Savina Salimos de la mansión en uno de los autos de Massimo, y tras un recorrido que apenas sentí, llegamos a un complejo que superaba, con creces, la ostentación de su hogar. La entrada era monumental, un enorme jardín que parecía extenderse kilómetros hasta donde alcanzaba la vista, muros altos que rodeaban toda la propiedad, coronados con cámaras de vigilancia en cada esquina. Aquello no era solo lujo; era poder en su máxima expresión. Pero claro, a la hora de la verdad, nadie tenía más poder que el hombre a mi lado. Sentía un nudo en el estómago. Nerviosa no era suficiente para describir cómo me estaba sintiendo. Esta era la segunda vez que salíamos en público, y todavía no lograba acostumbrarme a las miradas, los murmullos, a sentirme como un insecto bajo una lupa gigante. Massim

