La misma noche
Ginebra
Adrián
Lo reconozco: vi la oportunidad y la aproveché. No para vengarme de Valérie por sus desplantes ni para conformarme con un simple beso. Lo mío era algo más profundo, algo absurdo que me empujaba a querer más de ella. Quizá por eso decidí seguirle el juego de ser novios delante de su hermano.
Además, Lukas Laurent no me inspiraba ninguna confianza. Desde su pose estudiada hasta esa sonrisa venenosa que apenas curvaba sus labios, todo en él gritaba cálculo. Pero lo que más me perturbó fue lo que reflejaban sus ojos azules. No eran celos de hermano… era algo más oscuro. Maldad, diría. Y algo que no fui capaz de descifrar.
Al final, sin darme cuenta, la cercanía de Valérie me nubló el pensamiento. Su perfume me envolvió y, cuando reaccioné, ya estaba prendido de sus labios. Tal vez al principio fue por mantener la fachada de novios… pero después la razón simplemente escapó por la ventana.
¡Diablos!
Su boca fue un dulce veneno que no quería abandonar. Sacudió hasta la última fibra de mi cuerpo. Fue más que deseo… algo que creí haber enterrado hacía mucho tiempo.
Pero apenas Lukas se alejó, Valérie volvió a ser la misma de siempre: agresiva, distante, levantando ese muro invisible entre nosotros. Y en vez de dar media vuelta y evitar complicarme la vida, abrí la boca y decidí poner condiciones a este juego.
Ahora el silencio entre los dos se vuelve extraño, casi prudente. Su mirada fulminante se clava en la mía como si evaluara si merece la pena golpearme o insultarme otra vez. Con Valérie nunca se sabe.
Porque es exactamente eso: una tentación peligrosa… y adictiva.
Frunce el ceño y, al final, su voz corta el aire.
—Preferiría pactar con Judas, pero no siempre se puede tener lo que uno quiere —murmura con evidente fastidio, torciendo la boca antes de continuar—. Así que dime… ¿cuáles serían tus reglas? ¿O mejor dicho… el precio de tu venganza?
Entrecierro los ojos, negando con la cabeza.
—Valérie —le advierto con firmeza—. Si quieres mi ayuda, nada de ironías. Y mucho menos esas miradas asesinas. Esa Valérie agresiva entiérrala diez metros bajo tierra.
Ella arquea una ceja.
—Le quitas todo el encanto a nuestra relación pasivo-agresiva —replica con una calma irritante.
Esbozo una sonrisa sin humor.
—Hablo en serio —le digo con el rostro endurecido, sosteniéndole la mirada sin apartarme ni un segundo.
Ella inclina ligeramente la cabeza, observándome como si tratara de encontrar una grieta.
—¿Qué pasó con el Adrián divertido? —lanza con ironía—. ¿A dónde se fue?
Respiro hondo, conteniendo la paciencia.
—A ese sarcasmo me refiero —murmuro inclinándome un poco hacia ella—. No quiero discutir más contigo.
Mi voz baja casi sin darme cuenta.
—Quiero conocerte de verdad… sin máscaras.
Valérie se muerde el labio inferior mientras me estudia con abierta desconfianza.
—Eres bueno —dice al final con una indiferencia que no logra disimular del todo—. Casi me lo creo.
Resoplo frustrado.
Será un reto derribar ese muro que sigue levantando entre nosotros. Lo peor es que… me gusta el desafío. Me gusta esta sensación que todavía no sé cómo nombrar.
—Si vamos a aparentar ser novios —continúo con calma— tendremos que comportarnos como una pareja real.
Doy un paso más cerca de ella.
—Besos en público, manos entrelazadas, visitas a tu familia…
La observo con atención, esperando alguna reacción.
—Y lo más importante… que parezca que no podemos mantenernos alejados el uno del otro.
Valérie guarda silencio. No tengo la menor idea de qué demonios pasa por su cabeza, y eso me inquieta más de lo que debería.
—¿Qué ganas con todo esto? —pregunta al fin, mirándome con una mezcla de duda y desconfianza.
Me encojo de hombros con aparente despreocupación.
—Eso lo descubrirás pronto —respondo con calma—. No pienso darte pistas.
