Me alejo de los demás junto a Luna, buscando refugio en la parte trasera del taller, donde hay una mesa destartalada y menos miradas curiosas.
Me quito la gorra un segundo para rascarme el pelo corto, sintiendo el alivio del aire fresco en mi cuero cabelludo. Luego, me la vuelvo a colocar, ocultando mi rostro a las miradas indiscretas. El pelo corto facilita las cosas. Siempre las ha facilitado.
—Te estaban mirando mucho —dice Luna, sentándose frente a mí en la mesa improvisada. Sus ojos escanean mi rostro, buscando rastros de tensión—. Eso te pone nervioso, Emil. Te pones tenso como una cuerda de piano a punto de romperse.
—Siempre miran —respondo, encogiéndome de hombros. Intento restarle importancia, pero su mirada penetrante me incomoda.
—No así —insiste ella, frunciendo el ceño ligeramente. Su intuición es como un sexto sentido, siempre detectando las vibraciones que los demás ignoran.
Abro la bolsa de papel arrugada. El aroma reconfortante de la comida casera me invade de golpe, golpeándome con una nostalgia agridulce que no alcanzo a comprender del todo. Empiezo a comer en silencio, con la vista fija en el plato, intentando ignorar la opresión en mi pecho. Luna me observa durante unos segundos, analizando cada uno de mis gestos, luego suspira con resignación.
—Soñaste otra vez, ¿verdad? —pregunta en voz baja, casi como si estuviera hablando consigo misma.
Me detengo a mitad de camino, con el tenedor suspendido en el aire. La pregunta me pilla desprevenido, desnudando una vulnerabilidad que intento ocultar.
—No —miento con descaro, aunque sé que no soy rival para su perspicacia.
Ella arquea una ceja con incredulidad, pero no insiste. Su silencio es más elocuente que cualquier reproche.
—Claro que no —murmura con ironía, apartando la mirada.
No insiste. Nunca lo hace. Esa es la principal razón por la que sigue a mi lado, después de tantos años de secretos y huidas. Por eso confío en ella más de lo que debería, a pesar de saber que la confianza es un lujo que no puedo permitirme.
—Por cierto —dice de repente, como si estuviera recordando algo sin importancia—. Casi me atropella un tipo raro por ahí. Estuve a punto de besar el asfalto.
Levanto la mirada, sintiendo un escalofrío recorrer mi espina dorsal. El corazón me da un vuelco en el pecho, interrumpiendo el ritmo constante de mi respiración.
—¿Raro cómo? —pregunto con cautela, intentando controlar el temblor en mi voz.
—Traje caro —responde ella con un gesto de desprecio—. De esos que valen más que todo este taller junto. Zapatos de cuero brillante que nunca han pisado la mugre de este barrio. Mirada... de esas que te atraviesan como si fueras invisible, ¿entiendes? Como si estuviera buscando algo que no puede ver.
No respondo. El estómago se me contrae con fuerza, como si estuviera a punto de vomitar. Una premonición oscura se instala en mi interior, llenándome de angustia.
—Se quedó observando el taller durante un buen rato —continúa Luna, con la voz cargada de preocupación—. Como si estuviera buscando algo... o a alguien.
—Aquí siempre buscan algo —digo, forzando una sonrisa débil. Intento que mi voz suene normal, pero sé que no estoy logrando engañarla.
Luna me dedica una sonrisa triste, pero esta vez no es la sonrisa ligera y despreocupada de siempre.
—Sí, Emil. Pero algunos no buscan cosas, ¿verdad? Algunos buscan personas... y tú, cariño, eres una persona muy difícil de encontrar.
El ruido del taller nos envuelve de nuevo, sofocando nuestras palabras. El estruendo de los motores, las risas estridentes de los mecánicos, los gritos de órdenes que rebotan contra las paredes. Yo bajo la cabeza y sigo comiendo, intentando ignorar la sensación incómoda que me recorre la espalda, como si una sombra oscura se hubiera detenido justo detrás de mí, observándome en silencio.
No me atrevo a mirar hacia la entrada.
