Un paso más cerca de ti (1era. Parte)

1243 Words
El mismo día Ginebra Valérie Durante mucho tiempo enterré todo lo que quedó atascado en mi garganta cuando descubrí al canalla que tenía por novio. Siempre imaginé que, si algún día volvía a verlo, le escupiría cada insulto, cada palabra hiriente… y le daría un par de bofetadas. Descargaría toda la rabia acumulada durante años. Sin embargo, otra cosa fue vivir el momento. Volver a encontrarme con mi pasado, con ese error llamado David Bingles. Y lo más extraño fue que, durante esos pocos segundos frente a él, lo único que me importaba era Adrián. No quería una guerra de machos, mucho menos un escándalo en la empresa. Pero sí podía dejarle claro a David mi desprecio. Quizás fue un error. Porque fue como echarle gasolina al fuego. Vi la rabia reflejada en los ojos de Adrián, en la mandíbula apretada… y faltó poquito para que le estampara el puño en la cara. Aun así, intenté bajar la tensión del mal rato. La cena parecía una buena salida. Lo que no preví fue que Adrián me arrinconaría con preguntas sobre mi pasado. Y ahora observo la vena de su cuello palpitar, sus ojos encendidos y el rostro endurecido mientras espera mi respuesta. —No me hagas una escena aquí —susurro entre dientes—. Puede aparecer Lukas o la bruja de Céline… y se supone que somos una pareja enamorada. —Ah… —responde con una sonrisa irónica—. Si es así, no debería haber secretos entre nosotros. No debería haber un maldito contrato de por medio… solo sentimientos. ¿Acaba de insinuar que le intereso? No. Debe ser mera curiosidad. —Deja de reclamar como si tuvieras derecho a preguntar sobre mi pasado —replico con voz irritada. Adrián da un paso más e invade mi espacio. —Sí lo tengo. Sí puedo —gruñe cerca de mi rostro—. Quiero saber qué hubo entre tú y ese idiota. Me cruzo de brazos sin dejarme intimidar. —¿Por qué te interesa tanto mi vida? —me quejo—. ¿Por qué te comportas como un macho alfa? Adrián me lanza una mirada cargada de reproche. —¿Podemos hablar… o seguirás escondiéndote de mí? —presiona con su voz firme. Aprieto los labios. Levanto apenas el mentón, negándome a retroceder. —No me escondo de nadie —respondo con indiferencia. Adrián resopla frustrado, luego señala el coche. —Sube al auto. Parpadeo, sorprendida. —¿Perdón? —protesto por su orden y me clava el azul de su mirada. —Sube al auto —repite con voz firme—. Y no protestes. Entrecierro los ojos. Por un segundo estoy tentada a discutir… pero algo en su mirada me detiene. Un rato más tarde El silencio ha sido sofocante desde que subí al auto, tanto que ni me atreví a preguntar a dónde me llevaba Adrián. Tampoco porque no estaba lista para escarbar en el pasado. Ahora solo observo por la ventanilla el trayecto. Adrián gira el volante y al fin baja la velocidad, pero no comprendo qué hacemos delante del castillo de Chillon. ¿Acaso me encerrará en una mazmorra? ¿Esta es su idea de una cita romántica? Apaga el motor, rodea el auto y abre la puerta. Me ayuda a bajar… o más bien me arrastra hacia la entrada principal. Observo el ambiente con cautela mientras él sigue callado. —¿Qué se supone que hacemos aquí? —reclamo con un dejo de sarcasmo—. ¿Es parte de un paseo turístico o cenaremos aquí? Me ignora y sigue caminando por la escalera que lleva al mirador del lugar. Intento alcanzarlo, pero estos tacos no ayudan demasiado. —¡Adrián…! —alzo la voz—. ¡Adrián… por favor, espérame! Se detiene en seco y se gira despacio. Aprovecho para alcanzarlo y levanto la barbilla con desafío. —No es correcto que me tortures por no querer hablar de mi pasado. No puedes obligarme… Me mira sin pestañar. —Venía a este lugar con Joyce, pero nunca me atreví a darle el anillo —confiesa Adrián con la voz quebrada, apartando la mirada—. Ella se conformó con un papel… un maldito papel que no representaba lo que sentía por ella… Sus palabras me paralizan. —Me duele el pasado —continúa con la voz rota—. Por eso no hablo de el. Trago saliva mientras un nudo empieza a formarse en mi garganta. —¿Qué pasó con Joyce? —Era mi esposa… murió en un choque de autos. Se gira hasta quedar frente a frente conmigo. —No puedes cambiar el pasado… pero sí seguir adelante. Bajo la mirada. —Yo lo hice después de que el idiota de David me engañó… después de sentirme morir. Adrián me observa con intensidad. —¿Y aún te duele? ¿Aún te importa él? Levanto apenas la mirada. —Adrián, no necesitas una explicación… lo palpaste. Anula la poca distancia que nos separa y desliza su mano en mi cintura. Mi corazón late errático. Todo mi cuerpo tiembla, su aliento roza mi rostro. Entonces se inclina hasta quedar a la distancia de un suspiro de mis labios. Mi mirada cae por un segundo en su boca… y sé que él lo nota. Debería apartarme… pero no lo hago. —Me interesa escucharlo de tus labios —susurra. Pero las palabras no salen. Y ese instante de silencio es suficiente para que se adueñe de mis labios. El beso comienza lento. Casi cuidadoso. Su boca se mueve con una paciencia que me desarma, como si estuviera probando algo que llevaba tiempo esperando. Pero cuando su lengua roza la mía… algo en mi deja de resistirse. Una corriente caliente me recorre el cuerpo. Nada que ver con los besos fingidos que hemos dado antes. Este es distinto. Más profundo. Más real. Cada segundo parece arrastrarme un poco más lejos de la sensatez. Hasta que, por mi propio bien, apoyo la mano en su pecho y detengo el beso. Respiramos cerca, demasiado cerca. Una pequeña sonrisa se dibuja en sus labios. —Tengamos nuestra cena romántica como una pareja —señala entrelazando su mano con la mía. Al día siguiente La velada se extendió más de lo necesario. Llegué tardísimo a mi departamento y ahora estoy sufriendo las consecuencias. Camino apurada por el pasillo de la escuela, esperando que me reciba el director mientras Mia está con la niñera en los columpios. Mis tacos repican en el suelo, abriéndome paso entre algunos estudiantes y padres que conversan a los lados. Vuelvo a mirar los papeles de la inscripción antes de llegar a la oficina, pero mi atención se desvía por un segundo hacia el fondo del pasillo. Me quedo inmóvil. ¡Mierda! ¿Ese no es Adrián? ¿Qué carajos hace aquí? El corazón me da un vuelco. Pero ya es tarde para escapar. Me vio y ahora viene en mi dirección. Enderezo la espalda y cruzo los brazos, preparándome para el choque. —No me equivoqué cuando dije que eras tóxico —suelto con ironía—. ¿Me has seguido hasta aquí? Adrián se detiene frente a mí y me mira con una expresión confundida. —Buenos días, Valérie —responde con calma—. Podría decir lo mismo de ti… pero creo que debe haber una explicación lógica para verte en esta escuela. Inclina apenas la cabeza. —Te escucho.
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