Lo que no estaba en los planes (2da. Parte)

1411 Words
El mismo día Ginebra Adrián Muchos me catalogan como un imbécil frío, déspota, con una pizca de arrogancia y malhumorado, pero nadie sabe cómo aprendí a sobrevivir después de que la desgracia tocó mi puerta. Todo comenzó cuando creí que al fin tendría derecho a ser feliz. Me había casado con Joyce, estaba embarazada cuando decidí aceptar la propuesta de mi padre de trabajar en la empresa familiar. Pensé que podía tenerlo todo: una familia, un futuro, una vida que valiera la pena. Pero ese fue mi maldito error. Una noche, atrapado en una reunión de trabajo que parecía no terminar nunca, recibí la llamada que cambió mi vida. —Estoy llamando del Hospital Central. Soy la enfermera Green. ¿Busco al señor Adrián Volkov? Sentí el pulso martilleándome en las sienes, el corazón latiendo tan rápido que por un segundo pensé que iba a salirse de mi pecho. —Habla con él —logré repetir, llevándome una mano a la frente—. ¿Qué sucede? —Su esposa fue ingresada tras un choque de auto. El mundo se paralizó en ese instante. Fue como si alguien hubiera detenido el tiempo y me arrancara el aire de los pulmones. —¿Cómo está Joyce? ¿Y la bebé? —pregunté con urgencia. —Señor Volkov, su esposa está siendo atendida por los doctores. Es todo lo que puedo informarle en este momento. Cerré los ojos un segundo. —Entiendo… salgo ahora mismo para allá. Cuando llegué al hospital todo se volvió una pesadilla. Apenas crucé la recepción exigí respuestas, pero nadie sabía decirme nada concreto. Joyce seguía en el quirófano, y cada minuto que pasaba se sentía como una eternidad. Caminé por la sala de espera como un desquiciado, de un lado a otro, mirando cada puerta que se abría, esperando ver aparecer a alguien que me dijera que todo iba a estar bien. No sé cuánto tiempo pasó hasta que el doctor salió del quirófano. Venía quitándose los guantes quirúrgicos y su expresión lo decía todo antes incluso de que abriera la boca. —Señor Volkov, su esposa presentó múltiples traumatismos y hemorragias internas producto del impacto —explicó con tono profesional—. Hicimos todo lo posible para estabilizarla… Sentí que el piso se movía bajo mis pies. El miedo y la esperanza se mezclaban dentro de mí. —¿Pero…? —pregunté, con un nudo en la garganta. El hombre bajó apenas la mirada. —Lo siento, señor Volkov. Su esposa no sobrevivió. El golpe fue brutal. —¿Qué…? —murmuré, incapaz de procesarlo—. ¿Me está diciendo que Joyce murió? —Sí, señor Volkov… —dijo en voz baja—. Sin embargo… logramos salvar a la bebé. Me dejé caer en el asiento más cercano, sintiendo que el mundo giraba demasiado rápido a mi alrededor mientras la voz del médico seguía hablando, aunque ya apenas podía escucharla. —Cuando se sienta listo, puede pasar a verla a neonatología. No recuerdo qué respondí, más bien los días que siguieron fueron un infierno. Días… semanas… negándome a aceptar la muerte de Joyce. Encerrado en mi propio mundo, con una botella de whisky como única compañía, intentando ahogar el vacío que me dejó su ausencia. Hasta que una tarde me dejaron solo con la bebé. Supongo que pensaron que así reaccionaría. Su llanto me despertó de la borrachera. Caminé hasta la cuna y por un segundo me quedé contemplándola en silencio. Era tan pequeña, tan indefensa, que algo dentro de mí se movió. Así pasó el tiempo. Vera creció convirtiéndose en mi luz… pero también en una herida abierta. Porque hay algo que nunca he podido ignorar. Ella no tiene ningún rasgo físico de mi difunta esposa. Tampoco nada de mí. Ni siquiera algo que recuerde a mi familia. Y desde entonces vivo atrapado en una espiral de dudas que me consume lentamente. Quizás por cobardía. Quizás porque temo descubrir una verdad peor que la que ya conozco. Pero mi vida cambió. Solo encuentros casuales. Nada de compromisos. Mucho menos citas o cenas románticas, porque aun tengo el corazón roto y Vera es lo único que me mantiene en pie. A todo esto, el terco