El mismo día
Ginebra
Adrián
Siempre pensé que el pasado era un conjunto de aciertos, errores y recuerdos, pero que al final uno terminaba siendo un sobreviviente. Yo era la prueba viviente: aun con heridas y rotos seguía en pie.
Pero, el pasado de Valérie me inquietaba. No por la posibilidad de que fuera madre… sino por el hombre que la había embarazado.
Por eso necesitaba saber qué había descubierto Germán. Sin embargo, su maldito silencio ahondaba mis dudas.
Finalmente, su voz rasgó en el ambiente.
—Lo que encontré sobre la vida de Valérie Laurent es lo que se dice en nuestro entorno… —comentó con cautela.
Fruncí el ceño.
—¿Y qué es eso exactamente? —pregunté con dudas
Germán soltó un suspiro antes de responder.
—El idiota de su exnovio le fue infiel… quedó embarazada muy joven…
Sentí que el estómago se me tensaba.
—Pero yo no vi a su hijo en el departamento —repliqué, confundido, mientras pasaba una mano por mi nuca.
Germán dudo antes de continuar.
—El bebé murió horas después de nacer…
Me quedé sin palabras. Tragué saliva porque no esperaba esa revelación de Germán, pero todo comenzó a encajar.
Valérie conocía el dolor. También había perdido a alguien de manera inesperada.
—Debió quedar destruida … —murmuré al fin, con la voz más baja—. Su agresividad es su manera de protegerse… de evitar que le rompan el corazón de nuevo.
Germán soltó un silbido.
—¡Rayos! Ella te interesa más de lo que pensaba —comentó sorprendido.
Enderecé la espalda en la silla.
—¿Y cuál es el problema? —repliqué con malestar.
Germán soltó una carcajada.
—¡No, hombre! Ya caíste redondito en sus redes… y sin resistirte —hablo divertido, dándome una palmada en el hombro.
Guardé silencio.
Porque, si era sincero, ni yo mismo entendía lo que me sucedía con Valérie, pero Germán gozaba a mi costa.
Soltó otra risa burlona.
—Tu cara de tonto lo grita a los cuatro vientos —se burló, señalándome con el dedo—. Y será mejor que comience a redactar mi discurso.
Fruncí el ceño.
—¿De qué estás hablando? —escupí confundido.
—Del que daré en tu boda con Valérie —respondió con descaro—. Y no te perdonaré si no soy el padrino.
Resoplé cansado y negué con la cabeza.
—¡Cállate, Germán! —gruñí, lanzándole una mirada de advertencia—. Hay un largo camino para llegar a ese punto.
No mentía. Ni siquiera sabía si sería capaz de derribar ese muro invisible entre Valérie y yo, más bien el primer paso era nuestra cita.
Y no iba a negarlo… estaba emocionado. También relajado después de saber que no tenía un rival. Aunque eso no significaba que todo fuera sencillo.
Aun así, la velada no fue un campo de batalla como había imaginado. Por momentos pude ver a la Valérie real: la divertida, la sensual, la auténtica. Esa mujer que, sin darme cuenta, me tenía hechizado de una manera absurda.
—Te juro que fue culpa de Lukas, no le pinté la cola al gato… —relataba entre risas—. Pero de nada sirvió quejarme o llorar. Me castigaron dos semanas… y siendo inocente.
La observaba con atención, como si escucharla fuera lo más natural del mundo, pero poco a poco la sonrisa en sus labios comenzó a desvanecerse.
—Lukas siempre me consideró un estorbo… una intrusa en la familia —continuó, y su voz fue apagándose—. Alguien que había llegado a arruinarle la vida.
Bajó la mirada un segundo.
—Y a esa edad lo que necesitaba era cariño —añadió en un murmullo— sentirme bienvenida.
Sus ojos reflejaron una mezcla de tristeza y rabia.
—Supongo que debió ser difícil aceptar que tu madre murió… tener que vivir con desconocidos —comenté con cautela.
Soltó un suspiro.
—Me sentía como un animal fuera de su hábitat… —admitió en voz baja—. Ni salía de mi habitación los primeros días.
Hizo una pausa.
—Pero Beatriz, con una paciencia enorme, fue sacándome de mi burbuja… preocupándose por mí, criándome como si fuera su hija.
Asentí despacio.
