Dante. Juro que iba a cumplir con la recomendación que me dio mi hermano Izan. Iba a ser frío, calculador, a usar a Elizaveta como una herramienta para obtener información. Pero ella... ella despertaba algo en mí que no podía controlar. Rabia, odio, sí, pero también algo más. Algo que no quería nombrar, algo que me hacía perder la cabeza. Mientras tenía mis manos en su cuello, sentí un ramalazo de deseo que no pude ignorar. Era como si el whisky hubiera encendido una llama dentro de mí, una llama que solo ella podía apagar. Y antes de que pudiera pensarlo, mis labios se unieron a los suyos. El beso fue como un cerillo encendido en un barril de pólvora. El deseo fluyó en mi interior con una intensidad que me dejó sin aliento. Dejé la botella en el suelo y me centré en ella, en su cue

