Lo que somos (2da. Parte)

1554 Words
La misma noche Ginebra Valérie Sin exagerar creo que Adrián pensó que saldría corriendo en cualquier segundo, porque me sujetaba la mano como si buscará anclarme a él. Y apenas puse un pie en la casa eché un vistazo al lugar. Amplio, cómodo, pero no derrochaba lujo, ni opulencia, más bien tenía la calidez de un hogar con esos pequeños detalles importantes: fotos de su boda, de su familia, trofeos, diplomas. Y cuando creí que Adrián ordenaría preparar la cena a alguna empleada, no fue así. Más bien, se quitó el saco, se remangó las mangas y me arrastró a la cocina para ayudarlo. Y ahora estoy aquí cortando vegetales para la ensalada, intentando concentrarme en algo tan simple como el filo del cuchillo… mientras lo observo de reojo. Él prueba el postre con una calma que me resulta peligrosamente provocadora. —¡Diablos…! Esto debería ser ilegal. —¿Tan mal te salió ese intento de postre? —replico, soltando una risa nerviosa—. Pero eso te pasa por querer impresionarme. No me da tiempo a reaccionar, se acerca peligrosamente. Desliza la cuchara contra mis labios con una lentitud que no es accidental. —Prueba. Obedezco sin pensar. El sabor es suave… dulce… pero no es eso lo que me altera. Paso la lengua por la cuchara, despacio, consciente —demasiado consciente— de su mirada fija en mi boca, de sus labios entreabiertos, de la forma en que no se pierde ni un solo movimiento. El aire cambia. —Es una delicia… —murmura, sin apartar los ojos de los míos—. No puedes evitar querer más. Trago saliva, intentando recomponerme, pero es inútil. —Esto es peligroso… —susurro, sintiendo cómo mi voz se apaga—. Bebemos vino, me tientas con tu postre… y hablas entre líneas. No responde, solo anula la poca distancia entre nosotros. Así su aliento roza mi rostro y, por un segundo, todo en mí se descoloca. —Será porque no quiero que salgas corriendo… —confiesa en voz baja a la distancia de un suspiro. Trago saliva, nerviosa. —Adrián… El pulso se me acelera. Mi cuerpo se queda quieto, pero cierro los ojos cuando su mano roza mi rostro. Y entonces sucede, sus labios encuentran los míos en un beso para nada inocente, no es lento, ni controlado, es hambre, deseo. Gimo contra su boca y él no afloja, sus manos descienden por mi espalda, firmes, seguras, apretándome contra su cuerpo como si llevara demasiado tiempo conteniéndose. Su aliento me quema la piel, su boca se desliza desde mis labios hasta mi mandíbula, baja despacio por mi cuello, y mi respiración se vuelve irregular. Mis dedos se enredan en su nuca, tirando de él sin pensarlo, acercándolo más. Pero entonces se detiene. Su respiración se mezcla con la mía, su frente rozando la mía como si le costara separarse. —No aquí… —murmura, con la voz entrecortada. Me deja ahí, suspendida, confundida… apenas un segundo, porque enseguida sujeta mi mano y me arrastra sin darme tiempo a reaccionar. Salimos de la cocina casi sin aire, atravesando el pasillo con pasos apresurados, besos robados, manos inquietas que no saben quedarse quietas. Subimos las escaleras así, a medias entre la urgencia y algo que ninguno de los dos quiere nombrar. Mi corazón late con fuerza, no sé si por la prisa… o por lo que sé que está a punto de pasar. Cuando entramos a la habitación, cierra la puerta de un movimiento y vuelve a mí. El azul de su mirada me recorre despacio, como si me desnudara antes siquiera de tocarme, como si quisiera darme tiempo a aplomarme… o a huir. —No vas a hacerme sonrojar mirándome de esa forma… —susurro con la voz temblorosa. Esboza una tímida sonrisa. —Quiero más que hacerte sonrojar… —responde, rozando mis labios sin besarme todavía. Y eso basta para lanzarme, para dejar de escapar de él, porque no puedo seguirme mintiéndome a mí misma, Adrián se ha colado en mi corazón y ahora necesito ser suya, como él mío. Lleva su mano hasta mi cuello y me besa más profundo, más lento, más consciente. Sus manos se deslizan por mi cuerpo con una seguridad que me estremece, como si aprendiera cada curva, cada reacción. Y yo dejo de pensar, de resistirme… solo me dejo llevar, solo siento el calor, su cercanía, la forma en que su respiración se mezcla con la mía. Mis manos buscan su camisa, la aprietan, la arrugan entre mis dedos, como si necesitara anclarme a algo mientras todo lo demás se descontrola. Los botones