Aprendí hace mucho tiempo que algunas miradas, cuando se devuelven, ya no se van. Se quedan grabadas en la memoria, persiguiéndote en la oscuridad, recordándote que nunca estás a salvo.
Termino de comer sin darme cuenta del sabor de la comida. El alivio efímero que había sentido al principio se ha desvanecido por completo, dejando un sabor amargo en mi boca.
Luna se levanta de la mesa primero, con la elegancia felina que la caracteriza. Se sacude las manos como si acabara de cerrar un trato importante, en lugar de simplemente traerme comida en una bolsa de papel. Siempre hace eso: transforma lo ordinario en algo extraordinario, como si estuviera tratando de convencer al mundo de que la magia todavía existe.
—Me voy —dice con un tono suave, pero firme—. No trabajes hasta romperte, ¿entendido? Ya sabes que no me gusta verte convertido en un zombie andante.
Asiento en silencio, incapaz de articular palabra.
Nunca prometo nada. Las promesas son como las mentiras, fáciles de pronunciar, pero difíciles de cumplir.
Se inclina sin previo aviso y me rodea el cuello con sus brazos delgados pero fuertes. El abrazo es breve, fuerte, real. No hay sentimentalismo barato en su gesto, solo la familiaridad reconfortante de la costumbre. Antes de que pueda reaccionar, me planta un beso rápido en la mejilla, justo debajo del borde de la visera, dejando un rastro cálido en mi piel.
El taller se queda en silencio durante medio segundo.
Luego, estalla en un torbellino de comentarios y risas.
—¡Míralo! —grita Marco, con una voz cargada de sorna—. Y luego dice que no tiene novia. ¡Este hombre es más falso que una moneda de tres euros!
—Esa chica vale oro, Emil —añade otro, con un tono de envidia—. No muchas harían eso por un tipo como tú.
—Deberías cuidarla, chico —dice alguien más, con un guiño cómplice—. Como si fuera tu novia, ¿eh? ¡No la dejes escapar!
El calor me sube al rostro, tiñendo mis mejillas de un rojo carmesí. Me separo de Luna con torpeza, retrocediendo un paso para crear distancia entre nosotros.
—No es mi novia —digo con rapidez, sintiendo la necesidad de aclarar la situación—. Es... es mi hermana.
Abro la boca para explicar, para justificar, para cerrar el tema de una vez por todas. Pero sé que mis palabras son inútiles, que nadie me va a creer.
No me dejan terminar.
—¡Claro, claro! —se ríen a coro, con una burla evidente—. "Hermana"... ¡Sí, claro!
—Eso es lo que dicen todos —comenta uno, con una sonrisa maliciosa.
—Si la pierdes, no vengas a llorar después —advierte otro, con un tono sentencioso.
Las risas se mezclan con el ruido de las herramientas volviendo a su sitio, con el rugido de los motores encendiéndose, con las órdenes gritadas que inundan el taller. El momento se diluye en la vorágine del trabajo, como si nunca hubiera existido.
Luna me guiña un ojo con complicidad antes de darse la vuelta y dirigirse hacia la salida.
—Cuídate, Emil —murmura con una sonrisa enigmática.
La veo desaparecer por la puerta del taller sin mirar atrás, dejando tras de sí un torbellino de emociones contradictorias. Me quedo quieto un segundo más de lo necesario, con una sensación extraña en el pecho que no consigo identificar. No es vergüenza, aunque la humillación pública siempre me resulta desagradable. No es enojo, aunque la intromisión en mi vida privada me irrita profundamente. Es algo más profundo, más incómodo, más inquietante.
Protección.
La palabra roza mi conciencia como una pluma, evocando un recuerdo difuso que no consigo materializar. Un sentimiento de vulnerabilidad que creía haber enterrado hace mucho tiempo.
Vuelvo al trabajo con resignación.
Las horas transcurren con una lentitud exasperante, cada minuto más pesado que el anterior. Intento concentrarme en la tarea que tengo entre manos: desarmar, limpiar, ajustar, volver a armar. El cuerpo se mueve por inercia, obedeciendo a la rutina.