Savina Había decidido tomar el toro por las astas y enfrentar la situación como la mujer adulta que era. No podía seguir postergándolo, ni dejar que el miedo dictara mis acciones. No quería preocupar más a Massimo de lo que ya estaba. Desde el ataque, la tensión en la casa se había vuelto casi palpable, como un peso invisible que cargábamos en cada conversación, en cada mirada esquiva. Él apenas hablaba del tema, pero lo veía en sus gestos, en la forma en que cerraba la mandíbula cuando creía que yo no lo notaba, en el modo en que su cuerpo se tensaba cada vez que sonaba su teléfono. Y la mayoría de las noches, cuando finalmente llegaba a la cama, yo ya estaba dormida. No podía permitir que esto nos siguiera consumiendo. Iba a manejarlo sola y, si en algún momento sentía que se me salí

