++++++++++ Estoy acostada en mi cama. Otra vez. La sábana aún está tibia del cuerpo de Damián. Hace apenas unos minutos cerró la puerta con ese silencio cómplice que ya conozco demasiado bien. Y yo… yo estoy aquí, mirando el techo con los ojos abiertos como si pudiera encontrar alguna respuesta escrita entre las grietas. Caí. Otra vez. Me odio por eso. Me detesto. No hay otra palabra. ¿Por qué lo hago? ¿Qué carajos está mal conmigo? Siento el asco pegado al pecho, como una mancha que no se quita. Y no es por él. No es por su piel, ni por su boca, ni por su forma de tocarme como si el mundo se detuviera. Es por mí. Por esta versión de mí que no reconoce límites ni cordura. La que sabe que está haciendo algo mal y aun así, lo hace con los ojos cerrados y el corazón latiendo fuerte. Y lo