No hago trampa… simplemente juego mis cartas, esperando sobrevivir a este pacto arriesgado para mi propio corazón.
Unas horas después
Valérie no dijo ni una sola palabra durante el resto de la velada. Tampoco hizo falta. Me tomó del brazo, sonrió cuando era necesario y sostuvo la fachada de pareja perfecta.
Pero la verdad aún sospecho que me salga con alguna ocurrencia. Y no exagero… con Valérie todo puede suceder.
La bendita exposición finalmente llega a su fin. Nos despedimos entre apretones de manos, sonrisas diplomáticas y comentarios vacíos.
Salimos de la galería con las manos entrelazadas, todavía interpretando nuestro pequeño teatro. Pero apenas nos alejamos en dirección al estacionamiento, Valérie me suelta la mano como si quemara.
Suspira con evidente cansancio.
—Ha sido una… velada extraña —admite, frotándose la sien—. Y estoy cansada de sonreír. Buenas noches, Adrián.
Se dirige hacia su auto sin mirar atrás. Pero no pienso dejarla escapar tan fácil.
—No, no, no… —murmuro alcanzándola.
Mi mano se cierra alrededor de su brazo, deteniéndola.
—No te vas a ir así tan facilmente —añado con calma—. No después de que te ayudé.
Ella se vuelve hacia mí, con el ceño confundido.
—Pero si ya pusimos las condiciones de nuestro noviazgo falso —replica con impaciencia.
—Déjame acompañarte a casa… a tu departamento, donde sea que vivas —propongo—. Es lo que haría cualquier novio.
Valérie me mira con fastidio.
—Eres mi novio falso —corrige con firmeza—. Grábatelo bien o tendré que enviarte un correo con todos los puntos de nuestro acuerdo.
Intenta zafarse de mi agarre, pero la atraigo apenas hacia mí.
Su respiración se acelera. Sus ojos se clavan en los míos como si estuviéramos en un duelo silencioso del que ninguno quiere retirarse.
—Por eso mismo —murmuro cerca de su rostro—. Como tu novio falso quiero repasar cada punto… y dejarlo todo por escrito.
Inclino apenas la cabeza.
—Entonces dime… ¿vamos a mi casa o a la tuya?
Valérie entrecierra los ojos.
—Mañana —sentencia con frialdad—. Te espero en la oficina.
No puedo evitar esbozar una sonrisa.
—Mañana es sábado —le recuerdo con calma—. Así que te veré en tu casa. A menos que prefieras que tenga que disculparme con tu familia… por no poder asistir al almuerzo del domingo.
La observo, porque ahora sí… quiero ver cómo escapa de mí.
Al día siguiente
Poco me interesaba firmar un maldito contrato como si fuera otro negocio más, lo que buscaba era acercarme a Valérie. Y al final me dio su dirección.
Ahora respiro hondo, cuadro los hombros y toco el timbre de su pent-house.
Uno, dos, tres, nada, nadie responde. Vuelvo a apretar el botón y ahí está Valérie observándome con esos ojos grises distantes.
—Puntual —murmura con ironía, apartándose para dejarme pasar mientras tiene el celular pegado a su oreja.
Entro al pent-house con calma, recorriendo el lugar con mis ojos.
Es amplio, elegante, moderno, demasiado ordenado.
—Acomódate en el sillón, ya regreso —indica con voz serena.
Se aleja hacia el ventanal con el celular en la oreja.
—Sí, envíalo antes del mediodía… —dice con tono firme mientras camina por la sala—. No, eso no estaba en el acuerdo.
Mis pies me arrastran hasta una repisa. Miro unos libros, bocetos enmarcados, pero lo que capta mi atención son unas fotos.
En la primera foto Valérie aparece más joven, riendo con una mujer mayor. En otra de perfil, con una sonrisa suave que nunca le he visto en persona. Lleva un vestido claro… y su vientre está claramente abultado.
Me quedo mirando la imagen unos segundos más de lo necesario.
Entonces escucho sus pasos acercarse.
—Te dije que esperaras en el sofá —dice con evidente fastidio mientras termina la llamada.
Levanto la foto con tranquilidad.
—¿Esta eres tú? ¿Tienes hijos?