Entrar al club con un hombre como Damian era algo que jamás me imaginé. Yo, Valentina, la chica que no se tomaba nada en serio, la que vivía sin reglas ni ataduras, ahora estaba caminando junto a un hombre que parecía sacado de una fantasía peligrosa.
Las luces neón titilaban en la pista de baile, la música era intensa, el ambiente cargado de deseo y adrenalina. Sentí la vibración de los bajos en mi pecho, y automáticamente, mi cuerpo se encendió. Me encantaba ese ambiente, la sensación de libertad, de poder hacer lo que quisiera sin pensar en el mañana.
No necesité acercarme a la barra porque Bianca ya me estaba esperando. Me recibió con un abrazo fuerte y un beso en la mejilla.
—¡Dios, qué lenta eres! —me reclamó en tono divertido—. Vamos a nuestra mesa, que esto se va a poner bueno.
—Sí, sí —asentí, siguiéndola.
Antes de avanzar, miré de reojo a Damian, que se mantenía a mi lado con esa expresión indescifrable, observando el lugar con una calma que me ponía de los nervios.
Le tendí la mano por impulso, y él la tomó sin dudar.
Fue extraño. No sé si porque su mano era grande, caliente, firme… o porque él no hizo el más mínimo esfuerzo por soltarme.
Caminamos juntos hasta la mesa, donde un grupo de amigos ya estaban esperándonos con tragos en la mano. Bianca se adelantó, pero de repente se detuvo en seco.
—¡Mierda! —susurró.
—¿Qué pasa? —pregunté, girándome hacia ella.
—Miguel está aquí. Con su novia.
Mis labios se apretaron.
—¿Y?
—Te está mirando.
No lo dudé. Busqué a Miguel con la mirada. Y ahí estaba.
Sentado con su nueva novia pegada a su brazo, fingiendo que todo en su mundo era perfecto. Pero sus ojos oscuros estaban sobre mí, analizando cada uno de mis movimientos.
El maldito Miguel es un ruso tan, pero tan ardiente y terminamos porque el infeliz me dejó por un año, un maldito año sin comunicación y hoy de la nada me restriega a una puta menos que yo.
—Amiga, por favor —rogó Bianca—. No dejes que piense que irás a buscarlo.
Me quedé en mi lugar, con una sonrisa torcida.
—Por favor… —suplicó mi amiga otra vez.
Me giré hacia Damian.
Él me miró con curiosidad, con esa media sonrisa de hombre que lo sabe todo, como si estuviera disfrutando cada parte de esto.
Me acerqué a él.
—Puedes irte —le susurré—. Tengo que hacer algo.
Su ceja se arqueó.
—¿Y qué es ese “algo”?
—Voy a darle celos a ese idiota.
Damian soltó una risa baja.
—¿Piensas buscar a alguien más para eso?
—Obvio. ¿Crees que me voy a quedar cruzada de brazos mientras ese maldito se siente victorioso?
—Pues parece que sí.
—¡Para nada! Solo quiero provocar un par de cosas.
Damian me observó por un momento, luego bajó la mirada hacia mi boca.
—¿Y piensas hacerlo con cualquier desconocido?
—¿Qué quieres decir?
—Que me conoces mejor a mí que a cualquier hombre en este club.
Lo miré fijamente.
—Pero tú estás comprometido.
—Prefiero que me uses a que te metas con otro.
Oh.
Oh, maldita sea.
Mi cuerpo se encendió con esas palabras.
Si eso no era una invitación, no sabía qué lo era.
—Bueno, si tú lo dices… —susurré con una sonrisa peligrosa—. Vamos a jugar.
Y me lancé.
Me empiné en puntas de pie porque él era enorme, alto, fuerte…
Y lo besé.
No fue un beso tímido ni experimental. No. Fue un beso descarado, caliente, hambriento.
Damian tardó un segundo en reaccionar. Luego, sus manos fuertes se aferraron a mi cintura, y su boca respondió con igual intensidad.
Maldita sea, sí que sabía besar. Sentí el calor de su cuerpo pegándose al mío, su mano recorriéndome con firmeza, su lengua explorando la mía con urgencia.
