El mismo día
Ginebra
Valérie
Sentía que caminaba con Adrián sobre arenas movedizas. Porque, a pesar de mantener mi pose a la defensiva, el muy tonto se empeñaba en sacarme de mi zona de confort. Lo más grave fue cuando propuso una cena romántica.
¡Diablos! Mi corazón se aceleró de golpe. Por un instante me vi cayendo al vacío, sin paracaídas. Y sí, entré en pánico. Había sido manejable fingir delante de otros, pero a solas con él sería como entregarle las llaves de todas las puertas que había cerrado al amor. Como quedar a la deriva.
Y no quería eso. No quería salir lastimada. Mucho menos confundirme.
Entonces la cobardía se instaló entre nosotros. Busqué una excusa para escapar, pero el maldito contrato me jugó en contra. Lo irónico era que yo misma había puesto esas reglas. Caí en mi propia trampa.
Acepté la maldita cita… aunque, en el fondo, rogaba que él se retrasara. Con cinco minutos de demora me bastaba para desaparecer con mi hija a cualquier lugar.
Pero el milagro no ocurrió. El timbre sonó puntual.
Cuando abrí la puerta lo encontré vestido de forma informal: camisa azul remangada, pantalones holgados y una sonrisa triunfal dibujada en los labios.
Ahora lleva más de veinte minutos con las manos al volante, tarareando alguna canción de moda. Miento. Me tortura con estilo.
No es que desafine; más bien se me insinúa con descaro… o juega conmigo. A estas alturas ya no sé qué busca de mí: ¿Sexo? ¿Una aventura casual? ¿O algo más profundo?
Y ahí va de nuevo. Adrián canta a viva voz.
—Es más fácil llegar al sol que a tu corazón… muero por ti… viviendo sin ti. Y no aguanto, me duele tanto estar así…
Canta con descaro, golpeando el volante con los dedos al ritmo de la melodía.
Aclaro la garganta.
—Creí que teníamos una cita en algún sitio decente, no que iba a escuchar un concierto privado de tus labios —comento con ironía, cruzándome de brazos en el asiento.
Adrián ladea una sonrisa sin dejar de mirar la carretera.
—Me relaja cantar, me libera… ¿A ti no? —pregunta con un tono ligero.
Frunzo el ceño.
¿Qué demonios acaba de insinuar? ¿Habla de sexo entre líneas?
—¿Qué dijiste? —replico, girando apenas la cabeza hacia él.
Adrián suelta una breve risa por lo bajo.
—Hablo de la música. Te transporta, te acompaña, te reflejas en ella y te…
—Te sana… o te recuerda el pasado —completo su frase-
Adrián reduce la velocidad y busca por un segundo el gris de mi mirada antes de volver a concentrarse en la carretera.
—No lo había pensado así —admite con calma.
Hace una pausa y detiene el auto cerca del embarcadero de Quai du Mont-Blanc 18.
—Llegamos al sitio —anuncia apagando el motor—. ¿Vamos?
Miro el lugar desde mi asiento mientras él rodea el coche.
Cuando abre mi puerta en un gesto de caballerosidad, el aire nocturno del lago me envuelve.
—¿Acaso vamos a subir al ferri? —pregunto, mirando el agua con cierta duda.
Adrián asiente con naturalidad.
—Sí. Vamos a dar un paseo por el lago en el ferri —explica con una sonrisa tranquila—. Es público, romántico y lo mejor… podemos cenar a bordo con una vista inigualable.
Debía ser una cena sencilla, no una emboscada con olor a romance, pero no voy a acobardarme, puedo con esto o eso creo.
Unos minutos más tarde
La música suena de fondo, mezclándose con el eco de voces indistintas mientras el ferri avanza sobre el lago. Estamos en la cubierta, rodeados por el murmullo de la gente y el vaivén suave del agua. Pero la noche ha resultado más peligrosa de lo que imaginé, porque este hombre sigue desconcertándome con su charla.
No es el mismo Adrián de hace unas horas atrás: provocador, irritante, empeñado en sacarme de quicio. Ahora es todo lo contrario. Amable, atento… incluso divertido. Y eso, para mi desgracia, lo vuelve más difícil de manejar.
Adrián apoya los antebrazos en el barandal mientras observa el reflejo de las luces sobre el agua.
—El tipo, bien descarado, me dijo: esto no es rentable para mí. Así que necesito una indemnización por mi tiempo —relata entre risas, sacudiendo apenas la cabeza.
Lo observo de reojo.
—Claro que no le pagué un centavo —continúa con naturalidad—. Lo saqué con la seguridad de la empresa.
Asiento despacio, apoyando una mano en el barandal mientras el viento me mueve el cabello.
—A veces sucede. No podemos ser indulgentes.
Adrián gira la cabeza y me observa con más atención, como si intentara descifrar algo en mi expresión.
—Pero tú eres agresiva… —observa con voz inquieta—. Como si necesitaras vivir defendiendo tu posición, tu lugar… ¿puedo saber el motivo?
Cruzo los brazos con calma, sosteniendo su mirada.
