+++ Cuando llegamos al restaurante, no pude evitar fijarme en lo lujoso que era. Italiano, por supuesto, con sus manteles blancos, sus copas finas que sonaban como campanitas si las tocabas con la uña y ese aire de exclusividad que huele a gente con poder. Uriel caminaba delante de mí como si el restaurante fuera suyo, y yo lo seguía, apretando los dientes. Él pidió una mesa para dos, y el mesero lo saludó como si fuera alguien muy importante. Claro. Todo el mundo aquí parece saber quién es él. Menos yo, pensé, irritada. Nos sentamos. Él con esa expresión de suficiencia en el rostro, tan relajado, como si no acabara de insultarme en la recepción. Y yo… yo con el fuego metido en el pecho, tratando de respirar por la nariz para no decirle de todo y levantarme a los cinco segundos. No, prim

