Dominic Ivankov Cuando salí y la vi allí desnuda, temblorosa. Con la piel marcada por el látigo y los ojos brillando como vidrios rotos. De rodillas en la plataforma, sus caderas desnudas rozando el suelo manchado de vino y sudor, algo en mi pecho se retorció como una serpiente envenenada. —¿Por qué la trajeron? —pregunté a Andru, mi voz tan fría que hasta las luces rojas del salón parecieron titubear. Mi segundo a cargo se encogió de hombros, pero su sonrisa burlona delataba que disfrutaba del espectáculo. —Tú pediste que trajéramos a todas las chicas nuevas, ellas es una —dijo, mordisqueando un cigarrillo sin encender—. ¿Acaso cuándo dijiste eso, no la incluías a ella? Apreté la empuñadura de la pistola hasta que el metal grabó su marca en mi palma. Ella no era una más. Nunca lo ser

