Actualidad
Ginebra
Valérie
Alguien dijo alguna vez que el caos es como una ficha de dominó: basta que una caiga para que todas las demás se desplomen. Yo lo aprendí hace unos años, cuando creía que mi vida por fin empezaba a ordenarse. Fue justo entonces cuando apareció David Bingles.
David era exactamente el tipo de hombre que cualquier mujer querría presentar en casa: apuesto, inteligente, con un futuro prometedor y un encanto que parecía abrirle todas las puertas. Lo que nadie veía o tal vez yo no quise ver a tiempo era que también era un sinvergüenza infiel. Cuando por fin abrí los ojos ya era demasiado tarde. Para entonces estaba embarazada.
Aun así, decidí seguir adelante. Fue una decisión que desató más de una tormenta en casa. Mi padre y Beatriz, mi madrasta, insistían en que estaba arruinando mi futuro. Me hablaban de reputación, de errores irreversibles, de decisiones que una mujer “inteligente” no debía tomar. Yo los escuchaba con paciencia, pero al final siempre terminaba respondiendo lo mismo: era mayor de edad, libre de vivir mi vida como quisiera.
Los meses siguientes no fueron fáciles. Tenía que soportar las miradas de desaprobación en casa, las burlas constantes del idiota de mi hermano Lukas y, como si fuera poco, el estrés diario de la empresa. Pero no me quejaba, estaba convencida de que todo valdría la pena.
Hasta que una noche todo cambió.
Aquella tarde estaba discutiendo con Lukas en la oficina por uno de sus estúpidos proyectos cuando sentí la primera contracción. Al principio pensé que era una falsa alarma, pero el dolor volvió con más fuerza y entonces entendí que el parto se había adelantado varias semanas.
Esa noche llovía torrencialmente sobre la ciudad. Las calles estaban colapsadas de vehículos. En el asiento trasero del auto apenas podía respirar mientras las contracciones eran más seguidas.
—¡Muévete! —gritaba Lukas al conductor con su habitual tono impaciente, golpeando el respaldo del asiento—. ¡¿No ves que está de parto?!
Pero nadie se movía. Las bocinas sonaban por todas partes y el tráfico apenas avanzaba unos metros cada varios minutos. Yo apretaba los dientes intentando no gritar, aferrada al asiento mientras el dolor se intensificaba.
Cuando por fin llegamos al hospital todo ocurrió demasiado rápido. Escuchaba voces urgentes, siluetas moviéndose apresuradas, luces blancas, mientras me trasladaban en la camilla al quirófano. Alguien discutía en voz baja en el pasillo, pero no alcancé a entender qué decían.
No sé cuánto tiempo pasó, lo único que recuerdo con claridad es el momento en que escuché su llanto.
Vi su cuerpo frágil lleno de vida entre mis brazos. Mi bebé era hermosa, con mejillas rosadas y un mechón de cabello castaño pegado a la frente. Tan pequeña que parecía imposible que pudiera sostener tanto amor dentro de ese cuerpo diminuto. En ese instante pensé que todo había valido la pena: las discusiones, las críticas, la soledad. Pero horas más tarde la desdicha cayó sobre mí como una maldición.
El médico evitaba mirarme cuando habló, y ese gesto fue suficiente para que el miedo comenzara a crecer dentro de mí.
—La bebé tuvo complicaciones respiratorias… —dijo finalmente, con una voz que pretendía sonar profesional—. Lo siento, Valérie. No pudimos hacer nada, falleció la niña.
Me quedé paralizada con sus palabras. Las lágrimas comenzaron a brotar sin darme cuenta, un nudo se formó en mi garganta y sentí el corazón romperse en miles de pedacitos.
Durante mucho tiempo acepté esa explicación sin cuestionarla. ¿Qué otra cosa podía hacer en medio de tanto dolor?
Pero siempre me quedó una duda.
Tal vez fue la forma en que el médico evitó mirarme a los ojos… o el silencio incómodo de las enfermeras cuando intenté preguntar qué había pasado exactamente con mi hija.
Fueron días… tal vez semanas estuve sumida en un dolor del que parecía imposible salir. Ni las palabras de consuelo de mi padre ni las de Beatriz lograban atravesar ese vacío que se había instalado en mi pecho. Sentía que me habían arrancado una parte de mí y que cada respiración era un esfuerzo absurdo para seguir adelante.
Pero la vida continúa, o al menos eso repiten todos cuando no saben qué más decir. Y lo hice a mi manera: me levanté. Aunque aún no puedo dar la vuelta a la página. Más bien vivo con esa rara sensación que aparece de la nada, como el pinchazo insistente de una herida que nunca termina de cicatrizar.