ceden, la ropa cae, se pierde en el suelo. Su respiración se corta cuando mis dedos recorren su torso descubierto, pero él no se queda atrás. La blusa, el brasier… toda mi ropa desaparece sin darme cuenta. Todo vuela, todo estorba. Y entonces aparece su mirada lujuriosa, oscura, cargada de deseo. Mi pulso se dispara, pero no me cubro, no huyo. Y él vuelve a mis labios en un beso urgente, hambriento, mientras sus manos me guían hacia atrás, hasta la cama. Caigo sobre el colchón, y él apoya sus manos a cada lado de mis piernas. Su boca sube a mis labios, desciende por mi cuello, dejando un rastro deliberado sobre mi piel… y cuando creo que será suficiente, cuando espero que se detenga en mi pecho, me sorprende. Desciende más. —No… —intento decir, pero se deshace en un gemido. Su lengua me provoca, me castiga con un ritmo que cambia, más intenso, más urgente. Mi espalda se arquea, el placer sube sin control y mi voz se rompe al escapar de mis labios. —Para… para, por favor… —gimo con la voz rota. Él levanta la mirada. —No te vengas todavía. Espérame —pide, con la respiración entrecortada. Lo miro deshacerse de su bóxer. Miro su erección, firme, palpitante… y el aire se me queda atrapado en el pecho. Se acomoda entre mis piernas. Me besa, me toca, me desarma… todo al mismo tiempo. Y cuando siento su erección rozar mi entrada, mi cuerpo tiembla anticipándose. Se mantiene así unos segundos… suficientes para enloquecerme. Hasta que entra lento, profundo, arrancándome el aire. Mis dedos se hunden en su espalda, mi cuerpo responde al suyo en cada embestida, y mis gemidos se mezclan con sus jadeos. —Valérie… me estás matando con tus gemidos… Sus movimientos se vuelven más profundos, más frenéticos, más salvajes. El placer crece dentro de mí, se acumula, se vuelve insoportable. —Más fuerte… más rápido… —susurro con la voz rota—. No pares… más… Gruñe a mi oído, sus manos apretando con más fuerza mis caderas. La cama cruje con el vaivén de sus embestidas, y entonces… Todo estalla. Miles de temblores se apoderan de mi cuerpo. El orgasmo me sacude, violento, descontrolado, arrastrándome por completo. Él me sigue. Jadea fuerte, se hunde una última vez y se queda pegado a mi cuerpo, respirando con dificultad, exhausto, envuelto en mi sudor. Uno, dos, tres segundos… Busca mis labios en un beso breve y sale de mí con cuidado. —Creo que no habrá cena esta noche… —murmura con la voz entrecortada, girándose apenas—. Quiero seguir comiendo y bebiendo de ti… No lo digas, no todavía… —Adrián… —me quejo, dándole un leve empujón en el pecho—. Quiero cenar. No puedes tenerme encerrada en la habitación el resto de la noche. —No sería suficiente una noche… —dice, rodeándome con sus brazos—. Quiero más con mi novia. No respondo. No puedo. Solo apoyo la cabeza sobre su pecho, escuchando su respiración… mientras la mía intenta calmarse junto a la suya. Al día siguiente Fue una larga noche… madrugada entre besos robados, caricias prohibidas y perderme en los brazos de Adrián. Pero también hubo charlas, profundas y banales, como si intentara convencerme de que no era un error confiar en él, de que no iba a romperme el corazón. Y no sé en qué momento me dormí… solo sé que me quedé ahí, abrazada a su pecho. Ahora mismo me cuesta abrir los ojos. Parpadeo varias veces, miro alrededor… y salto de un brinco de la cama al ver los rayos del sol filtrarse por la ventana, la sábana apenas envolviéndome el cuerpo. —¡Mierda! ¿Qué hora será? A las corridas agarro mi ropa del suelo. Busco mi bolso con la mirada hasta que lo encuentro en el sillón. Camino mientras intento vestirme como puedo. Y lo primero que hago es mirar la pantalla del celular. —¡Rayos! ¡Son las diez de la mañana! ¡Mi hija! Me apresuro, termino de vestirme a medias, pero en ese instante la puerta se abre. Aparece Adrián con una bandeja de desayuno en las manos… y esa sonrisa que desarma. —Buenos días, novia mía… pensé que seguías durmiendo —dice, dejando la bandeja sobre la mesita. Aunque su expresión cambia al verme apurada. —Hola, Adrián… buenos días —respondo, poniéndome los tacos casi sin equilibrio—. Tengo que irme. Da un paso hacia mí. —Valérie, no te vayas todavía —insiste, su mano rozando mi rostro con delicadeza—. Quiero hablarte de algo importante para mí… por favor.
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