Savina Había pasado un mes desde nuestra boda, y las cosas estaban demasiado calmas, casi demasiado tranquilas. Si me lo hubiera dicho alguien antes, nunca habría creído que sería capaz de vivir en este tipo de paz, tan ajena a los altibajos que había experimentado durante las últimas semanas. La rutina se había instalado sin previo aviso, como una corriente suave que nos había envuelto a ambos, casi sin que me diera cuenta. Massimo, por su parte, nunca faltaba al desayuno. A las siete en punto, ya estaba en la mesa, esperando por mí, con su mirada fija en la ventana o en su teléfono, pero siempre con la misma paciencia implacable que lo caracterizaba. El momento de la cena no era diferente. Cada noche, puntual como un reloj suizo, aparecía a las nueve para que comiéramos juntos, sus ojo