—Ese vínculo que tienes con tu madrastra es lindo —señalé con sinceridad—. No cualquiera cría al hijo de otra mujer…
Valérie esbozó una sonrisa suave, aunque había algo en sus ojos que no lograba descifrar.
—¿Tú lo harías? —pregunté con voz inquieta—. ¿Tratarías con amor a esa criatura… aunque no lleve tu sangre?
Sí. Estaba pensando en Vera. Necesitaba saber si Valérie sería capaz de aceptarme con mi pequeña… sin verla como un estorbo.
—Adrián… —explicó con sinceridad— la sangre para mí nunca ha sido sinónimo de amor. Lo viví… lo vivo con mi propio hermano.
Fruncí el ceño.
—Aún no respondes lo que quiero saber —insistí en voz baja.
Ella dejó la copa sobre la mesa con suavidad.
—Claro que sí —respondió con firmeza—. Criaría a alguien que me necesite… que me deje ser su madre. Aunque no lleve mi sangre.
Y eso fue todo para lanzarme por completo, para dejar de ponerle frenos a mi corazón. Desde entonces buscaba cualquier excusa para escuchar su voz, para verla, para entrar en su vida.
Por eso estaba en su empresa. No para continuar con el teatrito de novios, más bien deseaba una velada intima siendo los dos sin corazas, sin apariencias. Pero en un giro drástico las puertas del ascensor se abrieron y apareció un imbécil.
Un sujeto de cabello rubio claro, ojos verdes maliciosos, de unos treinta y tantos años. Vestido con un traje impecable y con una voz empalagosa que ya me resultaba irritante… pero lo que realmente provocó mi rabia fue la manera descarada en que desnudaba a Valérie con la mirada.
Y ahora mismo quiero romperle la cara. Enseñarle a respetar a las mujeres. Lo malo es que Valérie sujeta mi brazo con firmeza. También necesito saber qué carajos hay entre ellos.
Finalmente, su voz rompe el silencio que nos envuelve.
—David, los insectos como tú no merecen atención —dice Valérie con tono firme antes de rodar los ojos hacia mí.
Su mirada se clava en la mía, pidiéndome calma.
—Y por si no lo has notado, estoy acompañada por mi novio… Adrián Volkov.
Eso era exactamente lo que quería escuchar. El idiota no le interesa.
Doy un paso adelante para enfrentarlo.
—Ya escuchaste, imbécil —vocifero cerca de su rostro—. Date la vuelta y no molestes a mi novia.
Aún siento la mano de Valérie sujetando mi brazo, como si intentara contenerme.
David esboza una sonrisa burlona.
—Amigo… será difícil lo que quieres —revira con su voz venenosa—. Me contrataron. Soy el nuevo asesor de la gerente de marketing.
Hace una pausa calculada, disfrutando el momento.
—¿Llamó a Céline Laurent para que lo confirme?
Aprieto los dientes.
—Amor, no vale la pena este imbécil —interviene Valérie justo cuando las puertas del ascensor se abren en la cochera.
Sigo fulminando a David con la mirada.
—Vamos, Adrián —insiste Valérie, tirando suavemente de mi brazo.
Salimos del ascensor y ella prácticamente me arrastra hacia los autos. Su mano sigue cerrada en mi brazo, como si supiera perfectamente que estoy a punto de perder la paciencia.
Camino a su lado con la mandíbula apretada, los celos devorándome.
Pero de pronto escucho su voz antes de llegar al coche.
—Pensándolo bien… lo de la cena no suena tan mal. ¿Qué tienes planeado? —dice con su voz serena.
Giro apenas la cabeza buscando sus ojos.
—Espera… espera, Valérie —murmuro con mi voz irritada—. Sé lo que intentas hacer.
Frunzo el ceño.
—Pero ahora mismo todavía no entiendo lo que pasó en el ascensor. ¿Por qué no le diste un par de bofetadas a ese idiota? ¿Por qué no me dejaste ponerlo en su sitio?
Valérie se detiene frente a mí.
—Eso no forma parte de nuestro acuerdo —responde cortante—. Tampoco puedes ponerte celoso.
Hace una pequeña pausa.
—¿Lo estás? —pregunta con una mirada envuelta en dudas.
Suelta una risa sin humor.
—Al carajo el acuerdo —estallo rabioso—. Tengo derecho a saber quién es ese tipo. ¿Qué significó en tu vida?