El mismo día
Ginebra
Adrián
Furioso, celoso, enloquecido y mucho más me sentía al ver esa maldita coraza de Valérie. Por favor no era tan complicado lo que pedía, solo quería sinceridad sobre su pasado, pero cada segundo me irritaba su actitud. Y sin darme cuenta estábamos discutiendo como una pareja real. Entonces aun con la cabeza hirviendo le ordené subir al auto, pensé que se iba a dar la vuelta y mandarme al diablo.
No sucedió, todo lo contrario, el silencio se convirtió en un refugio. Pero tenía algo claro: Valerie debía comprender que también tenía un pasado como el suyo, que no era ese hombre exitoso y feliz que pintaban la prensa, sino alguien roto, con heridas profundas, pero que estaba dispuesto a intentarlo si ella me daba la oportunidad.
Se me ocurrió llevarla a ese sitio que compartí con Joyce. Pensé que era hora de dejarla entrar a mi vida, para que ella también lo haga. Y al fin se abrió, no del todo, pero era de esperarse. No iba a tumbar ese muro de golpe, pero esa grieta me bastó para saber que me correspondía.
La velada se fue autentica, especial y peligrosamente intensa. Porque cada segundo que pasaba me sentía como un maldito adolescente enamorado.
Al punto de contemplarla embobado mientras hablaba de la vida.
—Todo el mundo dice que cuando amas algo debes aprender a dejarlo ir… —comentó pensativa, girando lentamente la copa entre sus dedos—. Pero debe ser una estupidez…
Ladee la cabeza.
—Depende del contexto —respondí con calma—. Tenemos la manía de ser salvadores, de creer que el amor todo lo puede… y a veces simplemente no se puede luchar contra la corriente.
Valérie alzó la ceja.
—Y tú eres un salvador —soltó sin rodeos—. Por eso quieres retroceder el tiempo y volver a ese día que perdiste a tu esposa. Quieres que siga a tu lado.
Mi mirada se clavó en la suya.
—En ese momento sí… —admití con voz baja—. Me negaba a aceptar su pérdida. No quería vivir sin ella.
Valérie asintió despacio.
—Pero su recuerdo lo tienes guardado en un rincón de tu memoria… para que no duela y…
—Y puedas sanar —completé su frase con una leve sonrisa—. Para poder volver a comenzar con alguien especial.
Deslicé la mano por encima de la mesa hasta atrapar la suya.
Valérie se tensó apenas con el roce.
—Adrián… —susurró, mordiéndose el labio inferior—. No compliques todo.
Sonreí sin soltar su mano.
—Creo que ya es tarde para eso… —respondí con sinceridad—. Tú me interesas mucho. Quiero que seas más que mi novia falsa.
Valérie dejó escapar un suspiro.
—¡Uff…! —exclamó nerviosa—. Ya has roto varias cláusulas del contrato.
Tomó la copa de vino y bebió un pequeño sorbo.
No pude evitar reír.
—Y me faltan otras tantas —repliqué divertido.
Sus ojos se abrieron de par en par. Luego levantó la copa y bebió el resto del vino de un solo golpe. Pero no salió escapando… y eso ya era una buena señal.
A todo esto, cuando la dejé frente a su edificio no insistí en subir. No quería meter la pata por apresurado. Además, al día siguiente tenía que madrugar.
Vera ya estaba en edad de comenzar la escuela y no podía seguir posponiéndolo. Por eso, hoy temprano estaba en la cocina con una taza de café humeante entre las manos cuando escuché sus pequeños pasos acercándose.
—Hola, papi… —saludó Vera con su vocecita adormecida desde la puerta de la cocina—. La abuela dijo que hoy empezaba la escuela. ¿Me vas a llevar?
Me giré despacio.
La encontré ya lista para salir, con su mochilita colgada del hombro y las trencitas doradas perfectamente acomodadas en su cabello.
Una sonrisa se dibujó en mi rostro.
—Hola, princesa —respondí con ternura.
Me incliné para dejarle un beso en el cabello.
—Vamos a conocer la escuela, hablar con la profesora… pero por hoy Lucía te acompañará al salón —le expliqué con calma—. Estará contigo.
Vera frunció la nariz de inmediato.
—Yo creí que tú lo harías… —se quejó bajito, mirándome con sus ojitos tristes.
Solté una pequeña risa y le acomodé una de las trenzas.
—Vera, no hagas pucheritos —le dije con paciencia—. Me quedaré un momento, pero después tengo que marcharme a trabajar.
Sus ojos se iluminaron al instante.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Eres el mejor papi! —exclamó emocionada, dando un pequeño salto.
Un rato después, apenas apagué el motor frente a la escuela, Vera salió disparada del auto, arrastrando a su niñera hacia el edificio con la energía de un torbellino.
Sonreí al verla correr. Pero todavía me faltaba completar el papeleo de inscripción, así que me encaminé hacia la dirección. Lo que nunca imaginé… fue coincidir en ese lugar con Valérie y dije lo primero que se me cruzó por la mente.
Y ahora somos prisioneros de un silencio prudente.
Valérie me sostiene la mirada con esa calma que siempre parece esconder algo. Yo intento mantenerme aplomado, aunque por dentro sigo preguntándome qué demonios hace aquí.
Finalmente, su voz rasga el ambiente.
—¡Ah… Beatriz! —titubea un segundo antes de continuar—. Beatriz vive involucrada en sus labores benéficas. Me habló de unas becas para los niños de un orfanato… y me ofrecí a ayudarla viniendo a charlar con el director de la escuela.
