Un pasado que vuelve (1era. Parte)

1158 Words
El mismo día Ginebra Lukas La ambición de Céline la volvía arriesgada, una hiena hambrienta de poder y a su vez imprudente, porque en su desesperación por destruir a Valérie no analizaba bien sus propuestas. La solución era buscar un trapo sucio en la vida de Adrián y fin de ese noviazgo, pero Céline quería cortar el mal de raíz lo antes posible. Era lo ideal, siempre y cuando no nos perjudicara. Por eso estaba en silencio analizando, estudiando los posibles escenarios de lo que desencadenaría esa llamada, como si fuera una partida de ajedrez para garantizar la victoria. Finalmente, dejé escapar la voz en el ambiente. —Detesto remover el pasado. Sacar lo podrido del baúl —murmuré con disgusto. Céline me observó con esa calma calculadora que siempre encontraba irritante. —Lukas, mira las ventajas de llamar a ese gusano de David Bingles: fin del noviazgo de Valérie, no más alianza con Volkov y tú conservas la presidencia —argumentó con frialdad. Entrecerré los ojos. —No niego que sea provechoso —admití con voz áspera—, pero me costó una fortuna sacarlo de la vida de Valérie y ahora pretendes que lo traiga de vuelta. Una leve sonrisa apareció en los labios de Céline. —Lo que pretendo es ayudarte a conservar la presidencia, a ejercer tus derechos como legítimo heredero —soltó con una calma gélida—. ¿O te gustaría que Valérie lleve las riendas de las empresas? Mi rostro se endureció. —Conoces la respuesta —escupí con desdén—. Le tengo horror a la sola idea. Esa vulgar bastarda no merece ni llevar el apellido de mi familia, menos puede sentarse en mi puesto. Los ojos de Céline brillaron y una sonrisa venosa en sus labios. —El error de tu padre no lo podemos enmendar —señaló con tono práctico—, pero aún puedes evitar un desastre mayor con la colaboración de Bingles. Lo pensé un segundo mientras observaba el celular sobre la mesa. —Llama al gusano —ordené con mi voz amargada—. Descubramos con qué marranada no saldrá por ayudarnos. Céline hizo la llamada en ese mismo momento, pero David Bingles salió con ridículas peticiones solo para aceptar reunirse. Peor que una novia resentida o una esposa engañada. Aun así, cedí. Lo dejé creer que podía manipularme. Esa fue la razón de mi ausencia en la empresa durante los últimos días. Tuve que encontrarme con él en Morges, un pueblo de castillos y tulipanes. Un lugar demasiado pintoresco para una conversación tan desagradable. Lo aguardaba en una pequeña cafetería del centro. Miraba cada segundo la entrada y luego el reloj en mi muñeca, cada vez más impaciente. Hasta que finalmente apareció. El idiota avanzó hacia la mesa con una sonrisa burlona dibujada en los labios. —Lukas Laurent dejó su preciosa mansión para venir a hablar con este gusano despreciable. ¿Por qué será? —ironizó mientras tomaba asiento frente a mí. Lo observé con frialdad. —Deja los resentimientos, David, no sirven de nada… Además, bien que te di un buen dinero —señalé con calma. David soltó una risa breve y negó con la cabeza. —Te corrijo —replicó con una mueca amarga—. No me ayudaste, me pagaste para que desapareciera de la vida de Valérie, sin importar lo que sentía por ella. Lo miré con absoluto desdén. —A otro dile ese cuento del hombre enamorado —espeté con sequedad—. Lo que querías era poner tus garras en la fortuna de mi familia. Hice una breve pausa antes de continuar. —Y ahora que nos sacamos las máscaras… necesito un favor. David entrecerró los ojos. —No me gusta cómo se oye eso —advirtió con desconfianza—. La última vez, Lukas, por tus mentiras me gané unas cuantas bofetadas de Valérie y fue un milagro que tu padre no me enterrara en la cárcel… Me encogí ligeramente de hombros. —Necesitaba darle credibilidad. No podía entregarle un par de fotos con tu amante y esperar que se tragara la historia —expliqué con frialdad. Me observó con evidente recelo. —¿De qué se trata esta vez? —preguntó finalmente. Di un sorbo a mi café antes de responder. —Quiero que separes al idiota de Adrián Volkov de Valérie —ordené con calma—. Acaba con ese maldito noviazgo lo antes posible. David soltó una carcajada burlona. —Si crees que Valérie me recibirá con los brazos abiertos, eres ingenuo —se mofó—. Una mujer dolida jamás olvida. Apoyé la taza sobre el platillo sin apartar la mirada de él. —Eres hábil enredando a las mujeres —señalé con indiferencia—. Encontrarás la manera de separar a la parejita. Incliné apenas la cabeza. —Y no olvides que soy muy generoso con quien me colabora. Obvio que aceptó, el gusano no iba a desaprovechar la oportunidad de vengarse de Valérie y de paso ganarse un buen dinero. Lo cierto fue que pensaba ir a la empresa para ver en primera fila el caos que provocaría David, pero recibí un mensaje de Céline pidiéndome que nos veamos en casa. Hubo cambio de planes. Y ahora empujo la puerta, me saco el abrigo y avanzo hacia la sala. Estoy a punto de preguntarle a la sirvienta por mi esposa cuando la veo sentada en el sillón. Tiene una copa en la mano y esa mirada pensativa que siempre anuncia problemas. —Debes estar nerviosa para beber tan temprano… o celebramos algo que desconozco —comento con ligera ironía mientras dejo el abrigo sobre el respaldo del sillón. Céline desliza un sobre sobre la mesa de centro. —Celebraremos un entierro si es el caso —revira con frialdad—. Ahí está la información de Adrián Volkov. Frunzo apenas el ceño al oír el nombre. —Espero que sea solo otra de tus exageraciones, Céline —replico mientras me inclino para recoger el sobre. Lo abro con calma y leo cada línea con atención. Hijo único… trabajó en Londres… viudo. Mis dedos se detienen al llegar a la última línea. Febrero 25… hospital central. Por un instante vuelve a mi mente aquella noche lluviosa. Trago saliva, el pulso se me acelera y levanto la mirada hacia Céline. —¿Qué tan precisa es esta información? —pregunto con voz más tensa de lo que pretendía. Céline suelta un suspiro de frustración. —Marcelo la revisó dos veces y le exigí que entregue pruebas físicas, pero será solo trámite —responde con su voz fría antes de dar un pequeño sorbo a su copa—. Sabes que es muy profesional en su trabajo. Aprieto el sobre entre los dedos mientras vuelvo a mirar la fecha. —¡Carajos! —escupo con mi voz amargada—. Esto es una horrible coincidencia… o el destino se burla de nosotros.
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