Las sirenas se han vuelto parte de la banda sonora del barrio, una letanía constante que se mezcla con el rugido de los motores y el eco de las risas. Como perros salvajes en la lejanía, que ladran a la luna sin cesar. A veces, su aullido es tan frecuente que uno termina por ignorarlo, anestesiado por la rutina. Otras veces, se detienen tan cerca que el silencio que dejan tras de sí pesa más que el estruendo, como una sentencia suspendida en el aire.
He sido testigo de horrores en los últimos meses, escenas que antes solo escuchaba en susurros temerosos. La ciudad ha revelado su rostro más oscuro, despojándose de la máscara de normalidad.
Autos abandonados en mitad de la calle, con las puertas abiertas de par en par, como fauces hambrientas.
Casas selladas con ladrillos de un día para otro, fantasmas de familias desaparecidas sin dejar rastro.
Hombres que se esfuman en la noche, engullidos por la oscuridad, y cuyo nombre nunca más se pronuncia.
Otros que amanecen tendidos sobre el asfalto, envueltos en bolsas de plástico negras, con mensajes pintados con aerosol barato, como epitafios improvisados.
Advertencias crípticas, destinadas a silenciar a los que saben demasiado.
Aquí, nadie cree en las coincidencias. Cada suceso, por insignificante que parezca, es una pieza de un rompecabezas macabro.
La droga corre como un río turbio, sin disimulo alguno. Ya no se oculta en las sombras de los callejones; se exhibe a plena luz del día, como si formara parte del paisaje urbano. Los chicos más jóvenes bajan la mirada con sumisión cuando pasan ciertos coches lujosos, reconociendo el poder que emana de su interior. Las chicas cruzan de acera sin explicaciones, siguiendo un instinto de supervivencia que les dicta qué calles evitar después de cierta hora.
La trata de personas se menciona en voz baja, con un temor reverencial. Como si pronunciar la palabra completa pudiera invocar a la bestia, atrayéndola hacia nosotros.
Menores indefensos, arrebatados de sus hogares.
Furgonetas oscuras, acechando en las esquinas.
Hoteles baratos, convertidos en prisiones doradas.
El taller no está exento de toda esta podredumbre, pero nos esforzamos por mantenernos al margen. Reparamos coches y camiones, no corazones rotos. No hacemos preguntas incómodas. Esa ha sido siempre la regla inviolable. Y las reglas, cuando se infringen, se cobran con sangre.
Aprieto una tuerca con más fuerza de la necesaria, sintiendo la rabia impotente hervir en mi interior.
El metal cruje bajo la presión, amenazando con ceder. Me obligo a soltar la llave inglesa antes de romper algo valioso.
Respiro hondo, intentando recuperar la calma. El aire huele a aceite quemado, a gasolina y a desesperación.
No tengo pruebas concretas de nada. Solo una sensación persistente, como un escalofrío que me recorre la espina dorsal. Una inquietud constante, como una sombra amenazante que no consigo sacudirme de encima. El hombre del traje caro no pertenece a este lugar. No encaja con esta mugre, con este ruido, con este tipo de negocios pequeños y sucios.
Si vino al taller, no fue por casualidad. No fue para arreglar su coche.
Me descubro mirando hacia la entrada más veces de lo que debería, escudriñando las sombras con nerviosismo. Cada vez que un coche frena en la calle, cada vez que una figura se detiene demasiado tiempo en la acera, el pulso se me acelera, como si estuviera anticipando un peligro inminente.
No es miedo, al menos no del todo.
Es memoria corporal. Esa parte instintiva de mí que aprendió a huir antes incluso de entender por qué, antes de que las palabras pudieran definir el peligro.
A media tarde, cuando la luz del sol comienza a declinar, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y violetas, las sirenas vuelven a ulular en la distancia. Más cerca esta vez. Demasiado cerca. El sonido estridente atraviesa las paredes del taller como un cuchillo, haciendo vibrar los cristales de las ventanas. Nadie deja de trabajar, nadie comenta nada. Aquí hemos aprendido que mirar es una invitación a los problemas, que la curiosidad puede ser fatal.
Pero yo no puedo evitarlo. La necesidad de saber es más fuerte que el instinto de supervivencia.
Asomo la cabeza con cautela, apenas un vistazo furtivo. Veo dos patrullas detenidas a mitad de la cuadra, con las luces giratorias tiñendo el asfalto de rojo y azul. Un grupo de curiosos se arremolina alrededor de algo, conteniendo la respiración. Un cuerpo cubierto con una lona raída yace inerte en el suelo. No alcanzo a descifrar las palabras garabateadas cerca, pero sé lo que dicen.
