Suspiré, apoyándome en el escritorio. —Ella no tiene por qué saberlo. Allegra va a mantener la boca cerrada. Y yo también. No veo porque se oponen, Allegra es demasiado mayor, ella sabe lo que hace, no es ninguna niña, no comprendo por qué muchos le molesta mi realición con ella. —Las mentiras nunca se sostienen mucho tiempo —dijo con voz baja. La miré con rabia. Con culpa. Con la certeza amarga de que tenía razón. Pero también con orgullo, porque no iba a dejar que nadie me dijera cómo vivir, ni siquiera la madre de mi hija. —No me digas cómo ser padre —le dije. —No te lo digo. Te lo ruego —respondió—. Porque sé cómo duele perderla. Y tú también lo sabes. El silencio se instaló entre nosotros, grueso, como una tormenta que no termina de estallar. —¿Querés quedarte aquí? —le pregu

