Savina Había pasado una semana desde que nos mudamos. Después de tres semanas en aquella casa de seguridad y de que Massimo se hubiera “encargado de todo” (palabras suyas, no mías), una noche llegó con una carpeta gruesa y la dejó frente a mí, sobre la mesa del comedor. ―Elige el que más te guste, conejita. Abrí la carpeta con curiosidad y me encontré con un sinfín de fotografías: mansiones de todo tipo, algunas clásicas y otras ultramodernas, rodeadas de jardines extensos o con vistas a la ciudad. Todas imponentes, todas exclusivas. Miré a Massimo con el ceño fruncido. ― ¿Qué es esto? ―Nuestro futuro nuevo hogar― respondió con total naturalidad, como si fuera lo más lógico del mundo―. Elige la casa en la que quieras vivar, la que más te guste. Sentí un nudo en la garganta. No me

