El hospital aparece como un bloque gris, grande, impersonal. Apenas cruzo la entrada, el olor me golpea. Antiséptico. Metal. Algo viejo que no se va aunque pinten las paredes. Mi estómago se tensa. Siempre es así. Hay lugares que no se olvidan aunque no recuerdes nada. La cabeza me da vueltas.
Los pasillos largos, las luces blancas, las camillas pasando rápido. El eco de pasos que no son tuyos. Voces detrás de cortinas. Murmullos. Órdenes. A veces siento que algo en mi cabeza intenta levantarse, como una palabra atrapada bajo el agua. No llega. Nunca llega. Porque alguien no quiere que recuerde.
—Emil —dice Luna, bajito—. ¿Estás bien?
Asiento y sigo caminando. Ella no debe saber nada.
Las enfermeras ya nos conocen. Demasiado. Los que siempre están aquí.
—Mira nada más quién llegó —dice una rubia, con una sonrisa que promete—. Si no es mi mecánico favorito. ¿Vienes a revisarme el motor?
—Ese uniforme te hace resaltar justo lo que debería —respondo, dejando que la voz baje un tono, guiñándole un ojo—. Y me parece que necesita un buen ajuste. Una sonrisa falsa.
Ríe. Fuerte, una carcajada que hace eco en el pasillo. Las demás también, como si fuera el espectáculo del día. Me odian, pero les divierte.
—Este chico —dice otra, una morena de mirada intensa—. Un día de estos me lo llevo a casa y no lo devuelvo… Pero de mi cama, no al taller.
Paso cerca y, sin detenerme, le deslizo la mano por la cintura, justo por encima del uniforme, y le doy una palmada rápida en el trasero. Nada exagerado. Solo lo suficiente para provocar más risas y un “¡Emil!” fingidamente indignado. Una palmada. Un saludo. Una fachada.
Luna me toma del brazo de inmediato. Fuerte. Sus uñas se me clavan un poco en la piel.
—Ni lo sueñes —les dice, clavándoles una mirada que no es de juego—. Ya está ocupado. Celosa.
—¿Ocupado? —pregunta la rubia, acercándose un poco más, retándola—. ¿Y yo cuándo firmé eso?
—Desde que lo vi primero —responde Luna sin pestañear, y su cuerpo se tensa junto al mío. Protectora.
Me río. No puedo evitarlo. Dos mujeres peleando por mí. Que ironía.
—Relájate —le murmuro, acercándome a su oreja—. Son solo palabras. Un juego.
—No me gusta —contesta entre dientes. Lo dice como si fuera una advertencia. O una promesa. ¿De amor?
El tío nos espera en la habitación, sentado en la cama, con la bata abierta y la televisión apagada. Al verme, sonríe como si le hubieran subido el volumen al día. Pero sus ojos no engañan, la preocupación está ahí.
—¡Emiliano! —dice—. Pensé que hoy no venías.
Ese nombre me cae como un abrigo viejo pero necesario. Me queda bien. Me protege. Me miente.
—Ni muerto me pierdo esto —respondo, acercándome para darle un abrazo cuidadoso. Huele a jabón barato y hospital. Me rodea con un brazo fuerte, todavía fuerte. Más de lo que los médicos creen. Más de lo que sabe.
—Este muchacho me va a matar de celos —dice, mirando a Luna—. Todas lo quieren.
—Y él se deja —responde ella, cruzándose de brazos, todavía irritada. Demasiado protectora.
El tío se ríe. De verdad. Con ganas. *Pero no me mira a los ojos.
—Déjala. Es joven. Además, me alegra verlo así. Vivo.
Me siento en la silla junto a la cama. Las paredes están llenas de papeles con horarios, dosis, nombres difíciles de pronunciar. El médico entra después. Habla de ajustes, de esperar, de paciencia. De dinero, aunque no lo diga. Yo escucho todo. Lo guardo. Lo calculo. Como si pudiera comprar el tiempo.
