A medida que los años pasaban, la soledad de Kael se hacía más palpable. Aunque estaba rodeado de guerreros leales y asesores experimentados, la verdadera compañía, la conexión íntima y personal, le era esquiva. Sus días estaban llenos de responsabilidades y decisiones cruciales para la manada Luna de Oro, pero las noches eran diferentes. Durante esas horas, el peso de su rol y el vacío de su vida personal se hacían más evidentes. Kael pasaba muchas noches en la cima de una colina cercana, un lugar que se había convertido en su refugio espiritual. Desde allí, observaba la luna llena, el único testigo constante de sus pensamientos más íntimos. La luz plateada parecía ofrecerle un consuelo efímero, pero no resolvía la profunda soledad que sentía. —¿Cuándo encontraré a mi compañera? —se pre

