Pactos, charlas, y más (1era. Parte)

1258 Words
El mismo día Ginebra Valérie Un vil chantaje fue lo que recibí de Adrián. No hubo ni un rastro de caballerosidad, mucho menos de empatía conmigo. Quizá me lo merecía después de haber sido tan agresiva con él, pero tampoco le estaba pidiendo que asesinara a alguien. Solo necesitaba que fingiera ser mi novio. Nada complicado. Y por más que me disgustó, tuve que pactar con él. No había muchas opciones. Aunque, siendo sincera, su actitud me intrigaba. ¿Por qué me ayudaba? ¿Cuál era el verdadero motivo para aceptar ser mi novio? Por supuesto que desconfiaba. En mi experiencia, todos los hombres quieren algo de ti: sexo sin compromiso, otros buscan una novia que los mantenga, y también están los que solo quieren exhibirte como un trofeo decorativo. Pero con él estaba un poco perdida. No sabía qué demonios buscaba de mí. Aun así, durante el resto de la velada intenté descifrar sus intenciones. Pero cada segundo a su lado sentía que mi cuerpo me traicionaba. Porque, a pesar de saber que todo era un teatro, el roce de sus manos, su mirada profunda y sus besos me empujaban hacia el borde del precipicio. Sin embargo, apenas estuvimos solos volvió mi máscara de indiferencia, esa que me protegía de los imbéciles. Pero Adrián siguió tensando la cuerda con su propuesta de acompañarme a mi departamento. Ahí se encendieron todas mis alertas. No tenía ninguna intención de involucrar a mi hija en una relación falsa, mucho menos de darle explicaciones a Adrián sobre mi pasado. Pero el muy terco no se conformó. Volvió a amenazarme, volvió a aprovechar la ventaja que tenía sobre mí. En fin, acepté verlo en mi departamento. Creí que no sería mala idea poner todo por escrito. Al fin de cuentas se trataba de un acuerdo, de un contrato con fecha de caducidad. Por eso madrugué para consentir a mi hija, para tener un poco más de tiempo con ella. Estaba en la cocina preparando el desayuno cuando escuché su vocecita resonar por la casa. —¡Panqueques y chocolatada! —exclamó con energía. Sonreí sin poder evitarlo. —Como te gusta, mi pequeña —susurré mientras deslizaba el plato sobre la mesa. —Hoy por fin vamos al zoológico —dijo, con los ojos brillando de emoción. No pude evitar hacer una mueca. —Lo prometiste, mami… —agregó en voz baja. La tristeza en sus ojos me atravesó el pecho como un puñal. Aparté la silla y me senté frente a ella, sintiéndome fatal por no poder cumplirle. —Lo sé, Mia. Y te juro que quiero llevarte, pero tengo una reunión inesperada de trabajo… —¿Con quién? —preguntó, haciendo un puchero. Negué con la cabeza, tratando de suavizar la mentira. —No importa, hija. Desayuna primero. Luego baño de burbujas, te vistes y sales a dar una vuelta con Mildred… y después las alcanzo. —¿De verdad? —preguntó, sus ojitos brillando de nuevo. Me incliné y acomodé un mechón de su cabello detrás de la oreja. —Sí, mi bebita. Ahora termina el desayuno. Si bien Adrián llegó puntual, yo estaba colgada con una llamada inoportuna de uno de los supervisores de producción. No tuve más remedio que hacerlo pasar mientras resolvía el problema. Cuando por fin regresé a la sala, lo encontré de pie junto a la repisa, con una de mis fotografías entre los dedos. Ahora estamos en un silencio prudente e incómodo. No tengo intención de decir nada. No cuando eso implicaría remover un pasado doloroso. No cuando esa herida todavía sigue abierta. Le arranco la foto de las manos y la vuelvo a colocar en su lugar. —No sabía que fueras tan curioso —suelto, cruzando los brazos con fastidio—. Menos que te haya dado la confianza para interrogarme. Adrián ladea la cabeza, con esa calma que me irrita hasta los huesos. —Anoche no pensabas igual —lanza con una sonrisa divertida—. Me correspondieron todos los besos que nos dimos. ¿Por qué será? Lo fulmino con la mirada. —Lástima que no pueda darte tu merecido —replico con ironía, mordiéndome el labio para no sonreír ante su descaro. Él sonríe, como si leyera mi mente. —¿Me vas a dar otro beso apasionado y ardiente? —provoca, acercándose un paso más—. —Los estoy guardando para un momento especial —respondo sin pestañear—. Pero hoy no será. Él se encoge de hombros con descaro. —Hoy es mi cumpleaños — anuncia con una tranquilidad sospechosa. Frunzo el ceño con desconfianza. —Y pensé que mi novia falsa tendría al menos un poco de consideración —continua con su voz empalagosa. Adrián acorta la distancia. —Así que te cobraré todos los besos por adelantado —susurra con descaro—. Y algo más. Me aparto de golpe, levantando una mano para frenarlo. —Ni lo sueñes —protesto—. Quédate quieto. Él alza las manos en falsa rendición, con esa sonrisa que promete travesura incluso ahora. —Entendido —dice con seriedad fingida—. Entonces debemos poner todo por escrito. Se dirige a la mesa, gira la silla y se apoya en el respaldo. —Punto uno: besos apasionados, manos inquietas, miradas intensas, palabras cariñosas. Lo observo un instante, evaluando cada gesto. —Siéntate, Adrián —ordeno, señalando la silla frente a mí—. Hablemos como dos adultos. Un rato más tarde Vuelvo a mirar la hora con disimulo mientras Adrián lee el “contrato” como si fuera una negociación seria donde cada detalle importará. —¿Será que el señor terminará de leer el maldito contrato algún día? —pregunto con sarcasmo. Adrián suspira, dejando la frase colgando. —Lo hice… pero —y se detiene, dejándome expectante. Alzo la ceja. —¿Pero qué? —insisto, impaciente—. Explícate de una vez. —Aquí dice que no puedo tocarte —señala con un dedo la línea—. Pero no le encuentro sentido… si debemos besarnos o entrelazar las manos delante de los demás. Me inclino apenas sobre el papel, la mirada fija en la suya. —Bórralo —replico entre dientes—. Y ahora firma, para que puedas marcharte de mi departamento. Adrián ladea la cabeza con desdén. —Hace falta más que una firma en un papel para parecer una pareja realmente enamorada —revira, arqueando una ceja—. Suelto una risa corta. —De acuerdo, cariño —respondo con ironía. Adrián deja el papel sobre la mesa y me clava la mirada. —Mi vida… no me refería a palabritas cariñosas —aclara con calma que me irrita—. Pensaba más bien en una cita romántica. A la luz de las velas… como hacen las parejas normales. Abro los ojos de par en par. Mi corazón se acelera, pero trago saliva y niego de inmediato. —No… —logro responder, firme. Él entrelaza los dedos sobre la mesa. —Valérie, no basta con asistir juntos a los eventos de tu familia —afirma, su voz firme, casi un desafío—. Tenemos que vender la historia de que somos novios. A la prensa, a la sociedad suiza… a cualquiera que pueda dudar. No me gusta el rumbo que está tomando este noviazgo falso. Pero más detesto dejar al descubierto a mi inexperto corazón. Adrián se inclina un poco. —Tengamos nuestra primera cita —propone en tono práctico—. ¿Te recojo a las ocho?
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD