Izan —No pasa nada, mamá —dije con la voz más firme que pude fingir—. Trina se fue con unas amigas. Mi madre me miró como si pudiera ver a través de mi piel. Su mirada era cortante, filosa, peligrosa. —¿Con unas amigas? —repitió. —Sí… fue algo de última hora. Quería despejarse —agregué rápido, antes de que mi tía Inés interviniera. Pero ella no se quedó callada. —¿Y a ustedes qué les pasó? —preguntó con un gesto entre el desconcierto y la sospecha—. Parecen salidos de una pelea clandestina. ¿Por qué están tan malogrados? Apreté la mandíbula. —Fuimos a practicar kickboxing. Terminamos bastante mal parados —respondí encogiéndome de hombros, como si no fuera gran cosa. Mi madre y mi tía se miraron, solo una fracción de segundo. Una mirada silenciosa cargada de duda y complicidad mat