Recuerdo que tiempo después, durante un almuerzo en la empresa, Sonya me observó con esa mezcla de curiosidad y cautela que suele tener cuando teme meterse donde no la llaman.
—Valérie… —dijo finalmente, jugando con la cucharilla del café—. ¿Nunca pensaste en investigar lo que pasó esa noche?
La miré sin responder de inmediato.
—¿Investigar qué?
Sonya dudó un segundo, como si buscara las palabras correctas.
—Lo de tu hija… —murmuró—. A veces los hospitales cometen errores. Historias equivocadas, diagnósticos mal hechos… cosas así.
Solté una pequeña risa sin humor.
—Sonya, mi hija murió —respondí con voz cansada—. No es una conspiración médica.
—No digo eso —se apresuró a aclarar ella—. Solo… no sé. Siempre te quedaste con esa duda.
La miré fijamente.
Tal vez tenía razón.
Porque, si soy honesta, a veces sigo repasando los hechos de aquella noche, intentando encontrar una explicación lógica a lo que pasó. Pero es inútil. Es como caminar dentro de un laberinto de imágenes borrosas donde siempre faltan piezas.
En fin, hay cosas de las que no puedo escapar, como las nefastas reuniones de última hora convocadas por Lukas.
Y aquí estoy ahora, sentada en la sala de juntas, hojeando el último informe mensual mientras mi hermano habla sin parar de proyecciones de ventas, utilidades y una interminable lista de cifras que a nadie le interesan.
—Por favor, quiero el reporte de sus departamentos en mi escritorio al final del día —dice Lukas con ese tono autoritario que tanto le gusta usar. Se acomoda la chaqueta y recorre la mesa con la mirada—. ¿Alguna pregunta?
Levanto la vista con una calma que sé que lo irrita.
—Sí —respondo con sarcasmo—. ¿También quieres el detalle de mi tarjeta de crédito… o prefieres el informe de con quién me acosté anoche?
Alrededor de la mesa alguien se atraganta con una risa mal disimulada.
Lukas frunce el ceño.
—¡Valérie! —protesta con evidente molestia—. No empieces.
Me encojo de hombros, fingiendo inocencia.
—Entonces deja de hacernos perder el tiempo con juntas que no sirven para nada. Si quieres que sigamos siendo líderes del mercado, intenta decir algo útil.
La mandíbula de Lukas se tensa. Coloca ambas manos sobre la mesa y me lanza esa mirada de superioridad y fastidio que estoy acostumbrada a ver.
—Quiero ver los catálogos de los nuevos diseños de relojes mañana sin falta —espeta con voz amargada—. O me obligarás a quitarte la dirección del departamento.
Le sostengo la mirada sin moverme.
—Mañana los tendrás, querido hermanito —contesto una sonrisa burlona en los labios.
Durante un segundo parece que va a responder, pero finalmente se limita a recoger sus carpetas. Se gira hacia la puerta y abandona la sala con el mismo aire irritado con el que llegó.
Apenas se cierra la puerta, el murmullo comienza.
—Por un momento creí que Lukas iba a montar otra escenita —comenta Sonya con una sonrisa divertida—. Pero tú tampoco te quedas atrás. Cómo te gusta provocarlo.
Cierro el informe con calma.
—Le doy su merecido por meterse con mi trabajo —respondo encogiéndome de hombros—. Además, ni siquiera sabe dónde está parado. Si está sentado en la presidencia es solo porque mi padre está delicado de salud.
Diana suspira teatralmente.
—Pues el tonto es guapísimo —habla apoyando la barbilla en la mano—. Lástima que esté casado.
—Sin comentarios —respondo con tono seco.
Diana se inclina entonces sobre la mesa con una sonrisa llena de picardía.
—Hablando de hombres… tengo una novedad.
Sonya levanta una ceja, interesada.
—A ver. El soltero más codiciado de la ciudad quiere hacer negocios con nosotros.
—¿Quién será ese? —pregunta Sonya con curiosidad—. ¿Samuel Meyers?
Recojo mis papeles mientras niego con la cabeza.
—Pensé que estábamos en una reunión de negocios —murmuro con cierta ironía—, no en un sitio web buscando hombres solteros.
Diana suelta una pequeña risa.
—Las dos cosas pueden ir juntas —lanza con descaro.
Hace una pausa, disfrutando claramente del momento.
—Y tú tienes una ventaja, Valérie —añade con voz profesional.
La miro con desconfianza.
—¿En serio? —cuestiono con mi pose formal.
—Serás parte de la reunión con Adrián Volkov —revela divertida. Se cruza de brazos y añade, con una sonrisa que no promete nada bueno.
—A menos que prefieras dejarle esa negociación a Lukas.