Siempre dicen lo mismo, con letras temblorosas y tinta barata.
Un mensaje críptico para los iniciados, una advertencia para los que tienen oídos para oír.
Un aviso escalofriante para todos los demás: no te metas donde no te llaman.
Vuelvo a entrar al taller con el estómago revuelto, sintiendo el peso de la culpa ajena sobre mis hombros.
-Cierra eso -me ordena el jefe, sin levantar la vista del motor en el que está trabajando-. No es asunto nuestro, Emil.
Asiento en silencio, obedeciendo sin rechistar.
Nunca es asunto nuestro, repito en mi mente como un mantra. Hasta que lo es, y entonces ya es demasiado tarde.
Las horas se arrastran con una lentitud exasperante, cada minuto más pesado que el anterior. La luz del sol comienza a declinar, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y violetas. El barrio se transforma con la llegada de la noche, revelando su verdadera identidad. Lo que durante el día parece ruina y desolación, por la noche se convierte en territorio de nadie, una zona liberada donde imperan otras reglas.
Termino mi turno con las manos entumecidas, cubiertas de grasa y cicatrices, y la cabeza llena de un ruido sordo que me impide pensar con claridad. Me quito la visera y la guardo en la mochila, ocultando mi rostro al mundo exterior. El pelo corto se me pega a la frente por el sudor, pero no me importa.
Salgo a la calle con cautela, sintiendo el peso de la mirada ajena sobre mí.
El aire está denso, cargado de humedad y de una tensión palpable. Huele a basura en descomposición, a gasolina barata y a algo más... algo metálico y sangriento que prefiero no identificar. Camino rápido, atento a cada sonido, a cada movimiento en los márgenes de mi visión periférica.
Siento que me observan, como si fuera un animal salvaje acechado por un depredador invisible.
No de forma evidente, como los chicos del taller con sus miradas lascivas, ni como los vendedores ambulantes de la esquina, que ofrecen sus mercancías con insistencia. Esto es diferente. Algo más sutil. Más quieto. Más calculado.
Me digo que es pura paranoia, producto del estrés y la falta de sueño.
Me digo que el barrio me está afectando, que estoy empezando a ver fantasmas donde no los hay.
Pero cuando doblo una esquina y veo un coche n***o estacionado, demasiado reluciente y nuevo para este lugar, la excusa se me cae de las manos, desmoronándose como polvo.
No hay nadie dentro, al menos a simple vista. O eso parece.
Paso de largo sin mirar directamente al vehículo, intentando controlar la aceleración de mi pulso. Mantengo un paso firme, evitando cualquier gesto que pueda delatar mi inquietud. No corro. Correr es admitir debilidad, es llamar la atención sobre uno mismo.
Sigo caminando con determinación, hasta que el ruido de mis propios pasos vuelve a ser lo único que escucho, hasta que la sensación de peligro inminente se desvanece como una pesadilla al despertar.
No miro atrás.
En casa, cierro la puerta con llave y deslizo el cerrojo con un clic metálico que resuena en el silencio. Apoyo la espalda contra la madera un segundo, cerrando los ojos y respirando hondo, intentando recuperar la compostura. El silencio que me rodea no es seguro ni reconfortante, pero al menos es mío. Por ahora.
Me dejo caer sobre la cama sin quitarme la ropa, agotado física y mentalmente. El colchón cede bajo mi peso, ofreciéndome un consuelo efímero.
Las palabras de Luna regresan a mi mente, repitiéndose una y otra vez como un mantra obsesivo.
Algunos no buscan cosas. Buscan personas.
Trago saliva con dificultad, sintiendo la garganta seca y rasposa.
No tengo nada de valor que ofrecerle a nadie.
No tengo un nombre verdadero, solo una identidad prestada.
No tengo un pasado, solo fragmentos dispersos de recuerdos inconexos.
No tengo a quién reclamar, ni a quién pedir ayuda.
Y aun así, la sensación persistente de ser observado se niega a desaparecer.
Como si alguien, en algún punto del día, hubiera decidido que yo era digno de su atención, que valía la pena ser seguido.
Cierro los ojos con fuerza, intentando bloquear los pensamientos intrusivos.
Por primera vez en mucho tiempo, no concilio el sueño enseguida.
Me quedo despierto, escuchando atentamente los sonidos del barrio, las sirenas lejanas que ululan en la noche, los coches que pasan despacio por la calle, y esa idea peligrosa que se instala en mi mente sin permiso, como una semilla venenosa:
Que el hombre del traje caro no vino al taller por error.
Y que si vuelve...
no será para mirar desde afuera.
Algo pesado se desploma sobre mí, sacándome el aire de los pulmones.