𝐦𝐞𝐦𝐨𝐫𝐢𝐚𝐬 𝐚𝐣𝐞𝐧𝐚𝐬

1133 Words
꧁༒☬EMIL☬༒꧂ La noche se me sienta en los huesos. No es el cansancio de haber estado de pie, es otro, el que se instala adentro y no se va con el descanso. Camino con las manos metidas en los bolsillos, el cuello del abrigo levantado contra un frío que ya es parte de mí. Dejo que la ciudad haga su ruido de siempre: el motor de un coche a lo lejos, una sirena que se apaga antes de empezar, risas que vienen de otra vida. Memorias… ajenas. Luna va a mi lado, más ligera. Siempre lo ha sido. —No estuvo tan mal hoy —dice, y su voz tiene ese brillo que solo aparece cuando las cuentas empiezan a cuadrar—. Mira. Saca el dinero del bolsillo de la chamarra y lo cuenta con el cuidado de quien sabe lo que cuesta ganarlo, como si el viento quisiera robárselo. —Propinas, más lo de la semana… —murmura para sí misma—. Nos alcanza para la medicina de papá. La miro de reojo. Sonríe como si hubiera ganado una guerra. Y quizás lo ha hecho. —Me alegro —le digo—. De verdad. Y lo es. Sentir su alivio afloja algo que tengo apretado en el pecho. No todo está perdido si todavía podemos encontrar alegría en victorias tan pequeñas. —Y mañana —sigue ella, con la energía de quien tiene un plan— vamos con el tío, ¿sí? Para ir temprano al hospital. Antes del trabajo. —Sí —respondo sin dudarlo—. Mañana vamos. El tío. El hospital. Palabras que ya forman parte de nuestro paisaje, como si siempre hubieran estado ahí. No lo digo en voz alta, pero pienso en lo frágil que es todo esto. En cómo una semana buena no puede borrar meses de angustia. Seguimos caminando. Las luces de los locales se dibujan en el pavimento mojado. Huele a gasolina, a comida vieja, a humedad. El frío se me cuela por las mangas y me recorre la espalda con una familiaridad incómoda. Me ajusto el abrigo. Llevo la ropa de siempre, la que funciona. La que hace que nadie me mire dos veces. Emiliano. Luna sigue hablando, trazando planes pequeños: pagar una deuda, comprar comida de verdad, quizás un abrigo nuevo cuando se pueda. La escucho. Siempre la escucho. Pero mi mente va más despacio hoy. Estoy cansado. No solo de hoy. De pensar. De calcular cada paso. De cargar con el peso de cosas que no puedo decir. Porque ni siquiera sé cuáles son ciertas. Miro la ciudad y me parece más honesta de noche. De día finge ser normal; de noche muestra los dientes. Hay esquinas que te vigilan, sombras que se mueven aunque no haya nadie. No me da miedo. Me incomoda. Es distinto. Como si alguien estuviera observando la ciudad a través de mis ojos. Siento algo raro en el cuerpo, una tensión que no sé nombrar. No es miedo. Tampoco es esa alerta que te pone en pie. Es como si algo se hubiera despertado dentro sin pedir permiso y ahora no supiera cómo acomodarse. La idea de que mi vida sea una mentira se instala en mí. —¿Estás bien? —pregunta Luna, notando mi silencio. —Sí —respondo, demasiado rápido—. Solo cansado. No miento. No del todo. Ella asiente y guarda el dinero doblado, como si fuera un tesoro. —Hoy nos fue bien a los dos —dice—. Eso es lo que importa. La miro y deseo que todo fuera tan simple. Caminamos un par de cuadras más. El viento golpea más fuerte. Me cruzo con gente que no conozco y con la que no quiero cruzarme. Risas que suenan a vacío, miradas que se clavan, vidas que no rozan la mía. Pienso en el tío. En su silencio, cada vez más pesado. En cómo a veces evita mirarme, como si supiera cosas que prefiere no decir. Pienso en Luna, en lo fácil que sería que su mundo se viniera abajo si algo sale mal. Y pienso en mí. En cómo, incluso caminando así, tranquilo por fuera, siento que algo se mueve por dentro. Ideas que no me gustan. Sensaciones nuevas. Una incomodidad que no logro sacudirme. ¿Emiliano? ¿Naia? ¿Quién soy? Quizás es solo el cansancio. Quizás no. Quizás solo soy una marioneta. —Ya casi llegamos —dice Luna. Asiento. El edificio aparece al final de la calle, viejo, con luces que parpadean como si tuvieran fiebre. Nuestro refugio imperfecto. La mentira que nos acoge. Antes de entrar, me detengo un segundo. Respiro hondo. El aire frío quema los pulmones. Me gusta. Me mantiene despierto. No sé por qué, pero tengo la certeza de que algo empezó hoy. Algo pequeño, casi invisible. Como una grieta en el muro. Como un recuerdo que quiere salir a la luz. No digo nada. —Vamos —le digo a Luna, y le hago gesto para que pase primero. Ella entra. Yo la sigo. La puerta se cierra detrás de nosotros y el ruido de la ciudad queda afuera. Por ahora. La farsa continúa. Despierto antes que el sol. No porque quiera, sino porque el cuerpo ya olvidó cómo descansar del todo. Hay días en los que cerrar los ojos es un alivio; otros, como este, el silencio pesa demasiado. La cabeza me duele. Como si me hubieran golpeado. Luna duerme en el colchón de suelo, hecha un ovillo, con un brazo bajo la almohada y el otro colgando en el vacío. Ronca suavemente. Sonrío sin poder evitarlo. Siempre duerme así, como si incluso en sueños estuviera lista para levantarse y correr. Quizás sabe que en cualquier momento la mentira puede caer. Me visto despacio. Ropa holgada, oscura. Jeans gastados, camiseta ancha, sudadera. La gorra va al final. Siempre al final. El disfraz de Emiliano, el mecánico. El espejo del baño devuelve una imagen que ya no cuestiono. No pienso en eso. Pensar demasiado es peligroso. La imagen me devuelve la mirada. Ajena. El hospital nos espera. El lugar donde comenzó la farsa. Salir a la calle temprano es como caminar por una ciudad que finge inocencia. De día, todo parece más limpio. Menos gritos, menos sirenas. Como si la noche se encargara de tragar todo lo que nadie quiere ver. Pero yo sé que la ciudad miente. Luna camina a mi lado, con el bolso apretado contra el pecho como un escudo. La miro de reojo. Ella no lo sabe. —Hoy nos dicen algo —dice—. Algo bueno, ya verás. No respondo. Aprendí hace tiempo que la esperanza no se promete. Se administra con cuidado, como un veneno del que necesitas solo una gota. El silencio es mi escudo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD