El hospital aparece como un bloque gris, grande, impersonal. Apenas cruzo la entrada, el olor me golpea. Antiséptico. Metal. Algo viejo que no se va aunque pinten las paredes. Mi estómago se tensa. Siempre es así. Hay lugares que no se olvidan aunque no recuerdes nada. La cabeza me da vueltas. Los pasillos largos, las luces blancas, las camillas pasando rápido. El eco de pasos que no son tuyos. Voces detrás de cortinas. Murmullos. Órdenes. A veces siento que algo en mi cabeza intenta levantarse, como una palabra atrapada bajo el agua. No llega. Nunca llega. Porque alguien no quiere que recuerde. —Emil —dice Luna, bajito—. ¿Estás bien? Asiento y sigo caminando. Ella no debe saber nada. Las enfermeras ya nos conocen. Demasiado. Los que siempre están aquí. —Mira nada más quién llegó —dic

