No lo podía creer. Caminaba como loca por las calles de la ciudad, con las zapatillas chirriando en cada paso y mi cabeza a punto de estallar. ¿Cómo demonios era posible? Mi padre… mi propio padre, dándole luz verde a semejante estupidez. ¿Qué clase de castigo era ese? ¿Una lección de humildad? ¿Una prueba psicológica? ¿Una manera poética de decirme que me gane mi lugar? Pues qué lindo. Lo estaba logrando: ¡estaba furiosa, humillada y a punto de llorar en plena calle! Y claro, ahora entiendo, ¿no? Porque soy mujer. Porque tengo un corazón y no cables fríos conectados a la garganta. Porque me duele. Porque me hierve la sangre y me tiemblan los labios. No tengo alma de piedra ni la compostura de mármol como él cree. Estoy hecha de carne, de emociones, de lágrimas. ¡Y de dignidad también! —

