Massimo La sangre se me heló en cuanto la escuché al otro lado del teléfono. Su voz era débil, apenas un murmullo entrecortado, pero el miedo en ella era inconfundible. Mi mente intentaba procesar lo que estaba pasando, pero nada tenía sentido. Todo había parecido completamente normal apenas unas horas antes. Los guardias de Savina estaban en la entrada. El edificio contaba con seguridad propia, sistemas de cámaras, personal entrenado. Entonces, ¿cómo demonios podía estar corriendo hacia esa bodega con el corazón latiéndome con tanta fuerza que sentía los golpes en las sienes? El aire parecía más denso, cada paso era una lucha contra la ansiedad que crecía en mi pecho como una tormenta incontrolable. En cuanto llegué al depósito y la vi, todo en mí se detuvo. La respiración se me atascó