Cuando salimos, el hospital ya no parece tan amable. Dos policías cruzan el pasillo. Una mujer llora cerca del ascensor. Alguien grita un nombre que no responde. En la televisión de la sala de espera, las noticias no ayudan. El mundo sigue su curso, ajeno a nuestras miserias.
"—Otro cuerpo fue encontrado esta madrugada—"
Luna baja la mirada. Sabe de qué se trata.
"—Se investiga un posible vínculo con el tráfico de drogas—"
El presentador no parpadea. Un títere repitiendo mentiras.
"—Las autoridades niegan la relación—"
Miento mejor que ellos, pienso. O eso creo.
En la calle, el barrio vuelve a mostrar los dientes. Patrullas pasando lento. Hombres apoyados en esquinas que no estaban ahí antes. Miradas largas. Anoche alguien dejó flores en una farola. No por amor. Por memoria. Por advertencia.
—Esto se está poniendo feo —dice Luna—. Ya no es como antes.
Asiento. Demasiadas chicas desaparecidas. Demasiados negocios que cambian de dueño. Demasiadas bocas cerradas. El silencio se vuelve cómplice.
Caminamos en silencio un rato. El frío se mete por las mangas. Me froto las manos. Esa sensación vuelve. No es dolor. Es algo más profundo. Como si el cuerpo recordara un peligro que la mente no quiere nombrar. Algo que está enterrado en lo profundo de mi memoria.
—Mañana iremos temprano al hospital —digo—. Antes de trabajar.
—Sí —responde Luna—. Con lo de hoy ya casi estamos.
Sonríe, cansada. Me alegra verla así. Por ella. Por el tío. Por los recuerdos que no son míos.
Al llegar al departamento, el cansancio cae de golpe. Me dejo caer en la cama sin quitarme la sudadera. El techo tiene una mancha que parece un mapa. El mapa de mi vida. Cierro los ojos. El hospital vuelve. Los pasillos. Las voces. Alguien diciendo algo que no entiendo. Aprieto la mandíbula. El dolor de cabeza vuelve a arreciar.
No. No ahora.
Mañana toca taller. Grasa. Motores. Ruido real. Cosas que se arreglan con las manos. Eso sí lo entiendo. La realidad que puedo tocar.
Y con ese pensamiento me quedo, esperando que el cuerpo, al menos esta vez, me deje dormir. Pero el sueño no llega.
El taller siempre huele igual: aceite viejo, metal caliente y café recalentado. Es un olor que se te pega a la piel y no te pregunta nada. Me gusta por eso. Aquí las cosas son simples. Algo no funciona, lo desarmas. Lo miras de frente. Lo arreglas o lo cambias. No hay medias tintas. Como si pudiera hacer lo mismo con mi vida.
Estoy debajo de un sedán n***o, con la espalda ardiendo, cuando oigo el motor de otro coche entrar. No levanto la cabeza. Los clientes vienen y van. Algunos hablan de más. Otros miran como si supieran lo que hacen. Ninguno sabe realmente. Nadie sabe quién soy en realidad.
—¡Emil! —grita Tony desde el otro lado del taller—. ¡Deja esa mierda y pásate al elevador tres cuando puedas!
—¡Ya voy, carajo! —respondo, sin ganas. Mi voz sale neutra, grave por costumbre. Me limpio las manos engrasadas en un trapo y salgo de debajo del coche. La gorra sigue baja. Siempre baja. El escudo de Emiliano.
Es entonces cuando lo veo. No a él directamente. No todavía. Veo el coche. n***o. Demasiado n***o. Brillante sin exagerar. Caro sin gritarlo. No es de agencia, pero tampoco de barrio. Un animal tranquilo estacionado entre chatarra. El motor aún caliente. El conductor no salió de inmediato. Algo en mi nuca se tensa. Alguien me observa.
Tony cruza el taller con pasos rápidos y entra a la oficina del dueño y después sale. La puerta se cierra detrás de él. Desde aquí solo se ven sombras moviéndose detrás del vidrio esmerilado. Los demás siguen trabajando, pero el ruido baja un poco. Inconsciente. Como cuando entra alguien que no encaja del todo. Como si alguien hubiera detectado una anomalía.