Frunzo el ceño.
¿Ayuda? ¿Becas? ¿Y por qué no vino su madrastra?
La observo unos segundos más, tratando de descifrarla, pero no puedo evitar que una sonrisa se dibuje en mis labios.
—Tienes un lado dulce después de todo —suelto con un tono divertido—. Muy noble.
Valérie entrecierra los ojos de inmediato.
—Eso no fue un cumplido muy sincero —se queja, cruzándose de brazos—. No deberías juzgarme sin conocerme bien.
Me encojo de hombros.
Ella niega con la cabeza, como si mi actitud la irritara.
—¿Y puedo saber qué hace mi novio falso en la escuela… o es un secreto? —pregunta con un deje de ironía.
Hago una mueca.
—¡Auch…! —respondo llevándome una mano al pecho con exageración—. No sigas diciéndome que soy tu novio falso. Suprime la última palabra. Creí que ya habíamos aclarado ese punto.
Valérie alza una ceja.
—Primero responde —replica con firmeza—. Y tal vez considere hacerlo.
Suelto un suspiro resignado.
—Me llamó… mi ahijada —improviso con voz segura—. La hija de Phillip. Me pidió ayuda porque la profesora quería hablar con un adulto sobre su comportamiento… y no pude negarme.
Valérie me observa en silencio unos segundos.
Luego niega con la cabeza.
—Eres muy débil —dice con una pequeña sonrisa burlona—. Te comerán vivo cuando tengas hijos…
La miro con diversión.
—Tal vez… —admito con calma—. O dejaré que mi bella esposa los regañe.
Valérie traga saliva.
Sus dedos se cierran con más fuerza alrededor de la carpeta que lleva entre las manos, pero no aparta la mirada de la mía.
En ese instante, la puerta de la dirección se abre.
Una mujer mayor aparece en el umbral con unos lentes sobre la nariz y una libreta en la mano.
Nos observa a ambos con curiosidad.
—¿Cuál de los dos quiere hablar con el director? —pregunta mirándonos directamente a los rostros.
Unos días después
Dejé que Valérie ingresara primero a la oficina del director; después lo hice yo. Apenas firmé los papeles la busqué con la mirada por el lugar, pero no había rastro de ella.
Desde entonces anda un poco distante, ausente. Ya ni escucho sus palabras irónicas, ni agresivas… y eso sí me inquietaba.
Tal vez fue mi culpa por mencionar el tema de los hijos. Pero con Valérie no existían manuales ni reglas. Solo me dejaba arrastrar por este sentimiento que todavía intentaba asimilar.
Lo cierto es que ahora tengo las manos en el volante, con Vera sentada en el asiento trasero. Lleva su uniforme impecable y la mochilita apoyada a su lado.
Toco una vez más la bocina para abrirme paso en el tráfico cuando su voz rompe el silencio dentro del auto.
—Papi… —dice con su vocecita suave desde atrás—. Ayer volví a jugar con Mia y Tati.
Sonrío apenas mientras miro la calle.
—Me agrada saber que ya tengas amiguitas —le respondo con calma—. Eso es bueno.
Vera guarda silencio un segundo. Luego vuelve a hablar.
—Quiero invitar a Mia a jugar a la casa… —murmura con cierta timidez—. Ella tampoco tiene a nadie con quien compartir sus muñecas.
Levanto la mirada hacia el retrovisor.
Sus ojitos tristes me observan desde el asiento trasero y una punzada me aprieta el pecho.
—Puedo hablar con su mamá —señalo con calma— para que le dé permiso y venga a la casa.
Los ojos de Vera se iluminan.
—¿De verdad, papi…? —pregunta con ilusión.
Sonrío apenas.
—Vera, no te entusiasmes todavía —le advierto con suavidad—. La mamá de tu amiguita tiene que aceptar.
Ella se inclina hacia adelante en el asiento.
—Lo puedes hacer ahora —insiste con entusiasmo—. Siempre la deja su mamá en la escuela.
Bajo la velocidad y estaciono el auto frente al edificio. Me quito el cinturón de seguridad y salgo para abrir la puerta trasera.
—Entonces esperemos a tu amiguita… y a su mamá —le digo mientras la ayudo a bajar.
La sonrisa de Vera se ensancha. Toma mi mano con fuerza mientras caminamos hacia la entrada.
Un rato más tarde
Vuelvo a mirar el reloj de mi muñeca por tercera vez. La impaciencia empieza a carcomerme mientras sigo pendiente de cada auto que estaciona frente a la entrada de la escuela. Sin embargo, todavía nada. No aparece la amiguita de Vera.
Exhalo con cierta frustración y vuelvo la mirada hacia mi hija.
—Vera, esperaré cinco minutos más —le advierto con calma—. Después debo irme a la oficina.
—¡Papi…! —me reclama con su vocecita, frunciendo el ceño.
Sonrío apenas y me agacho frente a ella para quedar a su altura.
—Princesa —le explico con paciencia—, todavía no me voy. Todavía puede llegar tu amiguita.
Vera asiente despacio, aunque su mirada sigue clavada en la entrada de la escuela.
En ese momento, el celular vibra dentro del bolsillo de mi traje.
Frunzo el ceño.
Meto la mano y saco el teléfono. En la pantalla aparece un nombre que no esperaba ver ahora: Valérie.
—¡Rayos…! —murmuro por lo bajo.
¿Para qué me llama? ¿Se habrá adelantado la reunión con Lukas?