Me aferré a su cuello, perdiéndome en la sensación, en el sabor de su boca, en el roce de su barba contra mi piel.
Y luego, entre susurros y respiraciones agitadas, le solté:
—Tócame.
Él gruñó.
Su mano bajó hasta mi trasero, y con una firmeza deliciosa, apretó una de mis nalgas.
Solté un gemido bajo y sonreí contra su boca.
Su agarre fue firme, posesivo. Sentí cómo sus dedos se hundían en la tela ajustada de mi camisa-vestido, cómo su mano grande me moldeaba sin ninguna timidez. Su respiración se volvió más pesada contra mis labios, y ese gruñido ronco que escapó de su garganta me hizo estremecer de la cabeza a los pies.
Lo miré.
Sus ojos ardían.
Era peligroso.
Y eso me encantaba.
—¿Así? —murmuró contra mi boca, sus labios rozándome con un roce casi cruel.
—Más —susurré, desafiante, empujando mi cadera contra la suya.
Su otra mano viajó hasta mi espalda, arrastrándome con más fuerza hacia él. Su cuerpo estaba pegado al mío, y la dureza de su torso, la calidez que emanaba, me hacían perder la cabeza.
La música vibraba a nuestro alrededor, las luces parpadeaban en tonos neón, pero en ese momento, lo único que existía era él y la manera en la que me devoraba con los ojos.
—Te gusta jugar sucio, ¿eh? —murmuró, deslizando sus labios por la curva de mi mandíbula.
Su barba raspó mi piel, enviando un escalofrío delicioso por mi espalda.
—Mucho —contesté con una sonrisa peligrosa.
—Ten cuidado —susurró, su aliento caliente recorriendo mi cuello—. Puede que te gane en tu propio juego.
Su boca descendió hasta la base de mi garganta y me besó allí.
Lento.
Profundo.
Provocador.
Mi piel se erizó al instante, y mis manos, como si tuvieran vida propia, se deslizaron hasta su pecho. Sentí su musculatura bajo la camisa, la firmeza de su abdomen… la tensión en cada fibra de su cuerpo.
—Dime, Valentina… —Su voz era un murmullo rasposo contra mi oído—. ¿Es esto solo para darle celos a tu ex?
Apreté los labios.
Ni siquiera recordaba por qué había comenzado esto. Solo sabía que mi cuerpo ardía y que lo necesitaba más cerca.
—No —admití.
Su risa fue baja, peligrosa.
—Eso pensé.
Sus dedos presionaron mi cintura, y su boca regresó a la mía en un beso más lento, más profundo. Sus labios se movieron con una sensualidad devastadora, como si supiera exactamente cómo hacer que me derritiera entre sus manos.
Y lo estaba logrando.
Mis piernas se debilitaron cuando su lengua trazó la línea de mi labio inferior antes de invadir mi boca nuevamente. Me aferré a sus hombros, saboreándolo, perdiéndome en la calidez de su beso.
Hasta que de repente, su agarre en mis caderas se volvió más fuerte y me giró de espaldas a su pecho.
—¿Qué…? —susurré, sin aliento.
—Shh —murmuró contra mi oído, deslizando una mano hasta mi abdomen y pegándome aún más a él.
Podía sentirlo.
Todo él.
Su dureza contra mí, su respiración entrecortada en mi cuello, el peligro latiendo en su pecho.
—Dame una razón para soltarte —dijo, su voz oscura.
Me moví contra él, lenta y provocativamente, sintiendo cada músculo tenso de su cuerpo mientras me presionaba contra su firmeza. El ritmo de la música se apoderó de mí, y sin pensarlo demasiado, deslicé mis manos por sus hombros, mis caderas rozando su pelvis en un movimiento pecaminoso.
Damian no se quedó atrás.
Sus manos viajaron por mi cuerpo con descaro, sujeta a mis caderas con una fuerza que me hacía estremecer. Me guiaba con la misma precisión con la que un depredador acecha a su presa. Su boca, tan cerca de mi oído, era un recordatorio de lo mucho que estaba jugando con fuego.
—Eres peligrosa —susurró contra mi cuello, su aliento caliente erizándome la piel.
Uuufff... No lo dudes, nene.