Un persistente golpeteo en la puerta sacó a Charlotte de su estado medio-dormida, medio-atontada en que había caído. Se arrastró fuera del sofá, casi tropezando con los zapatos que había dejado listos para ponérselos para ir a trabajar. Ya vestida para el día, con maquillaje y el cabello arreglado, se había sentado por un momento para reorganizarse. Charlotte consultó su reloj. Poco más de una hora. —Soy yo, Charlie —gritaba Trev justo cuando ella llegaba a la puerta. Respiró profundamente, llenando por completo sus pulmones, y exhaló mientras abría la puerta. —Nadie más se arriesgaría a verme tan temprano. —No conozco a nadie más a quien le mostraría esta cara de cansancio. —Trev estaba apoyado contra el umbral de la puerta—. ¿Estás bien? —Entra. Desde luego. ¿Café? —Sabes justo qué

