Al día siguiente, todos bajaron a desayunar, incluido Diego, que estaba arreglado. —Buenos días, hijo. —Buenos días. Mamá, papá, ya no es necesario que vayan a la empresa, volveré al trabajo —anunció. —Está bien, avísame si necesitas algo —dijo Vinicius. —¿Papá, me llevarás a la escuela? —Sí, hija, todo seguirá igual. Emma, tú no tienes que volver a la empresa, ahora trabajas aquí. Y no te preocupes, ajustaremos tu salario. Emma se sorprendió con ese cambio tan abrupto y porque le estaba hablando frente a los demás. Parecía otro hombre, muy distante y frío, ya no le brillaban los ojos ni tenía emoción en la voz; estaba totalmente serio. La joven no contestó, solo asintió con la cabeza. Terminaron de desayunar y, cuando Isadora terminó, Emma tomó su mochila y se retiraron de la mesa.

