Jugando con fuego (1era. Parte)

1472 Words
Dos días después Ginebra Adrián En una primera impresión se conoce muy poco de una persona, pero si uno presta atención puede descubrir más de lo que parece. Y yo había sido muy observador con Valérie. Era una mujer de negocios… y con un carácter infernal. Por eso hice un movimiento arriesgado al mencionar mi interés en hablar con su hermano sobre la propuesta. Alguien como ella no parecía el tipo de mujer sumisa que aceptaba órdenes sin discutir, ni mucho menos alguien dispuesto a dejarse desplazar por un superior. Todo en ella gritaba competitividad, ambición, liderazgo. Así que aposté por eso para que fuera mi conexión con su empresa. Aunque, por más que intenté suavizar la tensión entre nosotros, no hubo forma. Ella seguía tratándome con una agresividad apenas disimulada. Y debí de haber sido el mayor imbécil por no dar media vuelta y marcharme. Pero la verdad era que disfrutaba verla en su pose profesional cuando cada segundo buscaba enfurecerla. Y allí estábamos, en el departamento de diseño, mientras sostenía los bocetos entre mis manos. —¿Será que el señor es un experto en tendencias… —preguntó con una ironía apenas disimulada— o simplemente no tiene la capacidad para comprender unos dibujos? Torció la boca con desprecio. —¿Así no los llamaste? —añadió con sarcasmo. Incliné un poco la cabeza, fingiendo pensarlo. —¿Me creerías si te digo que no recordaba el término correcto? —respondí con una calma deliberada. —No —replicó con frialdad. Sus ojos grises se clavaron en los míos. —Eres de los tipos que menosprecia las ideas de la gente que estudió para esto… —continuó con un tono firme— y cree que son innecesarias. Pero te equivocas: la industria de la moda mueve billones de euros cada día. Me llevé una mano al pecho con exageración. —¡Auch! —dije en tono dramático—. Ahora me darás una clase magistral. Chanel, Versace… ¿quién sigue en la lista? Sus labios se tensaron apenas. —Aunque no lo admitas, tú mismo estás dentro de ese mundo —respondió con seguridad. Tomó un catálogo y lo abrió frente a mí, señalando uno de los relojes. —No creas que la gente compra tus diamantes solo por lujo o poder —continuó con paciencia calculada—. Lo hacen por tendencia. Deslizó el dedo por la página. —Por eso nos necesitas. Nuestros relojes marcan tendencia. Todos quieren uno. Y con tus diamantes podríamos llegar a otro tipo de público. Fruncí el ceño —Quizás… —murmuré, pensativo. Hice una pausa antes de añadir: —Pero necesito ver tus diseños combinados con mis diamantes. Solo entonces podré visualizar si vale la pena una alianza… o una colaboración. Cerré el catálogo. —¿Cenamos y seguimos discutiéndolo? —pregunté con una media sonrisa. Ni siquiera dudó, me arrancó el catálogo de las manos con brusquedad. —Tengo un compromiso previo —respondió seca. —¿Mañana? —insistí, todavía tranquilo. —Habla con mi secretaria —dijo con tono profesional— y pide una reunión en horario de oficina. Asentí lento —Fría… pero eficiente —comenté con un deje divertido. Valérie ya caminaba hacia la puerta. —Eficiente —replicó sin volverse—. Lo de fría es tu opinión. Sonreí. Y por alguna razón, ya estaba pensando en volver a verla. Lo cierto es que sigo atrapado entre carpetas de presupuestos, propuestas, balances y reportes. No veo la hora de salir de la oficina cuando escucho la puerta abrirse sin previo aviso. Levanto apenas la mirada. Y ahí está Viktor Volkov, mi padre, con esa pose rígida que siempre anuncia un sermón. —Adrián, menos mal que te encuentro en la oficina. Necesitamos hablar —dice con tono firme, sin molestarse en cerrar la puerta. Dejo el bolígrafo sobre el escritorio. —Sé breve, por favor, papá. Estoy ocupado —respondo con impaciencia. Su mirada recorre el escritorio abarrotado de papeles antes de volver a mí. —De eso me doy cuenta. Apenas charlamos, ya ni nos visitas. Tu madre está preocupada por ti —señala con cierta severidad. Alzo una ceja, escéptico. —¿Mi madre o tú? —pregunto con ironía Mi padre suspira cansado. —Ambos, en realidad —responde con calma forzada—. Hijo, no puedes continuar de esta manera. Si