Pasaron varios minutos. Demasiados para un saludo rápido. ¿Qué está pasando?
La puerta se abre. El dueño sale primero, sonríe. Esa sonrisa de perrito faldero que solo usa cuando quiere quedar bien con alguien importante. Detrás de él, el hombre del coche. Alto. Demasiado. Ancho de hombros, con una musculatura que se adivina bajo la camisa. No exagerada, pero evidente. Como si el cuerpo hubiera sido entrenado con intención, no por vanidad. Un depredador.
Camina despacio. No mira alrededor. No lo necesita. Su presencia domina el lugar.
—¡Oigan, muchachos! —dice el dueño, levantando la voz con un tono de falsa alegría—. ¡Un momento de atención!
Las herramientas se apagan una a una. Todos miran. El silencio se vuelve incómodo.
—Él es el señor Văduva —continúa, casi reverente—. Un cliente muy especial. Hoy quiso pasar personalmente a saludarlos.
Cliente frecuente. Nadie dice nada. Nadie recuerda ese nombre. Pero todos sonríen igual. Automáticos. Yo no. Me quedo donde estoy, apoyado en el elevador, con los brazos cruzados. Lo miro desde debajo de la gorra. Neutral. Vacío. La mirada de Emiliano, un fantasma.
Sus ojos recorren el taller… y se detienen en mí.
El ruido desaparece. No del todo. Pero se vuelve lejano. Como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. Solo estamos él y yo.
Camina hacia mí. Cada paso suyo es seguro, medido. No apurado. No duda. Se detiene a un metro. Demasiado cerca para alguien que acaba de conocerme. Invadiendo mi espacio.
—Tienes una mirada… familiar —dice, en inglés perfecto… con un acento que no es de aquí. Extranjero. Como si supiera quién soy en realidad.
No respondo. Me limito a devolverle la mirada desde la sombra de la gorra. Dejarlo en la duda.
Una sonrisa casi imperceptible se dibuja en sus labios. No es una sonrisa amistosa. Es la de un depredador que acaba de encontrar algo interesante. La sonrisa de alguien que conoce mi secreto.
—¿Mudo? —bromea, pero no hay nada de gracia en su tono—. O quizás solo listo. Los listos siempre callan. ¿O será que te comieron la lengua?
El dueño se acerca, sudando un poco. Su miedo es palpable. —Aurelian, este es Emil. Nuestro mejor chico. Un poco rudo, pero no hay coche que no pueda arreglar.
Aurelian no aparta la mirada de mí. Ignora por completo al dueño. Como si no existiera.
—¿De dónde eres, Emil? —pregunta, y mi nombre suena raro en sus labios, como una amenaza—. ¿De dónde sacaron a este muñeco?
—De aquí —respondo finalmente. La voz sale más ronca de lo que esperaba. De Acero Gris, mi mundo.
—No lo pareces. —Da un paso más cerca, invadiendo mi espacio—. Hueles a… a otra cosa. A mentira. A Naia.
El aire se espesa. Los demás mecánicos fingen trabajar, pero sus oídos están bien abiertos. El miedo se contagia.
—¿Y tú a qué hueles? —replico, sin pensarlo. La frase sale antes de que pueda detenerla—. A dinero y a problemas. Y los dos siempre traen olor a muerto. Un error.
Por un segundo, su sonrisa desaparece. Sus ojos se endurecen como el acero. El taller se queda en un silencio sepulcral. La bestia se muestra.
Entonces, suelta una carcajada baja y gutural. El alivio se siente a través de mi piel.
—Me gusta —dice, dándose la vuelta por fin—. Tienes agallas. Veremos si también tienes las manos para respaldarlas. Y si eres tan bueno como ella.
En mi cabeza, la observación se vuelve casi absurda. Es exagerado. Demasiado grande para un taller como este. Brazos como columnas. Mandíbula marcada. Ojos oscuros, atentos. De esos que no miran, evalúan. Los ojos del depredador que me acorraló aquella noche.
Una corriente helada me recorre la espalda. La sensación de peligro es tan intensa que me cuesta respirar. Lo conozco. Lo recuerdo. Es él.
El dueño del maldito club.
Corvo
El imbécil que quiso comprarme.
¿Qué hace aquí?
—Porque juro que ya te he visto —añade, inclinando un poco la cabeza. Sus ojos me escanean de arriba abajo, como si estuviera buscando algo que no encaja.
Se va a dar cuenta.
Va a reconocer a Naia.
El pánico me invade.
Silencio.
Chasquea los dedos de pronto. Su sonrisa se ensancha, revelando unos dientes afilados.
—Ya —dice, sonriendo con malicia—. El club.
Mierda.
Mi estómago se contrae como un puño. El sudor frío me recorre la espalda. Tengo que mantener la calma.
—Llegaste una noche —continúa—. Dejaste a dos chicas lindas en la puerta.
Me estudia con una intensidad que me desestabiliza. Cada segundo se alarga, pesado, amenazante.
Lo miro por fin a los ojos. Directamente. Sin miedo. Sin disimulo. Como Naia.
—Luna —respondo—. Y..... Naia.
No sé por qué digo ese nombre. Me sale solo. Como una corrección necesaria. Un impulso incontrolable. Una confesión.
Su sonrisa se ensancha apenas. Un gesto casi imperceptible, pero lleno de significado. Asiente despacio, mirándome de arriba abajo. Sin disimulo. Como si mi cuerpo fuera una herramienta más del taller. Como si estuviera desnudando a Emiliano para encontrar a Naia.
Sabe quién soy.
Está por decir algo más cuando el dueño se acerca, rápido, como si hubiera sentido el cambio en el aire. Como si presintiera que algo terrible está a punto de suceder.
—¡No me digas! —pregunta, con una risa forzada—. ¿Se conocen? ¡Qué pequeño es el mundo, Emil, siempre haciendo contactos!
Me pone una mano en el hombro. Pesada. Familiar. Demasiado. El contacto me da asco.
—Emil es joven, pero capaz —dice, como si estuviera vendiendo mercancía—. Trabaja como cualquiera aquí. Con experiencia. Controlable.
Aurelian no aparta la mirada de mí. Me ignora. Pero sus ojos son fuego y una promesa de dolor que no se aplacará hasta que haya conseguido lo que quiere. Su mirada me quema, me desviste, me atraviesa. Sonríe. No es una sonrisa amable. No es una sonrisa de cliente. Es una sonrisa que me provoca un escalofrío inmediato. Algo viscoso, incómodo. Mi cuerpo reacciona antes que mi mente. Asco. Eso es.
—Perfecto —dice—. Entonces me lo llevo.
El dueño parpadea, confundido. El sudor brilla en su frente.
—¿A… él? ¿A Emiliano?
—Sí —responde Aurelian, sin darle importancia—. Que revise mi coche.