Pasaron varios minutos. Demasiados para un saludo rápido. ¿Qué está pasando? La puerta se abre. El dueño sale primero, sonríe. Esa sonrisa de perrito faldero que solo usa cuando quiere quedar bien con alguien importante. Detrás de él, el hombre del coche. Alto. Demasiado. Ancho de hombros, con una musculatura que se adivina bajo la camisa. No exagerada, pero evidente. Como si el cuerpo hubiera sido entrenado con intención, no por vanidad. Un depredador. Camina despacio. No mira alrededor. No lo necesita. Su presencia domina el lugar. —¡Oigan, muchachos! —dice el dueño, levantando la voz con un tono de falsa alegría—. ¡Un momento de atención! Las herramientas se apagan una a una. Todos miran. El silencio se vuelve incómodo. —Él es el señor Văduva —continúa, casi reverente—. Un cliente