no estás enfrascado en el trabajo, estás con algunas de tus aventuras —añade con reproche. Me inclino hacia adelante. —Cumplo como padre, me desvivo por Vera y eso no lo puedes cuestionar —espeto con firmeza. Mi padre asiente una vez, pero no cede. —Pero no es suficiente. Necesitas estabilidad, una relación formal. Piensa en Vera… crecerá y debe tener una figura maternal a su lado —enumera con malestar. Dejo escapar una risa corta. —Hablas como si fuera fácil, como si se tratara de mirar un escaparate y elegir —replico con amargura. Él niega suavemente con la cabeza. —No he dicho tal cosa. Solo mencioné que debes dar vuelta a la página. Sanar de verdad, entender que la vida continúa —dice con paciencia. Lo observo unos segundos antes de preguntar: —¿Quieres que encuentre una madre para Vera? —mi voz suena más seria ahora. Su expresión se suaviza un poco. —Quiero verte dispuesto a ser feliz… y eso lo logras abriendo la puerta al amor —responde con tono más conciliador. Entonces mete la mano en el bolsillo de su chaqueta y desliza una invitación sobre mi escritorio. El sobre se detiene justo frente a mí. —Inténtalo —añade en voz baja. Tomo la invitación entre mis manos y la giro con aparente desinterés. Una gala en una galería. Otro evento lleno de sonrisas falsas y conversaciones vacías. Pero mientras observo la tarjeta, una imagen se cuela en mi mente. Cabello rubio, ojos grises y un carácter infernal: Valérie. Aprieto apenas la invitación entre los dedos. Tal vez… esta noche no sea tan aburrida. Horas más tarde Después de algunos apretones y sonrisas educadas sigo como tonto viendo la exhibición de este escultor. Aunque no le encuentro sentido o no comprendo a que le dicen arte en la actualidad. Me giro para tomar una bebida de la bandeja del mesero cuando mis ojos se fijan en una silueta. Sonrío al ver a Valérie espantando algún idiota, no miento eso parece por su expresión. Agarro dos copas de champagne y avanzo en su dirección. Aclaro la garganta y dejo escapar la voz. —Valérie, tu copa de champagne —digo con naturalidad, extendiendo la copa hacia ella. Ella me mira por un segundo confundida, pero termina sujetando la copa. Entonces fijo la mirada en el sujeto frente a ella y mi rostro se endurece. —Adrián Volkov —me presento con tono firme—. ¿Y tú eres? —Rick Connor, pero… —balbucea incómodo mirando entre nosotros— después hablamos Valérie. Voy a saludar a un amigo. Antes de que diga algo más, el sujeto sale disparado. Valérie me mira con evidente desconcierto. —¿Qué fue eso? —pregunta frunciendo ligeramente el ceño. Me llevo la copa a los labios con calma. —Se dice gracias Adrián. Gracias por rescatarme de ese imbécil —respondo con falsa cortesía. Ella resopla con molestia. —No necesitaba tu ayuda, podía con él —replica con fastidio—, pero querías tomar su lugar para torturarme. Sonrío apenas, fingiendo ofensa. —Discrepo contigo, no disfruto torturarte —replico llevando una mano al pecho con dramatismo—. ¿Qué clase de hombre piensas que soy? Valérie entrecierra sus ojos y tuerce la boca. Pero de repente me agarra del brazo muy cariñosa y me da una sonrisa dulce. Frunzo el ceño. ¿Y esto? ¿Qué le sucede? —Amor me encanta la exhibición —dice Valérie con una dulzura exagerada mientras aprieta mi brazo. Ahora sí debo estar enloqueciendo. ¿Acaba de repetir amor? —Lukas no te vi llegar —replica Valérie con naturalidad. Sigo su mirada. Veo a un hombre de unos 35 años, alto y de hombros anchos. Su cabello entrecano está peinado hacia atrás con descuido estudiado y sus ojos azules del mismo tono frío que su traje azul marino, nos observan con una calma calculada. Su mirada se detiene primero en Valérie… y luego baja lentamente hasta mi mano, todavía apoyada cerca de la suya. Como si evaluara algo. Una sonrisa venenosa se curva en sus labios, lenta, casi divertida. Valérie aprieta un poco más mi brazo antes de hablar. —Hermano, te presento a Adrián Volkov. Mi novio —le dice a Lukas con una sonrisa impecable. Luego vuelve su mirada a mí. —Amor saluda a Lukas —añade con dulzura peligrosa.
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