Me tomó desprevenida, ni siquiera había oído cuando Dominique había entrado minutos atrás. Me giré con el corazón en la boca como una niña a la cual habían descubierto con las manos en la masa, Dominique estaba en el umbral de la puerta mirándome a los ojos con una expresión de frialdad en su rostro. Me recordó al Dominique que había conocido días atrás y su mirada me causó escalofríos. Indudablemente, Dominique era el rey del hielo. Aquello era indiscutible. Tragué saliva pero al contrario de dejarme intimidar por él, volví a girarme una vez más en dirección a aquel lienzo que medía unos centímetros menos que yo, demasiado alto y a su vez yo era muy pequeña al lado de semejante pintura. Los ojos grises de aquella hermosa chica me observaban, eran el centro de atención y parecían tan rea

