Capítulo 11 La salvadora

970 Words
POV Alessandro Entramos a la sala y el aire se vuelve denso de inmediato. Mis ejecutivos, hombres que visten trajes de tres mil euros usando perfumes caros, pero en este momento yo siento olor a ratas. Se acomodan en sus sillas de cuero con esa complacencia que hoy, por primera vez, me resulta irritante. Siento que aquí dentro, hay más de un Judas esperando entregarme. Pero se van a quedar con las ganas, porque yo tengo a mi arma secreta. Con la ropa rota, pero con el cerebro intacto y presumo que con esa lengua filosa preparada para cualquier eventualidad que surja. Al final de la mesa, los representantes de Consul-Tech intercambian miradas de suficiencia. Creen que el trato está cerrado. Creen que soy suyo. Imbéciles. Me siento en la cabecera, la posición de poder que he reclamado desde que tomé las riendas del grupo. Barker se sienta a mi derecha. Puedo sentir su agitación, el roce de su brazo —apretado en esa camisa suicida— cerca del mío. Está temblando ligeramente, pero cuando levanta la vista, sus ojos no muestran miedo. Muestran fuego. —Señores —comienzo, y mi voz corta el murmullo como un bisturí—. Antes de proceder con la firma final, la señorita Barker, mi nueva secretaria personal, presentará unas observaciones de último momento sobre la estructura de la deuda de Consul-Tech. El murmullo regresa, esta vez cargado de incredulidad. "Una secretaria", "observaciones", "pérdida de tiempo". Los asesores de los Montalvo se ríen por lo bajo. —¿Una secretaria, Alessandro? —suelta Moretti, mi jefe de finanzas, con una sonrisa condescendiente—. Con todo respeto, no creo que... —La señorita Selena Barker tiene la palabra —lo corto, clavándole una mirada que le borra la sonrisa de un plumazo—. No admito que alguien cuestione mis decisiones, ya deberías saberlo Nicola. Me recuesto en mi silla y cruzo las manos, observándola de reojo. Barker abre la carpeta. Escucho el sutil pero aterrador crujido de la costura de su camisa de nuevo, carraspeo para tapar cualquier sonido. Por un segundo, temo que el botón realmente salga disparado y golpee la jarra de cristal de la mesa, pero ella ni siquiera parpadea. Es admirable la tranquilidad que está manejando. —Buenos tardes —dice ella. Su voz ya no es aguda; es firme, clara y tiene un timbre de autoridad que hace que incluso yo me enderece en el asiento—. Si miran la página cuatro del anexo B, verán que lo que ustedes llaman "activos en reserva" es, en realidad, un esquema de triangulación de deudas que haría que esta empresa colapse en menos de dieciocho meses... La veo empezar a desmantelar, número por número, el trabajo de hombres que llevan décadas en esto. Es brutal. Es elegante. Es... magnífica. Maldita sea. Siento un tirón en el pecho que no tiene nada que ver con los negocios. Mientras ella habla y gesticula con cuidado para no romper su ropa, yo me quedo atrapado en el movimiento de sus labios. Esos labios que no paran de escupir verdades incómodas y que, sospechosamente, se ven tan tentadores como los de aquella mujer del vestido rojo. "Concéntrate, Di Doménico", me ordeno a mí mismo. Pero es inútil. Porque no puedo olvidarme de mi reina de la noche y mi secretaria de alguna manera, me la recuerda y mucho. Miles de reproches me asaltan mientras la escucho hablar a la cicciottella. Si no hubiese tomado tanto aquella noche, podría recordar su rostro. Si las luces y el humo del club no hubiesen sido tan densos, las cámaras la hubiesen captado mejor, si no le hubiese puesto la mascara para hacerla participar de mis estúpidos juegos, si no me hubiese quedado dormido, ella no se habría podido escapar y hoy, sabría a quien estoy buscando. Vuelvo a carraspear, mientras vuelvo a la realidad y sigo escuchando con atención lo que mi astuta asistente está diciendo con seriedad y firmeza. Si lo que Barker dice es cierto, hoy voy a tener que despedir a la mitad de mi junta directiva. Y si todo es así, debo admitir que acabo de encontrar al diamante más extraño y valioso que jamás haya cruzado mi puerta. La reunión acaba de empezar y mientras veo el rostro pálido de mis asesores y la sonrisa triunfante de mi cicciottella, sé que Roma no volverá a ser la misma después de esta tarde. Y yo, por mucho que me pese, tampoco. Porque las máscaras se están cayendo con cada palabra que esta mujer está diciendo y eso, no lo puede disimular ninguno allí. Maldita sea. Moretti, está implicado, de eso estoy seguro. Su cara de espanto lo dice todo. Los de Consul- Tech, están deseando que la tierra los trague, antes que mi furia los alcance. Simplemente, mi secretaria los está haciendo pedazos sin que ellos puedan refutarle nada. Ella se ha convertido en la put@ ama de la reunión. Cuando esto termine la llevaré a cenar al mejor restaurante de la ciudad porque cada vez estoy más convencido de que esa mujer, me está salvando el pellejo. Por segunda vez, otra mujer se cruza en mi camino para salvarme. Pero esta vez, me aseguraré de poder agradecérselo, no solo dándole un buen bono sino también algo que por lo que veo, le gusta mucho: la buena comida. Está haciendo un trabajo excelente y yo, estoy disfrutando de como los que quisieron tenderme una trampa, están tratando de librarse de las acusaciones implícitas y explicitas que esta mujercita está lanzando sin ningún tipo de pudor. Ya no me cae tan mal, aunque su tono de voz me siga irritando un poco. Pero, eso será un secreto entre ustedes y yo. Ella nunca lo sabrá porque después no habrá Dios que la soporte.
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