No sé qué responder. Mi cerebro dice vete, pero mi cuerpo está plantado. Ella debajo de mí, con su mirada brillante por el alcohol, con sus piernas abiertas lo justo para hacerme perder el juicio, con ese maldito hilo que parece parte de su piel… Me va a matar. Esta mujer me va a joder la vida. —Valentina, por favor… —¿Por favor qué? ¿Que no me mueva? ¿Que no te provoque? ¿O que te quite esto? —dice de pronto, llevándose una mano a la espalda, buscando el broche del sujetador. —¡Valentina, no! Que no se te ocurra —suelto, con un tono más alto del que pretendía, mientras ella se retuerce entre risas. —Tengo calor —dice, haciendo un puchero. —¡Ese no es el punto! —me le echo encima, sujetándole las manos—. ¡Así no! —mi voz sale con un temblor que me traiciona, con nervio, con fuego. Est

