Dominic El líquido caliente empapó mi pantalón, pero la quemadura no era nada comparada con la rabia que bullía dentro de mí como lava negra, espesa y letal, recorriendo mi cuerpo como un incendio incontrolable. Todos en la sala contenían la respiración, esperando mi reacción. Esperando que la destrozara. Y Dios, cómo lo deseaba. Pero no como ellos pensaban. Trina seguía allí de pie, desafiante, con ese collar de “mi sumisa” brillando alrededor de su cuello, una burla viviente a mi autoridad, con la jarra vacía en la mano y la respiración agitada. Su rostro estaba encendido de furia, sus labios entreabiertos temblaban levemente, no de miedo, sino de furia contenida y desafiante, su mirada clavada en mí, sin un atisbo de arrepentimiento. Esa maldita mujer disfrutaba esto. U

