar a nadie. Y sus ojos... grises como el acero. No son grandes ni expresivos, no suplican ayuda. Son ojos atentos y analíticos, serios como una bala que espera su momento. No miran al suelo con sumisión, pero tampoco buscan el contacto visual con los demás. Esos ojos barren el lugar con rapidez y precisión, como si estuvieran midiendo distancias, identificando salidas de emergencia y analizando puntos débiles. Esos ojos no pertenecen a este lugar. Son los ojos de una presa que aún no sabe que está siendo cazada, los ojos de alguien que está a punto de descubrir la brutalidad del mundo.
Las dejo pasar, permitiendo que se adentren en la boca del lobo. No me muevo de mi posición, permaneciendo anclado a la realidad. Las sigo con la mirada hasta que la puerta del club se cierra tras ellas, tragándolas en la oscuridad. Apago el cigarrillo a medio consumir contra la palma de mi mano, sintiendo el dolor agudo que me recorre el cuerpo. El dolor es un recordatorio constante, un ancla que me mantiene despierto y alerta.
-Tú -llamo a uno de los gorilas que custodian la entrada, interrumpiendo su letargo. El hombre se endereza de inmediato, como si le hubiera administrado una descarga eléctrica. Respeto, temor, sumisión. El único lenguaje que realmente importa en este mundo.
-Sí, patrón -responde con voz firme, sin atreverse a cuestionar mi autoridad.
Inclino la cabeza apenas hacia la entrada, indicando la dirección con un gesto sutil.
-Las dos perras que acaban de entrar. ¿De dónde han salido?
No titubea, no duda ni por un instante. Eso es bueno, significa que no es un imbécil descerebrado, que ha aprendido a sobrevivir en este entorno hostil.
-Camareras, patrón -responde sin vacilar.
Sonrío con frialdad, una mueca afilada que no refleja ninguna alegría. Es una exhibición de dientes depredadora, una advertencia silenciosa.
-Aquí no hay camareras, imbécil. Hay carne que sirve para algo, y carne que se paga por usar -respondo con un tono venenoso-. Aprende a diferenciar entre ambas categorías.
Él entiende el mensaje, lo comprende a la perfección. Todos los que trabajan en este club entienden las reglas del juego. En este lugar, los títulos y las jerarquías son solo una fachada para los turistas incautos. El servicio es siempre completo, sin excepciones, siempre y cuando alguien esté dispuesto a pagar lo suficiente.
El cadenero baja la voz a un susurro baboso, como si estuviera revelando un secreto peligroso.
-Ellas no son así, patrón. Ellas son diferentes.
Levanto una ceja, expresando mi escepticismo. Un simple gesto que le cuesta un sudor frío.
-Explícame por qué debería importarme, antes de que me aburra de tu conversación.
-Fue Alondra, patrón -dice rápido, con la voz temblorosa-. Ella las pidió como favor especial. Habló directamente con el encargado. Dijo que respondía por ellas con su propio culo.
Ah. Alondra. La joya de la corona del burdel de enfrente, la reina indiscutible del negocio. La que sabe cuándo sonreír y cuándo mostrar los dientes. La que entiende que el dinero es la única religión verdadera, el único poder que importa. Si ella puso su nombre en la mesa, intercediendo por esas chicas, no fue por un acto de caridad desinteresado. Fue a cambio de un precio, o para saldar una deuda pendiente.
-¿Y el encargado, ese puto cobarde, aceptó la propuesta? -pregunto con un tono de incredulidad, sintiendo la rabia hirviendo en mi interior.
-Sí, patrón -responde el cadenero con voz temblorosa, confirmando mis sospechas.
Me río con amargura, un sonido bajo y seco que revela mi desprecio.
-Pues entonces no son camareras cualquiera, imbécil. Son mercancía valiosa con patrocinador influyente -repito, más para mí mismo que para él-. Al menos por ahora.
-Por ahora -confirma el cadenero, entendiendo la naturaleza temporal de su protección.
Asiento con un gesto mínimo de aprobación y me adentro en el club, sintiendo el peso de la mirada de todos sobre mí. Las encuentro con facilidad, destacando entre la multitud de cuerpos desesperados. La chica sonriente, la perrita faldera, ya se mueve con soltura, como si llevara toda la vida trabajando en este antro. Bandeja en mano, habla con un cliente gordo y sudoroso como si fuera el hombre más interesante del mundo. Se adapta con rapidez, asimilando el entorno. Los que se adaptan rápido a menudo sobreviven... o son los primeros en romperse bajo la presión.
La otra, en cambio, se mantiene cerca de la barra, sirviendo tragos con la precisión y la frialdad de un cirujano. No coquetea con los clientes, no busca su aprobación. Tampoco los evita de forma grosera, simplemente ejecuta su trabajo de manera eficiente y desapasionada. Sus ojos grises barren el espacio con lentitud, analizando cada detalle sin perder nada de vista. Cuando un cliente borracho intenta pasar una mano por su cintura, se mueve con la agilidad de una serpiente, lo justo para evitar el contacto y hacer que la mano solo encuentre aire. Elegante, peligroso, inalcanzable.
Me siento en una mesa lateral, estratégicamente ubicada desde donde puedo observar todo el circo sin tener que convertirme en el payaso principal. Pido un trago que no necesito, solo para tener algo que hacer con las manos. La observo con atención, no por lujuria ni deseo carnal, sino por instinto puro. Y el instinto, cuando se despierta, siempre exige marcar territorio, reclamar lo que considera suyo.
La chica sonriente se acerca primero a mi mesa, moviendo las caderas con exageración, como si le pagaran por cada paso que da.
-¿Le puedo ofrecer algo más, señor? -pregunta con una sonrisa fingida, intentando seducirme.
Me mira de cerca por primera vez. Me reconoce. Lo veo en el microsegundo de pánico que se refleja en sus ojos, antes de que lo disimule con una sonrisa aún más ancha y falsa.
-No -respondo con un tono cortante, mirándola directamente a los ojos-. Gracias. Y ahora lárgate de mi vista.