Massimo Las cosas estaban cambiando. O quizás yo estaba cambiando. No, no era un "quizás". Sabía que algo en mí había dado un giro definitivo desde ese día en su viejo apartamento, cuando, entre palabras sinceras y miradas cargadas de todo lo que habíamos callado, decidimos dar un paso más allá. Decidimos intentarlo de verdad. Sin juegos. Sin máscaras. Sin escondernos. Y quería hacerlo. Porque la quería a ella. Había algo en Savina que me desarmaba por completo. Su risa, suave pero contagiosa, o la forma en que sus ojos brillaban cuando hablaba con pasión de algo que le importaba. Pero, sobre todo, su fortaleza, esa resistencia que la hacía pelear contra todo, incluso contra mí. Yo, que nunca había cedido ante nadie, ahora estaba dispuesto a hacerlo por ella. A ceder en todo, a darle lo