—Seguro que pusiste mi nombre en el buscador y ya sabes todo sobre mi vida —reviro con un dejo de irritación.
Él se gira por completo hasta quedar frente a frente conmigo. Su mano descansa en el barandal, muy cerca de la mía.
—Hubiera sido tan fácil —reconoce con tranquilidad—, pero no me interesa lo que se dice de ti, sino la verdad de tus labios.
Sostengo su mirada un segundo más de lo necesario antes de apartarla.
—Prefieres hurgar en mi vida yendo a la fuente —espetó con sarcasmo.
Adrián se encoge de hombros, como si la acusación no le molestara en lo más mínimo.
—Debe ser más entretenido que mirar un monitor —añado con ironía—. Claro, a él no lo puedes irritar con tus comentarios.
Adrián inclina apenas la cabeza, sin apartar el azul de su mirada de la mía.
—Ni puedo ver esa mirada fulminante, ni esos labios carnosos, ni tener esta charla dinámica —apunta con calma—. Ese es el privilegio de las citas… poder conocer al otro.
Lo fulmino con la mirada.
—Tengo un novio falso que es irritante, provocador y demasiado invasivo…
La sonrisa de Adrián se ensancha apenas.
—Difiero —responde con suavidad—. Él no es tóxico, solo quiere conocerte, tener una relación falsa normal y quizás…
La frase queda suspendida entre nosotros.
Sus ojos bajan a mi boca. Los míos hacen lo mismo antes de que pueda evitarlo
Trago saliva y doy un paso hacia atrás, intentando recuperar algo de espacio… pero mi pie tropieza con una irregularidad de la cubierta.
Todo ocurre en un segundo.
Adrián reacciona por reflejo y me sujeta de la mano para evitar que pierda el equilibrio.
Quedamos demasiado cerca. A la distancia de un suspiro.
—¿Estás bien? —inquiere con la voz apenas contenida.
Mis latidos se disparan y el estómago se me encoge mientras su mano sigue atrapando la mía. No me muevo.
Mis pies no responden… incluso cuando lo veo inclinarse hacia mí.
La bocina del ferri estalla de pronto en el aire. Adrián se detiene a escasos centímetros de mis labios y ambos nos quedamos inmóviles un segundo… demasiado conscientes de la distancia que acabamos de cruzar.
Tres días después
Quisiera repetir que después de ese casi beso estuve a salvo, pero mentiría. Cada segundo fue más difícil alejarlo, mantenerme indiferente. Solo respiré con normalidad cuando crucé la puerta de mi pent-house.
Y desde entonces algo cambió entre nosotros. No sabría explicar exactamente qué es… pero está ahí.
A todo esto, el asunto de la alianza sigue su proceso: documentos, reuniones con los técnicos y ejecutivos. Y bajo ese pretexto tengo instalado a Adrián en mi oficina… o cumple con su papel de novio falso al pie de la letra.
Por eso ahora camino por el pasillo con mi mano entrelazada con la suya, mientras él comenta la reunión como si fuera lo más normal del mundo.
Sin embargo, por dentro cruzo los dedos para no encontrarme con el idiota de Lukas. Incluso es rarísimo no haberlo visto los últimos días en la empresa. Aunque la víbora de mi cuñada ha estado husmeando por los rincones, conspirando como siempre.
Adrián interrumpe mis pensamientos con total naturalidad.
—Mi vida, pensé que podríamos variar esta noche. Tal vez una velada íntima en mi casa —comenta de pronto.
Busco sus ojos.
—¡Me encanta el plan! —respondo con entusiasmo fingido, siguiéndole el juego.
Apenas nos alejamos de la recepción. Me inclino ligeramente hacia él.
—¿Fue solo teatro lo de la velada íntima? —pregunto entre dientes, mirando sobre mi hombro.
Adrián esboza una sonrisa lenta mientras presiona el botón del ascensor.
—Yo nunca juego, Valérie —responde con una sonrisa burlona.
Las puertas se abren y entramos.
—Adrián, no voy a volver a cenar contigo —advierto con frialdad—. Una vez fue suficiente.
Él gira la cabeza hacia mí.
—¿Por qué te asusta estar conmigo a solas? —pregunta con calma—. ¿Por qué insistes en ser agresiva?
Sus ojos se clavan en los míos.
El aire entre nosotros se espesa, entonces las puertas del ascensor vuelven a abrirse. Y lo veo.
El idiota de David Bingles aparece con una sonrisa que me revuelve el estómago.
Mi cuerpo se tensa al instante. Siento la chispa de la ira encenderse detrás de mis ojos, pero antes de que pueda repetirle un par de insultos, su voz invade el ascensor.
—¡Valérie! Te ves fabulosa… más bella de lo que recordaba —dice David con su voz seductora, recorriéndome de pies a cabeza con una mirada descarada.
Lanzo una mirada rápida a Adrián. Su rostro se ha endurecido y no tengo idea de qué estará cruzando por su mente. Por puro reflejo, sujeto su brazo.
David sonríe con una confianza venenosa.
—¿Qué tal si me das un recorrido por la empresa? —añade con suavidad—. Lo merezco por los viejos tiempos.