de mi amigo Germán siempre se las ingenia para alterar mi rutina con sus planes de expansión para la empresa. Y ayer, temprano por la mañana, apareció en mi oficina con una carpeta bajo el brazo y esa expresión que ya conozco demasiado bien. —Mi jefe… ¿tendrá un segundo para escucharme? Alcé una ceja desde detrás del escritorio. —No me gusta ese tono —respondí, señalando la silla frente a mí—. Siéntate, Germán… y veamos con qué vas a salir esta vez. Se dejó caer en el asiento con una sonrisa obstinada. —Vives diciendo que quieres ser como Cartier —empezó, abriendo la carpeta con calma—. Y para eso hace falta algo más que vender diamantes. Hace falta diversificar el negocio. Me recosté en la silla, cruzando los brazos. —Nuestros diamantes están en las mejores tiendas del mundo —repliqué—. ¿Qué puede ser mejor que eso? Germán negó despacio. —Cartier no solo tiene joyerías —continuó—. Tiene colecciones completas de lujo: relojes, accesorios, piezas únicas… Nosotros podríamos estar a la par… incluso superarlos. Pero para eso necesitamos una colaboración. Solté una risa corta. —Dirás una alianza —espeté con voz inquieta—. Y ya sabes lo que opino de eso… no quiero a nadie diciéndome cómo debo manejar mi empresa. Germán apoyó los codos sobre el escritorio y me miró con una sonrisa peligrosa. —¿Y si hablamos del grupo Laurent? —preguntó con aparente inocencia. Lo miré en silencio un segundo. —¿Cuándo es la reunión? Su sonrisa se ensanchó como si hubiera estado esperando exactamente esa reacción. Sin embargo, cuando ya estaba recogiendo mi saco para salir rumbo a la bendita reunión, una llamada de la niñera cambió todos mis planes. Contesté al segundo. —Hola, Eliza. ¿Qué sucede? —Señor…—su voz sonaba nerviosa—. Me surgió un inconveniente con mi madre. Me exigen que vaya al asilo ahora mismo. Dicen que si no me presento llamarán a la gente del gobierno porque la consideran peligrosa. Suspiré, mirando el reloj. —Estoy en casa en diez minutos —respondí—. Ten lista a Vera y te ayudo. Ese fue el motivo de llegar tarde a la reunión con la gente del grupo Laurent. Aunque, de una manera absurda, terminó saliendo mejor de lo esperado. Apenas puse un pie en el restaurante pregunté a la anfitriona por mi mesa, pero antes de que pudiera responderme algo llamó mi atención. Una mujer: alta, esbelta, tal vez de unos veintinueve años. Cabello rubio, piel blanca como porcelana… y un carácter infernal. Estaba despotricando en mi contra con una indignación que casi resultaba admirable. Pero cuando se giró hacia mí y sus ojos grises se encontraron con los míos, algo extraño se removió dentro de mí. Era Valérie Laurent. Y durante el resto de la noche intenté disculparme por mi tardanza… pero cada intento fue como recibir una bofetada invisible. O al menos así se sintió cuando me lanzó ese no rotundo sin siquiera pestañear. Si bien la idea de la alianza me resultaba atractiva, todavía no tenía una respuesta clara. Necesitaba conocer mejor la parte operativa del negocio… es decir, hablar con Valérie. Admito que también era una excusa para volver a verla. Pero ahora mismo disfruto observarla rabiar en un silencio prudente dentro del ascensor. Y debo ser el tonto más grande del mundo por no poder dejar de mirarla. Finalmente dejo escapar las palabras. —Vine por negocios… pero creo que me equivoqué contigo —digo con el rostro serio, sin apartar la mirada—. Pensé que eras más profesional, pero has resultado ser una niña malcriada. Sus ojos grises centellean de furia. —¿Cómo te atreves a insultarme? —escupe rabiosa. Me encojo apenas de hombros. —Las verdades duelen —replico con calma—. O al menos eso dice tu actitud agresiva. Ella me fulmina con la mirada. —Señor presumido, si cree que puede venir aquí a… Niego con la cabeza antes de que termine. —Seamos civilizados, Valérie —la interrumpo con voz baja pero firme—. O prefieres que hable con tu hermano de la propuesta.
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