Savina Había pasado una semana desde el ataque, y aunque las heridas todavía estaban allí, empezaba a sentirme mejor. Los moretones no habían desaparecido del todo, pero sus colores habían comenzado a desvanecerse, pasando de tonos oscuros y dolorosos a matices más suaves que prometían desaparecer con el tiempo. Ya no me dolía tanto moverme, y cada paso era un recordatorio de que mi cuerpo estaba sanando. Pero mi mente era otra historia. Había noches en las que cerraba los ojos y revivía todo. Las sombras, su voz, el frío pánico que me había paralizado en el peor momento. Esas noches, me despertaba con el corazón desbocado, incapaz de respirar, y era entonces cuando lo sentía a él. Massimo. Desde aquella noche en que me pidió que me quedara, no se había apartado de mi lado. Apenas ha

